
Como en el fútbol, la vida tiene dos tiempos. En el primero, allá en la juventud, uno sale a la cancha con una prepotencia casi obscena. Te sentís eterno, dueño de un despliegue físico que parece no tener fin. Jugamos como si cada error fuera enmendable, como si cada gol en contra fuera apenas un accidente que el destino, tarde o temprano, nos va a permitir reparar. Uno piensa que si se manda una macana, si le mete un planchazo a la existencia o si pierde una pelota dividida, siempre va a haber tiempo para la heroica, para darlo vuelta sobre la hora.
Salís a comerte el mundo, a clavarle un golazo al ángulo a la existencia, convencido de que el referí es un pariente tuyo que nunca va a pitar el final. Es esa inconsciencia hermosa de quien no conoce todavía el peso de los años en las piernas ni el sabor amargo de lo que ya no vuelve.
Pero inevitablemente y casi sin darnos cuenta, el primer tiempo se escurre silencioso como arena entre los dedos, por más que le protestemos al árbitro. El segundo tiempo es otra cosa. Es ahí cuando caemos en la cuenta que el partido, inexorablemente, se termina. Es ahí cuando definitivamente, entramos en el territorio de la finitud.
En un partido el aviso te lo da el juez, pero en la vida el aviso te lo dan las ausencias. Ves a tus hijos crecer o a un ser querido partir y te das cuenta de que el cronómetro no se detuvo por vos.
Pero el hachazo de verdad, ese golpe seco y demoledor que te deja mirando el pasto, llega cuando empiezan a irse los tuyos, los de tu generación. Los que son como vos. Esos tipos que fueron protagonistas de tu propia historia.
Hace un par de años me sonó el teléfono. Era el gordo Marcelito, un tipazo, más bueno que el pan. Hacía mucho que no cruzábamos palabra. Con él y tantos otros supimos compartir esa religión laica que era el fulbito de los sábados en la “Quinta”. En aquel entonces, aunque no lo supiéramos, estábamos jugando los minutos más luminosos del primer tiempo
Cuando hablábamos de la quinta sabíamos que estábamos hablando de la quinta de Domenech, sobre la ruta 28. La de mi abuelo, el Tata, a quién le encantaba recibirnos. A pesar de que ya tenía sus años, se esmeraba en la semana para dejarnos el césped como el del Monumental. Una de sus tantas muestras de generosidad que el viejo Pilar conoció.
La cancha era para unos siete u ocho jugadores por equipo, con dos arcos de madera pintados de blanco, no demasiado grandes. Los laterales eran una hilera de pinos, de un lado y una de durazneros, del otro.
El ritual comenzaba cada sábado tipo tres de la tarde, con una procesión de autos que salía del club Peñarol, en 11 de septiembre e Yrigoyen. Trás la llegada al “santuario” y luego de algunos chistes y chicaneos previos entre los que vestían la camiseta rojinegra y los que se ponían la verde y amarilla, empezaba el partido. Eso sí, antes, colocábamos las redes. Porque ojo, nosotros le poníamos redes a los arcos; yo siempre sostuve que si la pelota no infla la red, el gol es un trámite de oficina, le falta mística.
Jugábamos toda la tarde. Éramos amigos pero metíamos como enemigos. Allí estaban Marce, un crack, jugaba parado como un poste: no lo movías ni con un crique. El flaco Perez, que si te cruzaba era mejor que te hubiera pisado un Scania, sufrías menos. Plim Plim o el pelado, un zaguero de galera y bastón que salía jugando con elegancia. Albertito, de esos defensores que como un Rottweiler no te dejaba pasar si antes no tocabas el timbre. El Pacha, que podía dejar pasar la pelota o el hombre pero jamás a los dos juntos. Carlitos, que te hacía reir antes, durante y después de los partidos y como buen abogado tenía un chamuyo especial que te sacaba de quicio: sabía ganar los partidos hablando. Los hermanos Guzmán, dos monjes tibetanos entre una horda de gurkas. Pico, que siempre se las arreglaba para rechazar poniendo la pelota en órbita. Piana, otro pelado, un tanque optimista del gol. Carlos, el rector del colegio donde trabajábamos la mayoría. A Charly le hacíamos creer que era habilidoso. En realidad no nos acercábamos a marcarlo: éramos una manga de chupamedias.
Y estaban Dani, Ricardo y tantos otros, como Juanjo, el mítico arquero con guantes pero sin manos. También jugaban con nosotros algunos alumnos del colegio que nos pintaban la cara pero que aceptaban respetuosamente los guadañazos desesperados de los rústicos como yo. Estos pibes se jugaban las materias en el aula y en la cancha.
Después venía el pospartido, que era donde ganábamos, con excusas y gastadas, lo que habíamos perdido en la cancha. Algún bar de Pilar sufría nuestras carcajadas hasta que nos echaban por ruidosos. Éramos felices, pero lo éramos con esa felicidad distraída de los que creen que el sol no se va a poner nunca.
Se fue Carlitos -me soltó Marce-. Y ahí sentí el frío. Ahí supe que el juez ya había mirado el reloj y que el primer tiempo era historia. Carlitos no era el primero; el Pacha ya se había ido a probar suerte a otras canchas unos años antes. Fue el llamado que me hizo entender que el segundo tiempo ya estaba corriendo y que no daba para seguir reteniendo la pelota al lado del banderín del córner.
Tenemos que juntarnos Marce -le dije-. Hacía años que no nos veíamos. La vida nos había llevado por distintos caminos, la canchita no existía más y a muchos de nosotros las rodillas y los años, nos habían pasado factura.
Pero ese sello indeleble de la hermandad de la Quinta había quedado grabado a fuego. Se hizo indispensable vernos para recordar aquel primer tiempo que nos hizo tan felices.
Ahora nos juntamos en una parrilla. Ya no hay cortos, ni botines, ni el olor al pasto recién cortado. Hay asado y un vino que compartimos con la lentitud de los que ya no tienen apuro. Recordamos las anécdotas que ya contamos mil veces, y nos reímos con la misma intensidad de hace tres décadas, espantando otra vez a los clientes.
Quizás en esa risa recuperamos por un ratito a los que ya no están. Brindamos por nosotros y por ellos, por los nuestros, los de nuestra generación, los que son como nosotros.
Y mientras masticamos un pedazo de chori, nos quedamos tranquilos. Porque sabemos que allá arriba, el Tata ya cortó el pasto. Y Pacha y Carlitos colgaron las redes y consiguieron una pelota.
Nos están esperando, para que cuando nos toque, juguemos todos juntos un picado en el cielo.
(*) Profesor de historia, vecino de Pilar y columnista de «El 1° de la mañana»



