
Cuando tenés diez años, el mundo se divide entre los que tienen calle y los que todavía tomamos la leche mirando los dibujos animados. Yo era de los segundos, un pibe de pueblo con la ingenuidad intacta, hasta que el año 1975 decidió pegarme un cachetazo de realidad.
A esa edad, uno no debería tener que aprender a huir. Pero la violencia en Argentina siempre ha sido un asunto que no entiende de sutilezas. El mensaje fue clarito: a mi padre lo secuestraron en la puerta de nuestra casa en Pilar cuando el verano de 1975 agonizaba. Lo encontraron horas después, tirado al costado de una ruta, con la cara convertida en un mapa de moretones. En aquel país desquiciado, donde las balas cruzadas eran la única ley, ser un abogado laboralista con principios era una sentencia de muerte. Mi padre, un hombre terco y honesto, evidentemente había demandado a los hombres equivocados.
La cuestión es que en tiempo récord, dejamos la casa de la calle Alsina en Pilar y nos mudamos a un departamento que nos prestó el tío Osvaldo en Capital. Me acuerdo patente de ese edificio. Un edificio señorial y decadente, de esos que huelen a humedad y madera vieja, con un ascensor enrejado de hierro negro que subía rezongando en la esquina de Billinghurst y Tucumán, a nada de Avenida Córdoba. Atrás quedaron los amigos del barrio y esas tardes enteras jugando en la calle sin mirar si venía un auto. Capital era un monstruo ajeno. Había que andar con el ojo atento porque los colectivos te pasaban finito y las calles tenían otra velocidad. No había veredas para jugar, y para colmo de males, tampoco tenías con quién.
Como la educación no se negocia, y menos con los principios de mi viejo, hubo que buscar una escuela pública. Encontramos una en la calle Cabrera, a dos cuadras y media de casa. Unos metros antes había un jardín de infantes donde terminó yendo mi hermana menor. Y ahí cambió todo. Como mi vieja tenía que viajar a Pilar para mantener el estudio a flote y mi viejo laburaba mucho sin poder asomar la nariz por el pueblo, el traje de hermano mayor me empezó a quedar gigante. Con diez años me convertí en el guardián de mis hermanos. Crecí de golpe, sin anestesia y en una cancha que no era la mía.
Tengo grabado el camino diario como si lo hubiera caminado ayer: enfilar por Billinghurst, cruzar Córdoba -que daba pánico de lo transitada que era- y doblar a la izquierda en Cabrera. Yo era un niño retraído, tímido, pero el fútbol -ese bendito refugio de los incompetentes sociales- me salvó del ostracismo. Los picados con mis compañeros de quinto grado me dieron el pasaporte para encajar en el grupo. El fútbol es eso, ¿viste? Un idioma que entienden todos los pibes del mundo. No hace falta hablar. Te plantás en el patio de baldosas en el recreo, pateas dos pelotas, y ya sos parte.
Pero el bautismo de fuego, el día que sentí que esos pibes de Almagro me abrían definitivamente los brazos, fue cuando me invitaron a jugar al potrero de Córdoba y Salguero.
Eso no era una cancha, era un baldío desparejo, un pedazo de tierra seca donde te pelabas las rodillas con solo mirar el suelo. Dos montículos de escombros hacían de arcos y los edificios de alrededor eran la platea alta de nuestro propio estadio. Yo me imaginaba que los vecinos nos miraban desde sus balcones como si fuéramos futbolistas de verdad.
El dueño de la pelota era el Tano Fusaro. Un petiso charlatán, gritón, que tenía ese liderazgo natural que da el asfalto. El Tano tenía calle, que es el título más importante que podés conseguir a esa edad. Él era quien armaba el equipo y organizaba los desafíos contra los pibes de otros barrios. Por alguna razón que nunca pude entender, yo le caí bien de entrada. Siempre me ponía de titular.
Pero el Tano no solo sabía de fútbol. Tenía un conocimiento mucho más perturbador y fascinante. Sabía la hora exacta en que debíamos detener el partido para mirar hacia el segundo piso de un balcón cercano. Allí, como una aparición celestial, salía una mujer rubia, espléndida, con muy poca ropa, dispuesta a dorarse bajo el sol de Almagro mientras nos dedicaba una mirada cargada de sensualidad. El Tano aseguraba, con absoluta desfachatez, que la conocía. Nos contaba historias inverosímiles sobre ella. Seguro era todo mentira, pero a nosotros, que nos estaba cambiando la voz, esas fábulas nos hacían estallar el bocho. Ese pedazo de tierra seca era más importante que cualquier aula de la primaria.
Al terminar, caminábamos hasta el almacén del viejo de Fusaro, un tano de ley que hablaba un cocoliche cruzado. Nos sentábamos en el cordón de la vereda, chivados, con las rodillas sangrando, a tomar Coca-Cola del pico. Y ahí el Tano Fusaro se paraba y nos daba cátedra sobre mujeres y sexo. Yo, que tenía menos calle que Venecia y una inocencia pueblerina, sentía que se me abría un mapa del tesoro que no figuraba en ningún manual.
Hace unos días, vencido por el aburrimiento y la nostalgia, me puse a hurgar en Google Maps. Busqué aquellos escenarios que definieron mi exilio voluntario. Moví la flechita del mouse con una mezcla de morbo y ternura. Reconstruí el camino que recorrí tantas veces: Billinghurst, Tucumán, crucé Córdoba, doblé en Cabrera. La escuela y el jardín siguen allí, aguantando el paso del tiempo. Pero cuando llevé el mapa hacia Córdoba y Salguero, sufrí una pequeña decepción: en el lugar exacto de ese potrero glorioso, hoy se levanta una horrible y gris estación de servicio. El progreso siempre arruina los templos de la infancia.
Por suerte, un año después las cosas se calmaron y pudimos volver a Pilar. Pero ese año 1975 se me quedó a vivir adentro para siempre. Fue el año en que estuvimos en la cornisa, un año de miedos, pero también de códigos, de potrero y de verdades de vereda que no te las enseña ninguna escuela
Fue el año en que, sin pedir permiso, crecí de golpe.
(*) Profesor de historia, vecino de Pilar y columnista de «El 1° de la mañana»



