
La palabra «correr» tiene mala prensa. Para el común de los mortales, «andar a las corridas» es sinónimo de infarto inminente, estrés y deudas vencidas que pagar. Mientras el mundo entero rinde culto a lo slow y te aconseja «bajar un cambio» o «parar la pelota», habemos unos locos que decidimos que la mejor forma de relajarnos es… bueno, cansándonos más.
Yo propongo desmitificar esta palabra tan bastardeada, derribando los prejuicios que pesan sobre ella. Correr y vivir bien, a pesar de lo que se piensa, son el maridaje perfecto.
Quiero aclarar algo: no hablo de la corrida desesperada del «profesor taxi» que vuela de un colegio a otro para llegar a fin de mes. Eso es atletismo de supervivencia (confieso que por largos años me destaqué en esa disciplina). Hablo de correr como deporte, como hábito saludable, como estilo de vida. Casi, como una carta de presentación personal que despierta admiración en aquellos que bajo ningún concepto pueden asociar esta práctica con el placer.
Ah! Me olvidaba. Los que corremos llamamos running a nuestra rareza. Hay una tendencia propia de este deporte que consiste en usar el inglés para darle un aire de mayor complejidad, casi científico, a algo que básicamente significa mover una pierna tras otra lo más rápido posible. Trail, sprint, pace son algunos de los términos habituales en la jerga de los corredores.
Eso sí, correr en la calle, menos glamoroso y más popular, no tiene traducción. Nadie habla de street running.
Es tan particular el vocabulario del running, que si mandás a un corredor novato a correr en zona 3, consulta google maps en lugar del Garmin…
Si el mítico José María Muñoz , un famoso relator de fútbol de otros tiempos, hubiera relatado un maratón, su clásico «¡Fútbooool, pasión de multitudes!» habría sonado a mentira. El running no es pasión de multitudes: somos apenas el 1% de la población mundial intentando convencer al otro 99% de que despertarse a las 5 a.m. un domingo es un planazo. A veces, cuando en algunas carreras nos juntamos 25.000 tipos con remeras flúo (visibles desde la luna), generamos la ilusión de ser muchos, pero no, es solo que estamos todos.
Cada “runner” que se precie de serlo, tiene sus propias razones para insistir en esta metodología del cansancio. Si me permiten, les presento las mías:
Corro por ADN (y supervivencia): Correr me conecta con lo ancestral. El hombre primitivo corría para comer o para no ser comido. Yo no tengo tigres dientes de sable en la esquina, pero la sensación de «escapar de mis problemas» a 5 minutos el kilómetro es lo más parecido que tengo a la evolución.
Corro por austeridad: Correr es el deporte más democrático (y barato). Solo necesitás zapatillas y voluntad. En este mundo, una buena capacidad pulmonar mata a la zapatilla de 300 dólares. No importa si tu calzado tiene luces o si lo compraste en un outlet: si no tenés aire, sos igual de lento que todos.
Corro para escapar del psicólogo: Cuando corro alcanzo la paz mental, la “ataraxia”, como la llaman los estoicos. Para mí, es el preciso momento en que el cerebro “se apaga». Solo existe el presente, no hay un pasado que lamentar ni un futuro que, obviamente, no podemos controlar.
Corro para homenajear a mi “niño interior”: Correr me devuelve a la infancia, a esa época donde para jugar a cualquier cosa (la mancha, las escondidas o el poliladron) tenías que correr para que no te alcancen.
Corro por el «Síndrome de Atleta Olímpico”: Debo reconocer que soy muy competitivo y no me alcanza con superarme a mí mismo. Cuando subo a un podio en esas «carreras de cabotaje» —donde los mayores de 60 ya escaseamos y el podio es casi por decantación— me siento Usain Bolt recibiendo la medalla de oro, aunque mi tiempo sea apenas superior al de una tortuga con asma.
Corro para cultivar la templanza: Correr te fortalece el carácter, poniendo a prueba tu fuerza de voluntad. Esa templanza adquirida permite bancarte los madrugones ( porque soñar no cuesta nada pero levantarse…eso sí que cuesta), soportar el frío, el sol, la lluvia y sobre todo, soportar a tu propia cabeza que te taladra a gritos para que te detengas. En una carrera, la mente desafía al corazón y a las piernas en una pulseada permanente.
Corro para emocionarme: Me emociono con la adrenalina previa a una carrera y con cada medalla que premia el esfuerzo; pero nunca me emocioné tanto como aquella vez donde, después de un año parado y con un stent en las coronarias, se produjo el reencuentro mágico entre mi corazón y mis piernas. Esa emoción solo la entiende el que estuvo ahí, con el dorsal pinchado en el pecho y el alma en cada zancada.
Corro por la “secta” (o “running team”): Hoy por hoy, el más importante de los motivos. Ya no corro solo. Ahora soy parte de un grupo de personas que compartimos la misma locura. Somos una «secta del bien» conducida por una “líder espiritual” (o entrenadora) que con su carisma podría convencernos de correr hasta Alaska si se lo propone. En este grupo, lo que es un deporte individual se vuelve un equipo de amigos, donde todos tenemos mucho por compartir y agradecer y, seguramente, algo por sanar.
Definitivamente, correr no es una mala palabra. Es el arte de cansarse para vivir mejor.
Así que sí, soy un fundamentalista del cansancio. Corro en la calle, en la montaña, en la playa y pronto, en la selva. Corro porque, al final del día, es la forma que encontré de sentirme vivo.
Yo “ando a las corridas”, y no pienso dejar de hacerlo.
(*) Profesor de historia, vecino de Pilar y columnista de «El 1° de la mañana»



