Columnistas

Mi gato, mi maestro

Por Gastón Bivort (*)

Nunca fui fanático de las mascotas. Ni siquiera en estos tiempos de “gathijos” y “perrhijos”y de ciudades enteras donde los cachorros humanos son minoría. Yo tenía una teoría, de esas que te armás para sentir que tenés el control de algo. Mi teoría dividía al mundo en dos: de la puerta para adentro, los humanos; de la puerta para afuera, las mascotas. En mi estructura mental, el humano duerme en cama y las mascotas en su cucha; el humano come asado y las mascotas, las sobras.

Creía en una relación meramente transaccional donde a cambio de la provisión de comida, prestaban servicio de seguridad, los perros, y una casa libre de ratas, los gatos. Seguí creyendo en esto a pesar de que tuvimos muchas mascotas en la familia que fueron realmente adorables.

Pero el universo, que suele ensañarse bastante con la gente que tiene planes, me mandó un emisario.

Una mañana destemplada, irrumpió en la galería de casa. Tenía un aspecto fantasmagórico, casi repulsivo. Estaba flaco, famélico, al borde de la inanición. Su pelaje negro -atención supersticiosos- , se había convertido en un conjunto de chuzas duras y sucias que afeaban aún más su fisonomía. Su cuerpo estaba atravesado por un mapa de cicatrices y abandono que delataba su lucha por la supervivencia.

Eso sí, tenía un collar con una chapa pesada que colgaba de su cuello como un yunque; un símbolo de la pesada carga que arrastraba. En esa identificación no había nombre. Solo un número de celular que nunca respondió a los llamados. El mensaje era claro: alguien se había cansado de su fealdad y lo había dejado a la buena de Dios.

Al principio lo sacábamos carpiendo. Los otros dos gatos que ya vivían en casa —unos burgueses acomodados — lo miraban con el asco con el que algún personaje insensible miraría a un tipo pidiendo monedas en la entrada. Pero el asiduo visitante de cuatro patas no se iba. Se quedaba ahí, parado frente a la puerta de la cocina, emitiendo un sonido que más que maullido era un llanto, un lamento, un ruego . De a poco, empezamos a acostumbrarnos a su presencia e incluso nos alarmábamos si algún día no venía. Hasta le pusimos un apodo, “Chapón”, en homenaje a la pesada chapa que portaba.

Empezaba a quedar claro que necesitaba ayuda, que iba a perseverar hasta conseguirla y que nos había elegido -¿o me había elegido?- para que se la brindáramos.

Mis mujeres, que tienen el corazón mucho más blando y menos cuadriculado que el mío, empezaron con la logística de la piedad. Un poquito de alimento acá, una caricia allá, sacarle el collar que le pesaba un kilo. Yo me hacía el duro. «¡Afuera!», gritaba, como si fuera un general romano. Pero la resistencia era inútil.

Un día mi hija me miró con esa cara que tienen las hijas cuando saben que ya ganaron la guerra antes de empezar la batalla. Me pidió adoptarlo. Para salvar los restos de mi dignidad, puse dos condiciones estúpidas: que no entrara a la casa y que yo le ponía el nombre.

Lo bauticé «Cuervo», por su negrura y mi pasión por San Lorenzo. Si iba a convivir con él , por lo menos que fuera del Ciclón. Ese fue mi pequeño triunfo. Una victoria pírrica, porque a los diez minutos el gato ya estaba durmiendo en el sofá. Eso sí, al bautizarlo, lo sentí mío y ese feeling fue correspondido.

En poco tiempo Cuervo cambió su aspecto, engordó, suavizó su pelaje y dejó su lamento para volver a maullar. Se transformó en un filósofo estoico que me demostró que las dificultades no son obstáculos para cambiar sino oportunidades para ejercitar el carácter. Cuervo resultó ser un maestro de la estafa emocional. En dos meses pasó de ser un espectro de la calle a ser un filósofo griego con piel de seda. El tipo me dio cátedra sin decir una palabra.

De Cuervo aprendí que la perseverancia es la clave para alcanzar todo aquello que te propongas.

Que la paciencia es buena consejera, porque las metas no se alcanzan de un día para el otro.

Que pedir ayuda no es señal de debilidad cuando te das cuenta que solo es imposible.

Que rodearse de la gente que uno quiere es un ejercicio sanador.

Que llevar cicatrices por la vida es señal de que hubo dolores que fueron superados.

Hoy, el «general romano» que no quería bichos adentro de la casa está sentado en el borde de la cama. Cuervo ocupa el centro del acolchado, estirado como un emir árabe. Yo le leo versos de Neruda —»mínimo tigre de salón», le digo— y el tipo ni me mira, se lame una pata con una parsimonia que me da envidia.

Me ganó. Me cambió los esquemas. Me demostró que los gatos negros no dan mala suerte; lo que dan es una lección de humildad que te deja pedaleando en el aire. Me recordó que, a menudo, los mejores gurús no visten túnicas naranjas ni hablan sánscrito; a veces, tienen bigotes, ronronean y nos enseñan, simplemente, a Ser.

 

(*) Profesor de historia, vecino de Pilar y columnista de «El 1° de la mañana»

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

85 + = 91

Noticias relacionadas

Follow by Email
Twitter
YouTube
Instagram
WhatsApp