Columnistas

Malvinas, crónica de un fracaso anunciado

Por Gastón Bivort (*)

La causa Malvinas siempre generó en mí una multiplicidad de sentimientos encontrados que el tiempo no ha podido ordenar. Cuatro décadas después, aún me embarga la emoción empática con aquellos “colimbas” que, con apenas un año más de los que yo tenía en aquel entonces, debieron ofrendar su juventud (del trauma de la guerra no se vuelve) y hasta su vida por… ¿la patria? No eligieron ir a Malvinas, pero afrontaron con hidalguía la hora que les tocó en suerte, convencidos de que la historia los estaba convocando.

Me conmueve aún el dolor y el sufrimiento de sus padres y familiares, a quienes se les arrebató lo más preciado. Solo les queda el consuelo de llorar sobre tumbas con sus nombres, con la certeza, ahora sí, de que allí descansan sus restos. Gracias a la iniciativa conjunta del ex capitán del Ejército británico Geoffrey Cardozo y del ex combatiente argentino Julio Aro,  se pudo identificar a muchos de nuestros héroes caídos en la guerra que hasta entonces permanecían como NN. El cementerio de Darwin dejó de albergar a “soldados argentinos solo conocidos por Dios” para dejarles el lugar a personas con  nombre y con historia.

También me sigue provocando admiración el coraje y el profesionalismo de nuestros militares de carrera que hicieron su bautismo de fuego en Malvinas, muy lejos del ejemplo de sus camaradas de escritorio que solo especularon con un éxito que los sostendría por más tiempo en el poder.

En cambio, me genera vergüenza ajena, el nacionalismo chauvinista y berreta promovido por la dictadura al que se acopló sin miramientos una parte importante de nuestra sociedad. Basta con recordar la plaza colmada que aplaudió a Galtieri mientras vociferaba “Si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla” o el exitismo que derrochaban los medios y las propagandas oficiales detrás del cual se encolumnaron muchos argentinos. Cualquier ciudadano que osara poner en tela de juicio la decisión del gobierno militar era tildado de anglófilo, cipayo y antipatria. El pueblo argentino, cuya reacción patriotera ya había sido sondeada por la dictadura en el año1978, primero con el mundial de fútbol y luego con el conflicto con Chile, compró la demagogia nacionalista de Galtieri y compañía. Como dijo el prominente escritor inglés del siglo XVIII, Samuel Johnson, “El patriotismo es el último refugio de un canalla”.

Por último y por sobre todo, me sigue indignando sobremanera, el hecho probado y reconocido que da cuenta que los jefes militares optaron por llevar adelante su plan para recuperar Malvinas sin medir las consecuencias de su decisión. Solo tenían por objetivo salvar el proceso militar que había comenzado a tambalear a partir de 1981.

En su libro recientemente publicado  titulado “La Trampa”, el ex periodista y ex miembro de la SIDE Juan B.Yofre, fundamenta con documentos y testimonios aquello a lo que me referí en el párrafo anterior. “Con esa documentación y apuntes de época -dice Yofre en la introducción de su libro- acometí el desafío: contar la trampa, el engaño, la celada, que el almirante Jorge Isaac Anaya y el teniente general Leopoldo Fortunato Galtieri, principalmente, le tendieron a la sociedad argentina (…) ¿Por qué digo que fue una trampa, un engaño? -agrega Yofre- Simplemente porque tomaron la limpia y sagrada causa de las malvinas, nuestra eterna ambición, para tapar y esconder la enorme cantidad de desatinos sobre los que no deseaban responder…”

Hacia 1981se había “pinchado” la burbuja económica del dólar barato que facilitaba el ingreso de productos importados y los viajes al exterior y, al mismo tiempo, comenzaba la quiebra de bancos y financieras a las que el gobierno decidió soltarles la mano con el consecuente perjuicio para los ahorristas. Había terminado la época de la “plata dulce” y con su finalización concluía también la “luna de miel” entre la dictadura y la sociedad. Una sociedad que volvió a mutar a partir de que le tocaron el bolsillo, para comenzar a cuestionar a una dictadura con la que hasta hacía poco se sentía muy cómoda. El reclamo que se originó con la crisis económica, que como toda crisis derivó en una fenomenal devaluación del peso (a pesar de que el ministro Sigaut aseguró previamente que “el que apuesta al dólar pierde”), se fue amplificando. Poco a poco se iban sumando organizaciones y ciudadanos de a pie que comenzaban a pedir explicaciones por temas como la corrupción y la represión ilegal y hasta se animaban a exigir la vuelta de la democracia. Este planteo obligó a Galtieri, presidente desde diciembre de 1981, a afirmar que “las urnas están bien guardadas”. También, a buscar una estrategia que actuara como válvula de escape para descomprimir la situación. El almirante Anaya, jefe de una fuerza que hacía décadas venía haciendo planes sobre Malvinas, le presentó la “solución”.

