Política

Los curiosos antecedentes de uno de los «monjes negros» del intendente De Achával

No hace mucho nos ocupamos aquí de la actividad desplegada por el ex secretario de Infraestructura, Planeamiento y Servicios Públicos y apoderado (por no mencionar su rol de jefe en las campañas electorales) del oficialismo gobernante en Pilar, Guido Bordachar.

En esa nota, que todavía puede leerse en este portal, describíamos sus tareas y como, aún desde fuera de la estructura funcional del municipio, se constituye en una figura excluyente al hablar de obra pública. Dijimos que era el nexo entre la comuna y los contratistas, y que nadie construye en el distrito sin pasar antes por su oficina o hablar con alguno de sus hombres en la Secretaría: Diego Mansilla y Matías Zugasti.

Es, dicen, el «monje negro» de Federico De Achával cuando se trata de cal y de arena, y aunque ahora parezca un incondicional del intendente, sus inicios en la política comenzaron hace bastante tiempo de la mano del ex concejal de la izquierda (o no tanto), Fabio Gómez, recordado por varias razones: se reivindica como el primer kirchnerista del distrito, y cobraba -no sabemos porqué servicios- en monedas a La Central de Escobar (no existía la SUBE) y en patacones a Transur. Lo mismo hacía con Sudamericana de Aguas, aunque en este caso con pesos argentinos de curso legal, de acuerdo a lo denunciado en su momento por el periodista Claudio Ponce de León.

El caso es que Bordachar fungía como su secretario y hombre de confianza, y respecto a esas épocas -agosto de 2003-, vale la pena rescatar un episodio de entonces que ya fue reflejado en este portal y que podría ilustrar en algo la personalidad de Guido.

El 1 de agosto de 2003, el ex delegado del Ministerio de Trabajo y candidato a intendente de Pilar por Acción Vecinal, Julio Chavarría, apareció en una comisaría de Carapachay para denunciar que, cuando salía desde la Capital hacia Pilar en su Ford Explorer 4×4, fue interceptado por una Renault Trafic, Sus ocupantes, dijo, lo mantuvieron en un garaje hasta que lo liberaron en esa localidad del municipio de Vicente López.

La breve «desaparición» del candidato ya había sido denunciada en Pilar por unos amigos y seguidores que lo esperaban para dos reuniones. La denuncia le pareció «rara» hasta a la policía que debía investigarla (fue la apreciación del propio comisario de esa zona al ser entrevistado por Ponce de León), y tampoco logró impactar como esperaban en la opinión pública local, que también olfateó que había «gato» encerrado en semejante explicación para una ausencia que los veteranos de la política no dudaron en considerar, lisa y llanamente, una mentira tendiente a provocar empatía entre el electorado y un candidato que no levantaba en la intención de voto ni con una grúa.

Nunca hubo una explicación oficial sobre el «secuestro» de Chavarría, pero no son pocos los memoriosos que atribuyeron al mismo Bordachar este invento en procura de justificar la ausencia del candidato que, por otra parte, según dicen, se habría entretenido en actividades bastante más placenteras que una campaña electoral

 

 

 

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