Columnistas

Patear el tablero para transformar la educación

Por Gastón Bivort (*)

En mi columna anterior me referí someramente a los efectos nocivos que provocó el prolongado cierre de escuelas entre nuestros niños y adolescentes. Seguramente les va a llevar algún tiempo ponerse a tono con los aprendizajes perdidos y recuperar los hábitos y rutinas necesarias para enfocarse en ello. Es probable también que poco a poco vayan superando las patologías emocionales de las que fueron víctimas y puedan interactuar con mayor fluidez en el entorno escolar. Sin embargo, la hipoteca más difícil de levantarse manifiesta en la enorme deserción escolar que dejó el cierre de escuelas. Inevitablemente se traducirá en cientos de miles de jóvenes que no podrán acceder a un trabajo formal en el mercado laboral. En el mejor escenario, conseguirán trabajos precarios y en negro; en el peor, serán tierra fértil para la droga y la delincuencia.

En todo caso, y siendo optimistas en poder superar estas dificultades, solo estaríamos volviendo a la tragedia educativa preexistente a la pandemia, es decir, a un status quo donde la dirigencia coincide en que la educación debe ser prioritaria, pero donde al mismo tiempo no quiere o no se anima a tomar aquellas decisiones necesarias para una transformación profunda. Para cambiar esa realidad, que afecta a toda la sociedad en su conjunto, pero sobre todo a los más humildes, hay que patear el tablero.

El diagnóstico es claro. Los últimos resultados de las pruebas “Aprender”, en 2019, arrojaron números lapidarios en materia de lectoescritura y peores aún en ciencias y matemáticas. Hasta ese año, el 50% de los alumnos de nivel secundario no terminaba sus estudios. Los números más críticos se registraron en las escuelas públicas del conurbano y en las provincias más pobres del interior. No es sorpresa, se trata de aquellos chicos que además de sufrir los problemas derivados de la pobreza, concurren a las escuelas con mayores carencias edilicias y pierden muchísimos días de clases por huelgas, licencias o ausencia de docentes que en general no son los mejor formados. En algo tiene razón el presidente cuando afirma que no alcanza solo con el mérito para progresar; es responsabilidad del Estado garantizar un mismo punto de partida para todos. Es algo que no estaría ocurriendo a juzgar por lo que vemos, a pesar de que las autoridades se llenan la boca diciendo que defienden la educación pública mientras mandan a sus hijos a exclusivos colegios privados.

Muy lejos de pretender que mis ideas configuren una propuesta reformista, quería poner a consideración de los lectores algunos tips que a mi juicio implicarían “patear el tablero” para abandonar definitivamente el gatopardismo educativo que venimos arrastrando desde hace muchos años, sobre todo en la provincia de Buenos Aires, que con alrededor de 18000 escuelas representa uno de los sistemas educativos más grande e inmanejable:

  • Pasar todas las escuelas a la órbita municipal (con el presupuesto correspondiente) de manera que las autoridades comunales puedan ejercer una supervisión eficiente, gozando al mismo tiempo de cierto grado de autonomía que permita tomar decisiones eficaces.
  • Terminar con toda la burocracia escolar que lentifica, hace más ineficiente el sistema y demanda un oneroso presupuesto que podría destinarse a la educación propiamente dicha. Hay que terminar con los consejos escolares, con los cuerpos de supervisión sobredimensionados y con todo cargo innecesario e improductivo. Incluso habría que revisar si es necesario que exista un ministerio de educación de la nación que no tiene escuelas a cargo.
  • Avanzar progresivamente hacia un sistema de doble jornada escolar, tal como lo indica la ley, priorizando aquellas escuelas donde concurren alumnos con mayores carencias.
  • Adoptar un sistema en el nivel secundario donde en los tres primeros años (1er ciclo) se imparta una educación básica común, y en los últimos tres (ciclo superior) los alumnos puedan optar por una modalidad preuniversitaria o una modalidad profesional (tecnicaturas y oficios con salida laboral inmediata).
  • Dotar de mayor autonomía a las escuelas secundarias de gestión privada y estatal para que puedan diseñar sus propios proyectos para el ciclo superior.
  • Priorizar en los programas de estudio, hasta el 1er ciclo del secundario, el desarrollo de la lectoescritura, las matemáticas, la ciencia y la tecnología y los idiomas. Menos materias con más horas.
  • Promover el trabajo conjunto del ámbito público y privado, propiciando que empresas o escuelas privadas puedan “apadrinar” o “sponsorear” a escuelas necesitadas de recursos materiales, humanos etc.
  • Modificar el estatuto docente en línea con convenios laborales más modernos.
  • Profesionalizar la carrera docente, convirtiéndola en una carrera de grado universitario, con sueldos acordes a lo que debe ganar un profesional de estas características. La formación debe prevalecer sobre la antigüedad a la hora de establecer las remuneraciones.
  • Otorgar los cargos en las escuelas públicas en función de antecedentes y concursos, procurando que los mejores docentes dicten clases en los barrios socialmente más postergados.
  • Trabajar en forma conjunta con las innumerables ONG que tienen como misión mejorar la educación.
  • Hacer público el resultado de las evaluaciones «Aprender» obtenido anualmente por cada una de las escuelas, a fin de que los padres puedan elegir las mejor posicionadas y/o exigir una mejora académica.

No creo que el amigo Baradel esté muy de acuerdo con este bosquejo reformista incompleto y mejorable, pero cuando hablo de patear el tablero, me refiero precisamente a esto, a terminar con intereses mezquinos, como los de la gran mayoría de los sindicatos docentes que desde hace años lo único que discuten son sueldos y no la formación y la jerarquización de una actividad que implica profesionalidad y vocación de servicio a la vez. Todos los gobiernos hasta aquí cedieron frente alas extorsiones de más y más huelgas.

En esta hora tan compleja y como dijera alguna vez el gran Sarmiento en circunstancias también difíciles, “es ley de la humanidad que los intereses nuevos, las ideas fecundas y el progreso triunfen sobre las tradiciones envejecidas y los hábitos ignorantes”. El debate queda abierto.

Si realmente creemos que la educación es la tabla que nos va a salvar de la pobreza y la ignorancia, dejemos de hacer lo de siempre y dispongámonos a “patear el tablero”.

(*) Profesor de Historia, Magister en dirección de instituciones educativas, Universidad Austral, vecino de Pilar

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