Columnistas

El político que no fue

Por Ricardo Ragendorfer (*)

Emilio Massera condujo a la Armada durante la dictadura y los destinos de los detenidos en la ESMA, y se sentía poderoso y a gusto con tanta influencia. Quiso ser político pero terminó condenado.

Juan Domingo Perón fue un político excepcional, aunque no infalible; también era un gran conocedor del alma humana, pero a veces la “pifiaba”. Justamente eso le pasó con un ascendente oficial de la Armada: Emilio Eduardo Massera.

Su carácter entrador lo había fascinado. De manera que, en 1973, dio el visto bueno para su nombramiento como jefe máximo de esa fuerza. El marino aún no había cumplido 50 años y su designación les costó la cabeza a catorce jefes navales de mayor jerarquía, ya que el “Negro” –como le decían– solo ostentaba grado de contraalmirante. Lo cierto es que él sabía sorprender al viejo caudillo. Este, no sin su proverbial picardía, en una ocasión le dijo:

–Vea “Masserita”, usted se ha equivocado de tren…

Y tras una pausa, agregó:

–En vez de ir en el que va a Campo de Mayo, se trepó al que pasa por la orilla del río Santiago.

Es que, tanto por su temperamento como por sus ambiciones políticas, Massera, a los ojos del General, parecía un oficial del Ejército.

Al morir Perón, el tipo tejió una alianza táctica con José López Rega. Y tras romper con él, fingió su apoyo incondicional a Isabel (atrapada contra su voluntad en el Sillón de Rivadavia). Sostuvo tal impostura solo unas semanas, hasta que su alineamiento con el teniente general Jorge Rafael Videla empezó a ser inocultable. Pero, en paralelo, mantenía con él un vínculo atravesado por el desprecio y la rivalidad.

Aun así, ambos se las ingeniaron para que, en octubre de 1975, el doctor Ítalo Luder (a cargo de la presidencia interina) firmara –en cuanto a la llamada “lucha antisubversiva”– los decretos de aniquilamiento que ampliaban a todo el territorio nacional las facultades represivas de los uniformados en Tucumán durante el “Operativo Independencia” contra el ERP. Ese fue el comienzo del desfile militar hacia el 24 de marzo de 1976.

La cocina del Estado terrorista 

Por entonces, en el más absoluto de los secretos, había empezado a sesionar el denominado Equipo Compatibilizador Interfuerzas (ECI). Se trataba de una suerte de estado mayor clandestino, integrado por el Ejército, la Armada y la Aeronáutica, cuya tarea primordial consistía en delinear las coordenadas de la represión y a la vez lubricar los engranajes del aparato golpista. Sus miembros solían reunirse diariamente en un sector restringido del Edificio Libertad, sede de la jefatura de la Armada.

Lo cierto es que no se dejó ningún detalle librado al azar. En todas las guarniciones militares, sus destacamentos de inteligencia fueron reformados para alojar a miles de prisioneros políticos. Tanto es así que en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), cuadrillas de conscriptos ya realizaban las refacciones necesarias para convertirla en el mayor campo de concentración del país. No menos prolija fue la selección del personal. Ya se había puesto en marcha la formación de los planteles que oficiarían como brazo ejecutor del inminente Estado terrorista.

La siguiente escena ocurrió unos días antes del golpe. El espacioso cine de la Base Naval de Puerto Belgrano se encontraba colmado por oficiales de la Armada; entre ellos, el mismísimo Massera. Sobre una tarima con el escudo de la fuerza, de espaldas a la pantalla, el contralmirante Luis Mendía, luego de simular un carraspeo, apeló a una frase muy elocuente para anunciar el comienzo de las operaciones antisubversivas:

–En esta lucha, caballeros, nuestro enemigo no está contemplado en los organigramas clásicos.

En este punto forzó un breve silencio, para luego añadir:

–Los prisioneros irán a volar; pero algunos no llegarán a destino.

Se refería a los vuelos de la muerte. Finalmente, ya con una mueca piadosa, dijo:

–Se ha consultado al respecto a las más altas autoridades eclesiásticas, y las mismas están de acuerdo con que es un modo cristiano de morir.

Los presentes asimilaron esas palabras con absoluta normalidad. Las refacciones en ESMA ya habían concluido. Ya se sabe que allí fueron exterminadas unas cinco mil personas. Ya se sabe que el “Almirante Cero” –el nombre de guerra que Massera había elegido para sí– tuvo la gran ocurrencia de seleccionar, entre sus forzados huéspedes, un fantasmagórico staff de cuadros que proveería contenidos a su ensoñación de convertirse en el nuevo líder del pueblo argentino. Entre los muros de la ESMA pasó un episodio que lo pinta por entero. Durante la Nochebuena de 1977, llevaron a un grupo de cautivos a un salón de la planta baja. Entonces apareció él con uniforme inmaculadamente blanco y actitud impecable; su presencia allí no tuvo otro propósito que desearles una “feliz Navidad”. Así de atento era él.

La sonrisa del mal

Mientras en la hermética esfera del poder ese individuo encarnaba el ala más inflexible de la Junta Militar, de cara a la opinión pública se exhibía abierto, razonable y comprensivo. Se oponía al plan económico de Martínez de Hoz y proponía recuperar algunos tópicos del desarrollismo. Cultivaba el hábito de reunirse con políticos. Hablaba de apertura. Ensayaba profusos coqueteos con la socialdemocracia europea. Fundó el diario Convicción y su propio espacio político, el Partido para la Democracia Social. Para impulsarlo, se separó del gobierno el 16 de septiembre de 1978.

Alternaba todas esas actividades frecuentando alcobas de mujeres tan disímiles como la vedette Graciela Alfano, la escritora Marta Lynch y Martha McCormack, esposa de su socio Fernando Branca, al que, de paso, asesinó. Ese crimen le costaría caro, ya que lo llevó por primera vez tras las rejas el 15 de junio de 1983. Faltaban apenas seis meses para el final de la dictadura.

La noche está en pañales

Fue el 22 de abril de 1985 cuando su figura otra vez escaló a los titulares de la prensa. Porque ese lunes empezó el Juicio a las Juntas. Y él resaltaba entre los nueve comandantes que, sucesivamente, detentaron el poder absoluto durante el llamado “Proceso de Reorganización Nacional”. Aquella vez, “Almirante Cero” lucía altivo y desafiante. Pero, casi cinco meses más tarde –exactamente durante la mañana del 18 de septiembre– se lo notó alicaído. Y motivos, claro, no le faltaban.

“Señores jueces, Nunca Más”, fue la histórica frase con que el fiscal Julio César Strassera remató su alegato. Los comandantes fueron sacados de allí con las muñecas esposadas. Massera, no sin azoro, empezaba a masticar su condena a perpetuidad.

Pero ya en los 90, los indultos del presidente Carlos Menem resultaron para él un regalo de la Divina Providencia. En 2001 fue a parar otra vez a la cárcel. Sin embargo, un oportuno ACV lo rescató del encierro. Y fue trasladado a un hospital. Ya nunca más –parafraseando a Strassera– Massera sería el mismo. Juzgado in absentia en Italia, solo la bruma de su cerebro, atiborrado por múltiples coágulos, le garantizó la impunidad. En agosto fue ratificada su condena de 1985. Tampoco se enteró. Ese hombre, que fue dueño de vidas y haciendas, ahora ya no controlaba ni sus esfínteres.

Anochecía el 8 de noviembre de 2010 cuando exhaló su último suspiro. El pañal geriátrico fue su primera mortaja.

 

(*) Periodista de investigación y escritor, especializado en temas policiales

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