Columnistas

Cerrar el círculo

Por Gastón Bivort (*)

Hay una geometría sagrada en nuestras vidas que a menudo pasamos por alto. Como sucede en la mítica sabana de El Rey León, la existencia no es una línea recta que se pierde en el horizonte, sino un círculo sin fin. Un mandala vital que nos empuja, tarde o temprano, a buscar nuestro legado, nuestra identidad y, sobre todo, nuestro origen.

A Simba le bastó observar su reflejo en el agua para comprender que el pasado no es un peso, sino una raíz. Pero nadie cierra un círculo en soledad. El pequeño león necesitó la sabiduría de Rafiki y la lealtad incondicional de sus compañeros de camino, los inefables Pumba y Timón, para lograrlo. Porque la felicidad, como bien sabemos, solo se alcanza cuando se nutre de vínculos auténticos.

Ese círculo que transitó Simba para descubrir su identidad, es la metáfora perfecta de una historia de vida que quiero compartirles.

Hoy quiero hablarles de Álvaro, una persona muy querida, entrañable. Álvaro es de esos tipos que te caen bien de entrada, un tipazo. Transita sus treinta y tantos con la solidez de quien ha sabido sembrar afectos. Es un hijo devoto, un amigo presente, un soñador que hoy construye su destino en el exterior pero vuelve siempre a sus raíces, a sus afectos y a esa pasión azulgrana que me jacto de haber inoculado en él. Es de esos que cada vez que vuelve -porque se fue a probar suerte afuera y le fue muy bien- se le explota la agenda porque todo el mundo lo quiere abrazar.

La de Álvaro es, a simple vista, una vida lograda. Sin embargo, en el alma de todo sujeto, incluso en las más luminosas, siempre hay una pregunta que aguarda en la sombra.

En todo mapa personal suele haber una terra incognita, un espacio en blanco. Álvaro fue adoptado desde bebé, en un acto de amor supremo. Sus padres, Ángel y María, lo desearon y recibieron con la ternura de quien abraza un milagro. Creció feliz, rodeado de luz. No obstante, el año pasado, algo en su estructura interna empezó a crujir.

Álvaro sintió que había un vacío que debía llenar y por ello comenzó a hurgar en su pasado. Fue una necesidad existencial que no nació desde el trauma o el reproche sino desde el genuino deseo de saber. Le faltaba una pieza para que ese círculo, su historia, terminara de cerrar.

Lo que Álvaro descubrió es una historia desgarradora y luminosa a la vez, una trama donde el dolor más abyecto se transformó en una oportunidad de vida. Rosa, su madre biológica, se encontró hace treinta años en el epicentro de una tormenta perfecta. Habitaba la indigencia y la soledad cuando quedó embarazada producto de una violación. El horror y la carencia la empujaron al borde del abismo: el aborto parecía la única salida ante un destino que se presentaba imposible.

Sin embargo, en ese abismo donde muchos solo ven oscuridad, aparecieron los “ángeles de la guarda” que la vida sitúa en los cruces de camino. El primero de ellos fue Josefa.
Josefa, una mujer de convicciones de hierro y de una fe inquebrantable, intervino. No desde la condena, sino desde el acompañamiento. Josefa fue el faro que Rosa necesitaba. La convenció de dar a luz porque creía fervientemente que la vida siempre merece una oportunidad.

Cuando la criatura nació, en un gesto de amor heroico —porque dar un hijo para que tenga una vida mejor es una forma suprema de entrega—, lo dio en adopción. A partir de allí entraron en acción sus padres adoptivos, sus otros ángeles guardianes, sus ángeles definitivos.

Hace unos meses, en la plaza de Pilar, el círculo se completó. Álvaro y Rosa se encontraron frente a frente. No hubo juicios, solo una comprensión profunda que trasciende las palabras.

Rosa, que se confesó analfabeta, miraba con asombro al hombre educado y profesional que tenía delante. Álvaro, por su parte, abrazó la verdad de su origen con una madurez que solo poseen quienes han hecho las paces con su destino. No hicieron falta grandes explicaciones. Se dijeron lo que se tenían que decir y se despidieron. Él con la pieza que le faltaba; ella con la certeza de que hace treinta años tomó la mejor decisión de su vida.

Álvaro comprendió entonces que su existencia no fue un accidente, sino el resultado de una cadena de decisiones amorosas.

Álvaro pudo no haber sido. Sin embargo, es hoy el resultado de una maravillosa «cadena de favores»: la valentía de Rosa al elegir un futuro mejor para su hijo, la persistencia de Josefa en proteger la vida y la generosidad infinita de sus padres, María y ángel, que moldearon su corazón a su imagen y semejanza.

Marco Aurelio, ese filósofo estoico de la antigüedad, decía que todo lo que te pasa ya está escrito en una cadena de causas que se entrelazan desde la eternidad. Yo no sé si esto estaba escrito, pero qué suerte que pasó.

Si Rosa no hubiera sido valiente, si Josefa no hubiera sido terca, si sus viejos no hubieran sido tan generosos, hoy nos faltaría un tipo excepcional. El mundo sería un lugar un poquito más gris, y San Lorenzo tendría un hincha menos en la tribuna.

Al final, Álvaro encontró su reflejo en el agua. Y resultó que, como el leoncito de la película, él también estaba destinado a ser un rey.

 

(*) Profesor de historia, vecino de Pilar y columnista de «El 1° de la mañana»

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