
A principios de los 90, con veintipico de años y el título de profe bajo el brazo, decidí abandonar mi rutinario trabajo de empleado bancario para volcarme de lleno a mi profesión. Apenas Lala lo supo, movió sus contactos. Mi abuela no era de salir de su casa, pero tenía una habilidad única para vincularse con esas personas que siempre conviene tener agendadas. Una de ellas era Sor Jesús.
El modus operandi fue brillante: a cambio de las revistas “Hola” que llegaban de España para que la monja pecara de cholulismo con la realeza, más algunos medicamentos de la farmacia que se llevaba a precio de costo, Sor Jesús movió los hilos. Así fue como a “Gastito” -porque para mi abuela yo no era un hombre con barba, era Gastito- le armaron un hermoso paquete de horas cátedra en un colegio tradicional de Pilar. Un colegio de monjas. Y de mujeres.
Imagínense el panorama. Yo, que cargaba con una timidez patológica que me licuaba las piernas, de repente estaba parado frente a cincuenta adolescentes que me miraban fijamente. Me daba tanta vergüenza hablarles que daba las clases mirando al techo, al piso, a las telarañas, a cualquier cosa que no fuera un par de ojos humanos. El otro día me crucé con una de esas alumnas, hoy ya una mujer con canas, y me confesó que durante los primeros meses todo el curso estuvo intrigado por saber qué forma tenía mi cara, porque yo nunca las miraba de frente.
En la sala de profesores la cosa no mejoraba. Era un búnker de estrógenos donde se fumaba y se tomaba café como si se fuera a terminar el mundo, bajo la tiranía discursiva de Sor Josefa, la rectora. La monja agarraba el micrófono invisible y no lo soltaba hasta que sonaba el timbre. No había un solo tipo para rescatarme, nadie con quien tirar un centro, nadie para comentar la fecha del domingo.
Para colmo, las alumnas me empezaron a tomar el tiempo. Con ese desparpajo insoportable de los quince años, me tiraban preguntas que no tenían nada que ver con la Revolución de Mayo. Yo me ponía rojo, tartamudeaba y esquivaba el bulto. Claro, por descarte y por pura ausencia de competencia masculina en tres kilómetros a la redonda, me convertí en el galán del colegio.
Un delirio absoluto: yo siempre estuve lejos de ser Adonis, pero la escasez hace milagros.
La joda se terminó al año siguiente. Mi mujer, la turca, entró a trabajar al colegio como profesora de informática. Ella dice que fue por laburo, pero yo sé perfectamente que fue para marcar territorio. La turca es un personaje aparte: una mina con una mente fría, calculadora, que te puede liquidar psicológicamente con una sola mirada de reojo. No tiene filtros, pero sí una paciencia de francotirador.
La turca diseñó una estrategia brillante: fingir demencia total. Decidió que en el colegio no éramos marido y mujer; éramos dos perfectos desconocidos. Las alumnas, varias de las profesoras y hasta el capellán del colegio se enteraron mucho tiempo después. En los pasillos me pasaba por al lado como si yo fuera un mueble de formica o un perchero viejo. En la sala de profesores se sentaba en la otra punta de la mesa y ni me miraba. Si yo le pedía el azúcar, me la pasaba con la indiferencia con la que le das una moneda a un trapito. Yo me reía y le cuidaba el personaje para no tener problemas en casa, vio?
Hasta que un día pasó lo inevitable.
Termino mi clase de historia, recojo los bártulos y entra ella a dar computación. Nos cruzamos en la puerta con una frialdad de témpano:
-Buen día, profesor -me dice, seria, con una distancia profesional que rozaba lo actoral.
-Buen día, profesora -le devuelvo yo, siguiéndole el jueguito.
Me fui al pasillo. Adentro del aula, las pibas todavía tenían las hormonas alteradas por la clase de historia. Una de las más zarpadas, de esas que no se callan nada, levantó la mano y le tiró a la turca:
-Profe, ¿conoce usted al de historia? ¡Vio lo bueno que está!
Cualquier mujer hubiera saltado a defender la propiedad privada, o se hubiera reído, o se le hubiera transformado la cara. Pero la turca no. Ella tiene una habilidad única para mantener la mente fría, como la de un criminal. Miró a la piba con un desprecio casi maternal y le soltó, minimizando la situación:
-¿Te parece? No es para tanto. Además… ¡no habla!
La anécdota corrió como reguero de pólvora por todo el colegio, ahora sí la turca quería que se sepa la verdad. En menos de veinticuatro horas, todo el colegio se enteró de que el mudo de historia y la de computación dormían en la misma cama.
A la semana siguiente, la turca volvió a entrar a esa misma aula. El silencio se podía cortar con un tramontina. Nadie respiraba. La alumna que había hecho el comentario estaba roja como un tomate, tratando de camuflarse detrás de una carpeta de tres ganchos, deseando que la tierra se la tragara ahí mismo.
Mi mujer dejó el maletín sobre el escritorio, se acomodó los anteojos, miró al fondo del aula con esa sonrisa sarcástica de la que es dueña absoluta , y remató la faena de cara a la culpable:
-Señorita, por supuesto que conozco al de historia. Pero le digo una sola cosa: si le sigue pareciendo lindo, le recomiendo que consulte urgente a un buen oculista.
(*) Profesor de historia, vecino de Pilar y columnista de «El 1° de la mañana»



