Columnistas

No disparen, soy un libro

Por Gastón Bivort (*)

Desde chico, yo prefería los libros a las personas. Tenía una fijación casi obsesiva con ellos: me gustaba tocarlos, oler sus páginas amarillentas, esconderles un señalador como quien esconde un secreto. Siempre supe que leer era una forma cobarde y maravillosa de vivir vidas ajenas, de ser otro sin moverme de mi cama.

Leyendo a Andersen, empaticé con ese patito feo que se parecía mucho a mí y lloré hasta las lágrimas con el soldadito de plomo. Con Julio Verne, viajé al centro de la tierra y di la vuelta al mundo en globo. Pero mi libro preferido, ese libro que leía con una devoción casi religiosa, era Corazón de Edmundo de Amicis. Con él viajé, sin escalas, de los Apeninos a los Andes.

Como tenía claro que un libro era mucho más que un puñado de hojas entre dos tapas, me estalló el pecho al ver lo que estaba ocurriendo esa mañana de abril en nuestra casa de la calle Alsina. No lo podía creer. Mi viejo estaba vaciando parte de la biblioteca. Metía los libros en unas cajas de cartón que sacaba a la calle, al lado de la basura. Por ese entonces yo tenía once años. Corría el año 1976.

Mi papá era un gran lector, de esos que leían La Nación de cabo a rabo, todos los días. La biblioteca de mi casa era un templo. Albergaba tomos de derecho, de política, de historia y de filosofía; volúmenes que mi padre había heredado de mi abuelo y que releía con frecuencia. Mi viejo era un hombre de pocas palabras, acaso un habitante del silencio, pero poseedor de una inmensa vida interior. Yo, que lo observaba durante horas fascinado por la magia de su hábito silencioso, decidí un día imitarlo: abrí un libro y ya no pude detenerme.

Por eso, el espectáculo de aquella mañana me resultó incomprensible. El mismísimo hombre que me había enseñado a venerar los libros los estaba metiendo en cajas de cartón para arrojarlos a la vereda. Mi vieja oficiaba de cómplice en aquel exterminio doméstico:
—¿Vos decís que estos serán peligrosos? ¿Qué te parece? —preguntaba él, con un hilo de voz ajeno.
—Y sí, por las dudas, tiralos —sentenciaba ella, con la prudencia trágica de las mujeres que intuyen el peligro.

Yo, que andaba por el mundo con la inocencia de los inocentes, no entendía el concepto de «libro peligroso». ¿Un libro peligroso? ¿De qué me estaban hablando?. Para mí las cosas peligrosas eran un revólver, andar solo por la calle a las tres de la mañana o aceptarles caramelos Media Hora a los desconocidos. ¿Cómo carajo iba a ser peligroso leer, si toda la vida mi viejo me había mostrado que eso era lo mejor que podía hacer un ser humano?

—¿Por qué hacés esto, pa? —atiné a preguntar, con voz desconsolada.
—Ya lo vas a entender, hijo. Hay libros y libros —me respondió, con una seriedad tan fría que parecía clausurar todas las respuestas del universo.

Entonces me acerqué a espiar las cajas malditas. Se iban los textos de Juan B. Justo, los de Alfredo Palacios, los ensayos de José Ingenieros y Jean Jaurès. Cualquiera que tuviera la palabra «socialismo» en la portada era condenado al exilio, arrojado sin piedad al infierno literario.

Ese instante de mi infancia quedó grabado en mi memoria. Con el tiempo descubrí lo que pasaba en el país por ese entonces y la suerte que podías correr si te agarraban con el libro equivocado. Para los guardianes del pensamiento un libro era más peligroso que una granada.

Comprendí también que mi pobre viejo no hacía más que repetir una vieja y estúpida coreografía humana, la misma de la Inquisición o de los peores totalitarismos europeos. El miedo, que siempre es una fuerza miserable y eficaz, y la imbecilidad humana, que no conoce límites, habían ganado la partida. Eso, precisamente eso, pasó en la casa de Alsina esa oprobiosa mañana de abril.

Por unas horas, mi padre, ese gran lector, se había disfrazado del capitán Beatty, ese bombero siniestro de Fahrenheit 451 que quemaba novelas para salvar a la sociedad de pensamientos incorrectos.

Ese día aciago, los libros bajaron del pedestal de los héroes y pasaron a integrar la lista de los sospechosos. Fue un tiempo turbio, un tiempo de sombras que un pibe de once años, lector de Julio Verne, jamás alcanzaría a comprender.

 

(*) Profesor de historia, vecino de Pilar y columnista de «El 1° de la mañana»

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