Columnistas

Humanamente estoico

Por Gastón Bivort (*)

No me considero filósofo, sino discípulo. Mi devoción por el estoicismo no nace de la perfección, sino de la necesidad. Como quien busca refugio en medio de una tormenta, recurro a Epicteto y a Marco Aurelio no como reliquias del pasado, sino como manuales de supervivencia para el presente.

La clave de todo este asunto es la “dicotomía del control”. Es simple: si la cosa depende de vos, ocupate; si no depende de vos -la lluvia, la salud, la opinión ajena-, no le des ni un segundo de bola. Relax. En teoría, si practicás esto, la ansiedad se te baja a cero y vivís en una nube de paz absoluta. Y ni hablemos del enojo. El estoicismo te dice que nadie te hace enojar si vos no querés, que la ira es una elección. O sea, que podés ser un Buda aunque te estén gritando en la cara.

Esto suena hermoso en las charlas que doy. Sin embargo, como dice el refrán, del dicho al hecho hay un trecho. Es inevitable que así sea: al fin de cuentas, de carne somos.

Hace poco, mientras disertaba sobre la templanza y la gestión de la ira, el destino -ese tejedor de ironías- puso a prueba mi carácter. Entre el público, una mirada me resultó familiar. De repente, hago contacto visual con una señora que estaba sentada adelante. Una cara conocida. Una cara que me despertaba una culpa que no entendía. Y ahí me cayó la ficha: era ella.

Mi memoria, que es caprichosa y cruel, me recordó que unos días antes, en un incidente de tránsito sobre la calle Caamaño, yo le había lanzado un insulto espantoso desde la ventanilla de mi auto. Un insulto nada estoico, nada aristocrático, un insulto de esos que te dejan como un perfecto maleducado.

Si hubiera tenido el diario del lunes, me hubiera tapado la boca, como esos futbolistas que ocultan sus obscenidades de las cámaras. Pero ya era tarde. El principio estoico que dice que no podemos controlar el pasado, me estalló en la cara.

Mientras estaba frente al micrófono, sentí que me crecía la nariz. Me sentí un vendedor de humo, un embustero de la peor especie, un estafador piramidal.

Para colmo, en ese momento tenía que hablar, precisamente, de cómo domar la ira en el tránsito. ¡Qué ironía tan perversa! Mi timing estaba más desubicado que payaso en velorio. «El enojo nace de la sorpresa», decía mi voz, mientras mi conciencia me señalaba como un impostor.

Yo aconsejaba visualizar el tráfico y mantener la calma, mientras recordaba mi propio desborde en la calle Caamaño.

Y seguí hablando, vendiendo mi receta tratando de no ponerme colorado, rezando para que la mujer no se acordara de mi cara de sacado atrás del volante.

Cuando terminó la charla, pasó lo que tenía que pasar. Se me acercó, me dijo que la charla le había encantado y, justo cuando yo soltaba el aire, me clavó el puñal:
– “¿Usted no es el que me mandó a la mierda la semana pasada en Caamaño? No fue muy estoico que digamos”, me soltó con una sonrisita de las que duelen.

Quería que la tierra se abriera y me tragara ahí mismo. Me sentí el campeón mundial de la hipocresía. Pero como soy un hombre de recursos -y un poquito cínico, tal vez- le pedí disculpas y saqué mi as de espadas: Séneca.

Resulta que a Séneca, en el año 56, los jueces lo sentaron en el banquillo y le preguntaron por qué hablaba tanto de la austeridad si vivía como un millonario. El tipo, que era un genio de la gambeta dialéctica, les contestó: “Yo no hablo de mí, hablo de la virtud”. O sea, tiró el clásico “hacé lo que yo digo pero no lo que yo hago”.

Esa tarde, Séneca fue mi mejor amigo, mi gran consuelo. Él, hace dos mil años, y yo, ahora mismo, somos la prueba de que se puede amar la perfección y seguir siendo, irremediablemente, un desastre.

Al igual que Séneca, entiendo que el estoicismo no es la ausencia de fallas, sino la persistencia en el intento de corregirlas. Sigo siendo, a mi pesar y para mi aprendizaje, humanamente estoico.

 

(*) Profesor de historia, vecino de Pilar y columnista de «El 1° de la mañana»

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