
Yo no sé si ustedes se acuerdan de esa canción de Chiquititas que cantaba la nena huérfana en los noventa, esa que decía «tengo el corazón con agujeritos». Bueno, resulta que a fines de 2013 yo andaba por la vida exactamente igual. Tenía el corazón agujereado. O mejor dicho, con una cicatriz invisible. Lo más insólito, es que yo no tenía idea de eso.
No me dolía nada, no me faltaba el aire, no sentía nada que uno asociara con la proximidad de estirar la pata. Nada de nada. Solo cargaba con la mochila de los genes de mi viejo, pero uno siempre cree que la genética es un problema del futuro, algo que te pasa cuando estás viejo de verdad. Hasta que una tarde de diciembre me senté en el consultorio del doctor Olivieri —que en Pilar es lo más parecido a un dios con estetoscopio— y el tipo se quedó mirando el papelito que escupía el electrocardiógrafo. Una máquina infalible que, con el ritmo frío de un ticket de supermercado, acababa de detectar que una de mis arterias coronarias estaba tapada hasta las manos. Una bomba de tiempo con el reloj corriendo en silencio.
Mientras Olivieri me lo explicaba con esa paciencia pedagógica que tienen los médicos que ya vieron a mil tipos morirse, yo saqué la cuenta de lo que había hecho el fin de semana anterior.
El sábado a la noche me había clavado una picada con unos fiambres tan grasosos y salados que daban sed de solo mirarlos. El domingo a la mañana corrí veintiún kilómetros con treinta grados a la sombra. Y el domingo a la tarde me fui a la cancha a sufrir por San Lorenzo. Es decir, pasé cuarenta y ocho horas haciendo lo imposible para que el bobo estallara en mil pedazos. Y el tipo aguantó. Zafé de milagro.
Olivieri me salvó la vida, no exagero. El tipo miró donde otros médicos pasan de largo con la vista gorda y me mandó directo al quirófano para hacerme una angioplastia.
Para los que no entienden de medicina —que somos casi todos—, poner un stent es exactamente igual al laburo que hace un electricista cuando te reforma la casa. El tipo agarra la cinta pasacables y la mete por el caño corrugado que va por adentro de la pared. El pasacables es el catéter; el caño corrugado es tu arteria mugrienta. Cuando el electricista llega al lugar donde el caño se aplastó por los escombros, infla un globito metálico diminuto y lo deja trabado ahí para que los cables respiren. La única diferencia entre el electricista del barrio y el médico hemodinamista es el precio de la hora de laburo y que el médico usa camisolín verde.
Ahora te lo cuento haciéndome el canchero, claro. Pero en ese momento estaba cagado hasta las patas. Todos los fantasmas de mi viejo y de los tíos que se habían quedado en el camino me empezaron a revolotear en la nuca. Los meses que siguieron a la operación fueron un calvario de paranoia. Iba a los controles asustado, pensando que la máquina iba a cantar otra vez truco. Pero no. El globito funcionaba y la aspirina diaria me licuaba la sangre de tal manera que parecía agua, o una de esas leches diluidas de segundas marcas que comprás cuando no te da el cuero.
—Ahora podés hacer vida normal —me dijo Olivieri un día.
Y yo lo miré como si me estuviera hablando en polaco. ¿Qué carajo es la vida normal, Doc? ¿Vivir sin correr? ¿Mirar los partidos por la tele sin gritar? ¿Dejar el fútbol de los sábados? Me cortaron las piernas, posta. Durante un año entero caminé como quien mira vidrieras por Cabildo, despacio, rumiando la bronca. Pero la zanahoria que me mantenía vivo era volver . Yo sabía que tenía que estar fuerte para cuando me dieran el alta definitiva. Hace un tiempo, en una de mis historias, escribí sobre la emoción casi mística que sentí cuando volví a abrocharme el dorsal en la remera y corrí la media maratón de Buenos Aires. Fue glorioso, sí.
Pero la verdad, la verdad absoluta, es que yo supe que estaba curado mucho antes. Bastante antes.
En 2014 San Lorenzo jugaba la Copa Libertadores. Sí, esa que no teníamos y que nos obsesionaba como una enfermedad. Dos meses después de que me metieran el pasacables en el pecho, le metí una mentira piadosa a mi mujer —la turca— diciéndole que el médico me había dado permiso, y arranqué para el Nuevo Gasómetro con mi hijo Matu y mis sobrinos, Leo y Nacho. Nos jugábamos la vida contra el Botafogo para clasificar. Era uno de esos partidos que los viejos relatores llamarían «no apto para cardíacos». Es decir, un partido prohibido para tipos como yo. Pero ahí estaba. En la platea.
Ganamos tres a dos sobre la hora con un golazo de Piatti. Cuando la pelota tocó la red, el mundo se dio vuelta. Nos caímos todos al piso, terminamos despatarrados en los escalones de la platea, hechos un nudo humano de camisetas, abrazados uno encima del otro, llorando como condenados. Ese fue el verdadero electrocardiógrafo. El chequeo más preciso de la historia de la medicina. Si el corazón aguantaba el gol de Piatti a los ochenta y ocho minutos de un partido de copa, estaba listo para la guerra. Ahí supe que todo iba a estar bien.
Cuando nos levantamos de la avalancha, Matu me miró con los ojos abiertos como el dos de oro, asombrado de que su viejo siguiera respirando. Quizás por ese susto el pibe se terminó haciendo cardiólogo. Hoy es él quien me controla el motor de cerca.
Ya pasaron doce años. Volví a las canchas de fútbol y volví a correr kilómetros y kilómetros. Eso es la vida normal, doctor Olivieri. Todavía hoy cierro los ojos y pienso qué hubiera sido de mí si ese tipo sabio, de guardapolvo blanco impecable, no hubiera interpretado esa línea en el papel.
Gracias eternas, Doc. En este corazón remendado, usted se queda para siempre.
(*) Profesor de historia, vecino de Pilar y columnista de «El 1° de la mañana»



