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El iphone peronista y la mentira serial: cuando el relato se devora a la historia
Por Carlos Mira (*)

El peronismo —siempre ducho en la tergiversación, la hipocresía y la demagogia— volvió a fabricar una de esas frases ingeniosas que funcionan bien en X pero se desmoronan apenas entran en contacto con los hechos. El tuit en cuestión dice: “Cuando te digan por qué usás iPhone siendo peronista, contestá: ‘¿por qué usufructuás las vacaciones, el descanso dominical, las jubilaciones y los seguros de trabajo si sos antiperonista?’”. La intención es clara: clausurar cualquier discusión mediante una trampa retórica clásica del manual militante, apropiarse de derechos que no creó, reescribir la historia y convertir una falsedad repetida en verdad emocional. Pero el problema no es solo la mentira: es la caradurez con la que se la enuncia.
Porque ninguno de esos derechos nació con el peronismo. El descanso dominical fue establecido en 1905 por la Ley 4.661 durante la presidencia de Manuel Quintana, un presidente del más puro conservadurismo liberal de la Constitución, décadas antes de que Perón existiera siquiera como actor político. La jornada laboral de ocho horas fue sancionada en 1929 mediante la Ley 11.544 bajo el gobierno de Hipólito Yrigoyen. Las vacaciones pagas se legislaban ya en 1933 para los empleados de comercio a través de la Ley 11.729; el peronismo no las creó, sino que las amplió por decreto en 1945, apropiándose políticamente de un derecho ya existente. La Ley de Accidentes de Trabajo (9.688) fue sancionada en 1915 durante la presidencia de Victorino de la Plaza, otro liberal clásico. Las jubilaciones existen en la Argentina desde 1904, con cajas estatales, y se extendieron al sector privado en 1924 bajo el gobierno de Marcelo T. de Alvear, un radical que los radicales mucho no quieren porque dicen que era «muy liberal». La protección a la maternidad y al trabajo de mujeres y menores data de 1907 (Ley 5.291); la indemnización por despido y la base del derecho laboral moderno provienen también de la Ley 11.729 de 1933; y la reglamentación del trabajo a domicilio fue establecida en 1918, durante el primer gobierno de Yrigoyen. Nada de eso fue peronista en su origen. Nada.
El truco del relato consiste en confundir ampliación con autoría. El peronismo hizo lo que hace mejor que nadie: capitalizar procesos históricos previos, centralizarlos, empaquetarlos bajo una épica propia y presentarse como autor exclusivo de derechos que fueron el resultado de décadas de luchas sindicales, debates parlamentarios y gobiernos de distinto signo. Esa operación no es inocente: es una expropiación simbólica. Se apropia del pasado para blindarse en el presente y extorsionar moralmente en el debate público.
Pero el problema se vuelve todavía más obsceno cuando ese mismo movimiento que se arroga la paternidad de derechos ajenos se niega sistemáticamente a aceptar una regla básica de cualquier sistema honesto de ideas: las ideas deben aprender a vivir con lo que producen. El peronismo no tolera esa lógica. La combate en el discurso, pero la explota en la práctica. Rechaza el mérito, la competencia y la productividad, pero no duda en usufructuar los frutos del capitalismo, de la innovación privada y del esfuerzo ajeno cuando le conviene. Critica al mercado, pero se beneficia de él. Demoniza al empresario, pero exige salarios que solo existen si alguien produce riqueza antes. Desprecia la inversión, pero reclama derechos que sin inversión no podrían sostenerse.
Ahí aparece la verdadera hipocresía del tuit del iPhone. No es una defensa ingeniosa: es una confesión involuntaria. Porque el peronismo no tiene problema en usar un producto símbolo del capitalismo global mientras ataca el sistema que lo hizo posible. No tiene problema en vivir de derechos que no creó mientras denigra a quienes los legislaron o los financiaron. No tiene problema en apropiarse de ideas que combate, siempre que el costo lo pague otro.
Esa es la caradurez central: exigir coherencia solo a los demás. Al antiperonista se le reclama pureza ideológica; al peronista se le permite la contradicción permanente. Si el antiperonista usa derechos laborales, “es un hipócrita”. Si el peronista usa un iPhone, “es vivo”. La doble vara no es un error: es un método.
El tuit, además, encierra una amenaza implícita: “Si criticás al peronismo, deberías renunciar a los derechos”. Es una lógica autoritaria disfrazada de chicana. Como si los derechos fueran propiedad privada de un movimiento político y no conquistas sociales institucionalizadas por el Estado argentino mucho antes del peronismo. Como si disentir implicara perder ciudadanía. Como si pensar distinto fuera una deuda moral.
Los derechos no pertenecen a un partido. No tienen dueño ideológico. No son una dádiva que se agradece de por vida. Son parte del contrato social moderno, y ese contrato no empezó en 1945. Pretender lo contrario es infantilizar la historia y degradar el debate público.
El problema, entonces, no es el iPhone. Es la mentira. El tuit no busca debatir: busca disciplinar, culpabilizar y silenciar. Funciona sólo si el lector desconoce la historia o decide ignorarla. Pero cuando los datos aparecen, el argumento se desmorona como todo el edificio del relato: ruidoso, altanero y vacío. Porque al final del día no se trata de tecnología ni de derechos laborales, sino de una hipocresía constitutiva: la de un movimiento que se apropia de conquistas ajenas, las reetiqueta como propias y luego exige gratitud eterna por algo que no creó; que combate ideas pero vive de sus resultados; que desprecia la producción pero se alimenta de ella.
El peronismo no sólo vive del relato; parasita la historia y coloniza la memoria. Y mientras no acepte una verdad elemental —que las ideas deben sostenerse con lo que producen y no con lo que saquean de las ideas que combaten— seguirá repitiendo la misma farsa. Por eso conviene decirlo sin rodeos ni eufemismos, aunque incomode: la hipocresía no es un desvío del peronismo; es esencialmente peronista.
(*) Periodista de actualidad, economía y política. Editorialista. Abogado, profesor de Derecho Constitucional. Escritor



