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Modificar no es precarizar: el trabajo como sistema vivo

Por Iván Nolazco (*)

Entre la defensa dogmática de la estabilidad y el miedo a la reforma, la Argentina evita una discusión incómoda: cuando el trabajo deja de transformarse, la protección se vuelve encierro. Este ensayo propone pensar la modificación laboral no como precarización, sino como condición de libertad, reconversión y dignidad real en un mundo que ya cambió.

Durante décadas, en la Argentina se confundió protección con inmovilidad, derecho con rigidez, justicia social con prohibición del cambio. El resultado no fue la dignificación plena del trabajo, sino algo más incómodo y persistente: un mercado laboral frágil, informal, defensivo, incapaz de reconvertirse cuando el mundo cambió de ritmo y de reglas.

La reforma laboral impulsada por el gobierno de Javier Milei —cuestionada con dureza desde el ámbito sindical y jurídico— reabre un debate que el país viene postergando desde hace al menos tres décadas: ¿puede el trabajo seguir regulándose con categorías pensadas para un mundo que ya no existe?

Desde sectores del derecho laboral se advierte, con razón, que toda modificación que debilite el principio protectorio vacía de sentido al sistema jurídico del trabajo. Pero la pregunta incómoda es otra, y no menos urgente: ¿qué ocurre cuando la protección se transforma en encierro, cuando la estabilidad deja de ser garantía y pasa a ser condena?

Ahí, precisamente ahí, empieza el verdadero problema.

La estabilidad como forma moderna de esclavitud

Hay una paradoja que el debate laboral argentino evita con pudor ideológico: en el mundo contemporáneo, la estabilidad laboral absoluta puede convertirse en una forma sofisticada de esclavitud.

No es una provocación liberal. Es, paradójicamente, una idea profundamente marxista.

Karl Marx definió la esclavitud moderna no como encadenamiento físico, sino como la imposibilidad real de autodeterminación del trabajador, atrapado en una relación donde vende su fuerza de trabajo sin poder decidir sobre su desarrollo, su tiempo vital ni su proyección futura. La alienación, para Marx, no residía solo en el salario: residía en la pérdida del control sobre la propia vida productiva.

En ese sentido, la estabilidad entendida como inmovilidad, como permanencia forzada en un puesto sin reconversión, sin aprendizaje y sin horizonte, encaja con precisión milimétrica en esa definición de esclavitud moderna.

El trabajador “estable”, pero obsoleto; protegido, pero inutilizable; seguro, pero condenado a repetir la misma tarea mientras el mundo avanza sin él, no es un trabajador libre. Es un trabajador inmovilizado.

El error conceptual: confundir estabilidad con dignidad

Durante años se instaló una ecuación falsa: estabilidad igual dignidad. Pero la dignidad no está en la permanencia, sino en la capacidad de elegir.

Marx nunca defendió la eternización del puesto. Defendió la emancipación del trabajador frente a un sistema que lo reducía a engranaje. Y esa emancipación, en el siglo XXI, no se logra congelando funciones, sino ampliando capacidades.

Un trabajador que no puede cambiar de tarea, formarse, moverse dentro del sistema productivo sin miedo a perderlo todo no es un sujeto protegido: es un sujeto dependiente.

La estabilidad que no viene acompañada de reconversión, formación continua y movilidad ascendente deja de ser derecho y se transforma en jaula.

El trabajo no es mercancía, pero tampoco cárcel

Definir el trabajo como mercancía es un error conceptual grave. Pero convertirlo en una cárcel jurídica, también.

Las sociedades que lograron reconvertir su mercado laboral sin destruir derechos entendieron algo esencial: el trabajo es un sistema vivo, no una categoría cerrada.

Alemania, Dinamarca, incluso Chile en su versión más pragmática, avanzaron no debilitando al trabajador, sino liberándolo del puesto único, apostando a la empleabilidad y no a la mera estabilidad contractual.

En esos modelos, el trabajador no queda atado a una función como si fuera su destino final. Puede moverse, capacitarse, cambiar, porque el sistema lo acompaña.

Eso es libertad laboral real. Todo lo demás es retórica.

Reconversión laboral: la verdadera emancipación

En el debate argentino sobre la reforma laboral hay una omisión reveladora: nadie habla seriamente de reconversión laboral como derecho.

Se discuten indemnizaciones, categorías, límites al cambio de tareas. Todo eso importa. Pero se elude lo central: ¿qué pasa con el trabajador cuando su tarea desaparece?

La automatización, la inteligencia artificial y la digitalización del trabajo ya están ocurriendo. Frente a ese escenario, la estabilidad sin reconversión no protege: condena.

Un trabajador estable en un puesto que el mercado ya no necesita es un trabajador alienado, en el sentido más marxista del término: produce, pero no progresa; trabaja, pero no decide; permanece, pero no vive.

La verdadera dignidad laboral hoy no está en conservar una categoría como si fuera un título nobiliario. Está en tener herramientas para no quedar atrapado en ella.

Profesionalizar para liberar, no para excluir

Uno de los grandes fracasos del modelo laboral argentino fue no incorporar la profesionalización como derecho exigible.

En demasiados sectores, la estabilidad se volvió rutina; la categoría, refugio; y el puesto, frontera infranqueable. Eso no fortaleció al trabajador: lo inmovilizó.

Los países que mejoraron la calidad del servicio lo hicieron profesionalizando: evaluaciones periódicas, certificaciones, movilidad funcional con capacitación real y salarios ligados a competencia efectiva.

No se trata de quitar derechos. Se trata de reemplazar la estabilidad pasiva por movilidad protegida, que es, en términos marxistas, una forma concreta de emancipación del trabajo.

Modificar no es destruir: es romper la cadena correcta

Las advertencias del mundo sindical y jurídico son necesarias. Pero corren el riesgo de defender una estabilidad que ya no libera.

La verdadera protección no consiste en fijar al trabajador a un puesto, sino en darle poder real de adaptación, capacidad de negociación basada en saber y no en miedo.

Modificar la ley laboral no es detonar el sistema si se hace con inteligencia.

Detonarlo es conservar una estabilidad que funciona como cadena.

Conclusión abierta

La dignidad laboral no se garantiza repitiendo palabras sagradas ni congelando categorías. Tampoco se defiende convirtiendo la estabilidad en destino obligatorio.

Un trabajador digno no es el que permanece inmóvil, sino el que puede moverse sin caer, aprender sin perderlo todo y reconvertirse sin ser castigado.

Karl Marx lo advirtió antes que muchos de sus herederos contemporáneos: la verdadera esclavitud no es trabajar, sino no poder decidir cómo y para qué se trabaja.

Modificar el trabajo no es precarizarlo.

Precarizarlo es condenarlo a la inmovilidad.

Nota a tener en cuenta

Opinar exige algo más que indignación o adhesión automática. Exige análisis y, sobre todo, conocer otras realidades. Mirar qué hacen otros países, cómo se adaptan sus trabajadores, cómo reconvierten sus sistemas productivos y qué errores cometieron antes de acertar. Sin esa comparación, toda opinión se vuelve oportunista, localista, defensiva y estéril. Pensar el trabajo del futuro requiere ampliar el horizonte: entender no solo lo que pasa hoy, sino lo que ya está ocurriendo en el mundo y lo que inevitablemente pasará.

 

(*) Escritor, periodista; especialista en agregado de valor y franquicias. Columnista de opinión

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