Columnistas

La AFA chavista: Tapia y Toviggino, los Maduro y Cabello del fútbol argentino

Por Dani Lerer (*)

La  Asociación del Fútbol Argentino (AFA) se ha convertido en un laboratorio perfecto para observar qué pasa cuando una institución, que debería ser profesional, transparente y meritocrática, queda capturada por una casta dirigencial que opera con la misma lógica que ciertos regímenes autoritarios de la región.

Porque sí: lo que hoy ocurre en la AFA se parece menos a un organismo deportivo moderno y más al ecosistema político de Nicolás Maduro y Diosdado CabelloUn sistema donde el poder se reparte entre pocos, la lealtad pesa más que la competencia y la opacidad es la regla, no la excepción.

Claudio “Chiqui” Tapia se ha consolidado como una especie de Maduro del fútbol argentino: un líder enquistado, sostenido por redes de favores, votos cautivos y una ingeniería institucional diseñada para que nada cambie aunque todo esté mal.

Como Maduro, construyó un aparato que mezcla populismo dirigencial, cajas de financiamiento y un blindaje interno que dificulta cualquier alternancia verdadera. La AFA bajo Tapia funciona con la misma lógica que el régimen venezolano: verticalismo extremo, falta de controles y un discurso que se autopercibe como “gestión exitosa” mientras el ecosistema alrededor se deteriora.

Y si Tapia es Maduro, Pablo Toviggino es el Diosdado Cabello de la casa: operador total, arquitecto en las sombras, guardián del poder real. Toviggino domina las áreas sensibles con una habilidad que recuerda demasiado al segundo del chavismo.

Tiene la lapicera, tiene la caja y tiene algo aún más importante: la capacidad de disciplinar a quienes se atrevan a desafiarlo. La concentración de poder en sus manos no es una casualidad, es un método. Un método calcado de esos regímenes donde la institucionalidad es solo un decorado, donde el apriete es la regla.

Pero hay un tercer actor cuya sombra es demasiado larga para ignorarla: Sergio Massa. Siempre cerca de donde fluye el poder real, Massa encontró en la AFA un espacio de influencia paralelo, casi un ministerio informal del fútbol argentino. Su relación aceitada con Toviggino, su verdadero interlocutor dentro de Viamonte, funcionó como un puente político, financiero y territorial que mantuvo aceitadas estructuras, voluntades y alineamientos.

Massa no necesitaba aparecer: le alcanzaba con operar. Era el consejero externo, el garante político, el aliado que articulaba intereses entre la dirigencia deportiva, los intendentes del conurbano y el ecosistema del PJ. Un rol silencioso, pero determinante. El típico rol del poder que prefiere no quedar en la foto.

El resultado es un fútbol argentino rehén de una tríada: Tapia como figura, Toviggino como ejecutor y Massa como articulador político. Un esquema donde los roles se reparten con una precisión quirúrgica: uno encarna el relato, otro maneja la caja, y el tercero garantiza los puentes de supervivencia.

Mientras tanto, los clubes grandes negocian, los chicos sobreviven a cambio de obediencia y cualquier intento de modernización queda bloqueado antes de empezar. A excepción claro de Estudiantes de La Plata con Juan Sebastián Verón a la cabeza.

Bajo este sistema, la AFA no transparenta, no profesionaliza y no rinde cuentas. Lo que sí hace, con la eficiencia de un aparato político bien aceitado, es acumular poder, repartir prebendas, como el título a Rosario Central, y neutralizar a cualquier actor que pretenda discutir el statu quo.

El fútbol argentino merece un organismo a la altura de su historia, no un microestado caribeño montado en Viamonte. Pero mientras la dupla Tapia–Toviggino actúe como Maduro–Cabello, con Massa como aliado externo y socio estratégico, la AFA seguirá siendo eso: una republiqueta con pelota. Una estructura que respira impunidad, concentra poder y se siente cómoda en la oscuridad.

El problema ya no es deportivo. Es institucional. Y como todo régimen sin controles, tarde o temprano, termina costándole caro a todos. Por eso, todos los argentinos de bien, los que todavía creemos en la transparencia, en el mérito y en la decencia, deberíamos poner el grito en el cielo.

Porque cuando el fútbol se pudre desde arriba, no se pudre solo un deporte: se pudre una parte de la cultura, de la identidad y de la vida cotidiana de un país entero. “Chiqui Tapia botón, Chiqui Tapia botón…”

 

(*) Licenciado en Ciencias Políticas. Consultor Político. Experto en Terrorismo y Crimen Organizado. Periodista. Analista Internacional. 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

19 + = 23

Noticias relacionadas

Follow by Email
Twitter
YouTube
Instagram
WhatsApp