En su libro, Yofre recoge algunos testimonios que disipan toda duda sobre las razones que impulsaron al gobierno militar a decidirse por la ocupación de las islas. En una charla con el embajador argentino en Perú, contraalmirante Sanchez Moreno, el almirante Anaya le confió que “el proceso se ha deteriorado mucho y tenemos que buscar un elemento que aglutine a la sociedad. Ese elemento es Malvinas”. En diciembre de 1981 el vicealmirante Lacoste le dijo al reconocido periodista de La Nación, Claudio Escribano, que “esto se arregla muy fácil, invadiendo las Malvinas”. El brigadier Lami Dozo y la cúpula mayor de la fuerza aérea es anoticiada cuando la decisión ya había sido tomada. Al Brigadier Crespo, nombrado Comandante aéreo del Teatro de Operaciones, se le ocurrió preguntar por el motivo de esta decisión. Recibió como respuesta que “hay que cambiar el humor social a esta sociedad”.

Hubo gravísimos errores geopolíticos, a pesar de las advertencias de algunos miembros del cuerpo diplomático que le habían señalado a Galtieri que el orgullo imperial había sido herido y que los ingleses iban a mandar su flota. También lo habían puesto sobre aviso de que EEUU iba a ser fiel a su alianza estratégica con la OTAN apoyando el reclamo británico. A pesar de las advertencias y de la enorme superioridad militar de una potencia nuclear como Gran Bretaña, Galtieri se empecinó en quedarse con las islas, aunque el plan original preveía abandonarlas el 3 de abril, dejando solo una pequeña dotación de soldados que habilitara una posterior negociación diplomática. Ese 2 de abril de 1982, poco antes de salir al balcón para discursear ante la multitud enfervorizada, Anaya le recordó a Galtieri: “Mirá Leo, te quiero recordar lo que dice el plan. No podemos ir a una guerra, no estamos en condiciones”. Lami Dozo hizo lo propio: “Mi general, tenemos que atarnos al plan”.

Lo demás es historia muy conocida. Embriagado por el respaldo popular que se retroalimentó con su mensaje chauvinista y patriotero, Galtieri quedó preso de su propia desmesura. La factura la pagaron los casi 700 muertos y los miles de argentinos heridos, mutilados y afectados en su psiquis, que fueron protagonistas de una guerra motivada para saciar un mezquino apetito de poder. Galtieri bastardeó y ensució el verdadero sentimiento patriótico que embargó a nuestros combatientes, acompañado por una sociedad que una vez más cayó ingenuamente en la trampa que le tendieron.

Con la previsible derrota, se generó el efecto contrario al buscado y la dictadura debió apurar su retirada. Solo los soldados que combatieron y dejaron su sangre en Malvinas pueden atribuirse responsabilidad en la recuperación de la democracia. Nadie más.

Uno de esos héroes caídos en combate, José Luis Hierro, escribió a sus padres una carta con fecha 7 de junio de 1982, pocos días antes de su muerte en la Batalla de Puerto Argentino. En ella culpa de todo lo que estaba ocurriendo a “el loco de nuestro Presidente y sus desvelos de grandeza”, señalando que acá todos, pero todos, lo agarraríamos del fundillo de los pantalones y lo pondríamos, como nosotros, 55 días en estos pozos (…) y con él a todos esos patriotas de ciudad que por lo que ustedes dicen, allá está minado”.

No encontré palabras que resumieran con mayor lucidez esta crónica de un fracaso anunciado.

 

(*) Profesor de Historia, Magister en dirección de instituciones educativas, Universidad Austral, vecino de Pilar

 

 

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