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Cómo y por qué zafó Cristina Kirchner en la causa del memorándum con Irán

Por Christian Sanz (*)

Este jueves, propios y ajenos se sorprendieron luego de que Cristina Kirchner fuera sobreseída en la causa por la firma del Memorando de Entendimiento entre la Argentina e Irán.

Quienes obraron el milagro son los integrantes del Tribunal Oral Federal número ocho: María Gabriela López Iñíguez, Daniel Obligado y José Michilini.

En realidad no fue ninguna novedad, lo anticipé hace dos meses con total claridad: “Cristina Kirchner está exultante. Sabe que está a punto de zafar en el expediente por el memorándum con Irán y ello la ayuda a dejar atrás todo aquello que la venía angustiando”, sostuve.

No se trató de genialidad alguna, sino del conocimiento del expediente judicial y el mero sentido común. En el contexto de una causa política que conformó la sustanciación de una investigación que no tenía pies ni cabeza.

Básicamente, lo que se sostuvo entonces es que Cristina pactó con los iraníes acusados del atentado a la AMIA que se les regalaría impunidad, comenzando con el levantamiento de las alertas rojas de Interpol. Una verdadera burrada jurídica.

En primer lugar, el propio titular de esa agencia internacional, Ronald Noble, reveló que jamás hubo pedido alguno del gobierno argentino de dejar de buscar a los sospechosos. Aún espera que la Justicia le permita declarar al respecto, dicho sea de paso.

En segundo lugar, el memorándum fue votado por diputados y senadores en el Congreso de la Nación con las mayorías del caso. ¿Cómo es que todos esos legisladores no estuvieron complicados en el mismo expediente?

Está claro que la estrategia de la hoy vicepresidenta fue parte de una decisión política. Y las decisiones políticas no pueden judicializarse. El caso análogo es el que ocurre con Mauricio Macri, a quien denunciaron en la Justicia por el préstamo concedido por el FMI. Otra burrada que no tiene pies ni cabeza.

En el caso del “pacto” con Irán, comenzó como un escándalo prometedor, tal cual lo reveló Alberto Nisman en enero de 2015, al momento de hacer la denuncia. Juraba entonces que tenía pruebas concretas —que incluían elocuentes audios— de que Cristina había acordado con ese país para regalarle impunidad.

Sin embargo, la presentación se desinfló antes de nacer, ya que carecía de lo básico: pruebas. En sus casi 280 páginas, Nisman jamás aportó un solo dato que complicara a la hoy vicepresidenta. Luego se supo que solo se trató de un “reflejo” para tratar de no perder su trabajo como fiscal especial de AMIA.

Desde un primer momento, media docena de juristas que analizaron la denuncia la desacreditaron, por carecer de evidencia. Ninguno de ellos kirchnerista. De hecho, el que hizo la consulta de marras fue diario La Nación.

Por más que suene incorrecto e incómodo, hay que reconocer que la idea del memorándum con Irán era adecuada, en el contexto de un expediente que durmió el sueño de los justos durante décadas.

En concreto, lo que se buscó es que los iraníes acusados declararan en un tercer país, neutral. ¿Qué es lo objetable de ello? ¿Acaso no se resolvió con el mismo instrumento el atentado de Lockerbie de 1988?

Lo que nadie dice —y debe decirse— es que todo lo que transcurre en el expediente AMIA está teñido de una pátina geopolítica, interesada en dirimir otras cuestiones.

Lo he dicho un millón de veces, y lo repetiré una vez más: existen tres mitos detrás del atentado en sí. Primero, no hubo ningún coche bomba; segundo, no tuvo que ver con ninguna pelea entre árabes y judíos; y tercero, no hay una sola prueba contra un solo iraní en todo el expediente judicial. Lo que hay, sí, son evidencias que apuntan a media docena de sirios.

Es algo que jamás nadie reconocerá, porque Siria fue el país que ayudó a destrabar los acuerdos de paz en Medio Oriente en 1993. Justo un año antes del atentado a la mutual judía.

Cristina lo dijo claro en marzo de 2015“La utilización política de la causa AMIA donde hay 85 víctimas que piden justicia asquea, porque la utilizaron y la siguen utilizando desde afuera y desde adentro para hacer geopolítica”.

Una de las pocas veces en toda su vida en la que no se equivocó ni un poquito.

(*) Periodista de investigación, director del portal Tribuna de Periodistas

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