Columnistas

Que SEGBA no separe lo que Dios ha unido

Por Gastón Bivort (*)

Si tenés menos de cincuenta años, probablemente seas un malcriado digital. Así que te voy a ahorrar la fatiga mental de consultarle al sabelotodo Chat GPT: SEGBA —Servicios Eléctricos del Gran Buenos Aires— era una empresa del Estado. Una empresa estatal paquidérmica, ineficiente, corrupta, que hasta su bendita privatización en 1992 se encargaba de darnos, o mejor dicho, de negarnos la luz eléctrica en Buenos Aires. Un desastre total.

Aclarado el asunto, hagamos un viaje. Un viaje en el tiempo. Si sos joven, buscá en Google qué demonios era «El túnel del tiempo», no seas vago. Luego, entremos a ese corredor cilíndrico y volvamos a diciembre de 1988. Un momento del país difícil, picante.

Habían pasado ya cinco años de aquella noche mítica en que bailé un lento con la Turca. Sonaba Neil Diamond, sonaba September morn, y yo sentía que la Turca era la mujer de mi vida. Tuvimos un noviazgo largo, de los de antes, de esos donde hacías puerta unos meses hasta que conseguías el salvoconducto de tu suegro. Pero todo llega. Había que dar el gran salto al vacío: el matrimonio. Elegimos fecha, hora y lugar. Como dictaban las costumbres de la época, la novia jugaba de local. La cita era en la capilla de Villa Rosa, el 16 de diciembre a las ocho de la noche. Y después, la fiesta en la casa de mis suegros.

En ese entonces nada era digital. Todo era analógico, prehistórico, fatigoso. Las invitaciones se imprimían en la imprenta del pueblo y se repartían a mano. Y aquí venía la gran hipocresía social. Había dos categorías de seres humanos: los «participados» y los «invitados». A los participados los odiábamos un poco: no los invitábamos a la fiesta porque no nos alcanzaba la plata, pero igual les mandábamos la tarjeta para exigirles un regalo. Un truco miserable, lo reconozco. Los invitados, en cambio, eran los privilegiados que iban a devorarse todo el morfi y a tomarse todo el chupi de la fiesta para amortizar el juego de cubiertos que nos habían comprado. Una vez repartidas las tarjetas, estábamos fritos. No había marcha atrás. No existía un maldito grupo de WhatsApp llamado “Casamiento de la Turca” para decir: «Oigan, se cancela todo».

Los días previos fueron un calvario. Una sucesión de tragedias menores que anunciaban el desastre. El cura que nos iba a casar nos plantó a último momento. Nos dejó colgados. Por suerte apareció mi tía Luisa. Mi tía Luisa tenía una agenda telefónica celestial, desbordada de santos y sotanas. Fuimos corriendo a Zárate y logramos convencer al padre José María, un tipo encantador, muy querido en Pilar, para salvar la boda. Para colmo de males, la agencia de viajes nos pateó el tablero de la luna de miel: se cayó el destino original y la única alternativa era el sur de Brasil. En bondi, por supuesto. El amor, a veces, viaja en cuarenta y dos asientos reclinables.

Eran los estertores del gobierno de Alfonsín. La inflación ya mostraba los colmillos, pero en ese fin de año el drama no era el bolsillo, sino la oscuridad. Éramos el resultado de una ecuación macabra: una empresa estatal fundida y una sequía de dimensiones bíblicas que había dejado solo con barro a las represas. Ante el Apocalipsis, al Gobierno no se le ocurrió mejor idea que la burocracia del apagón: el «cronograma de cortes». Una agenda del racionamiento que te anunciaba, con precisión quirúrgica, a qué hora exacta ibas a regresar a la Edad de Piedra.

Imaginen el cuadro: diciembre, un calor infernal, sin heladeras y con los ventiladores mudos, estáticos como hélices de aviones caídos.

Faltando apenas un suspiro para la boda, el diario publicó el maldito cronograma para el sábado 16. Lotería. Bingo. A Villa Rosa le tocaba el apagón de veinte a veintidós. El pánico cundió entre los invitados. Algunos llamaron alarmados; al resto, la inmensa mayoría, fue imposible avisarles. Llegarían puntuales a la boca del lobo.

Esa noche, la pequeña capilla de Villa Rosa era un espectáculo surrealista y elegante a la vez. Una multitud de señoras emperifolladas y hombres de traje vagaban por la vereda, flotando en la penumbra. No podían mirarse las caras. No podían criticarse. Solo les quedaba resignarse a mirar la noche estrellada. Mientras tanto, la Turca y yo esperábamos adentro, rodeados de velas, sudando, rezando para que los inútiles de SEGBA cumplieran por una vez en su vida con el horario prometido.

A las veintidós en punto, Dios —o el gerente de turno de la subestación— dijo: Hágase la luz. Y la luz se hizo.

El padre José María ya estaba con el misal abierto. Yo, tieso en el altar. La Turca, que esa noche decidió no jugar con los nervios de nadie, entró de inmediato, envuelta en un tul que brilló con los primeros voltios recuperados. Los invitados exhalaron un suspiro colectivo que casi apaga las velas. No solo celebraban el milagro del sacramento; celebraban, sobre todo, que la luz de las bombitas de cien vatios les permitía, por fin, mirar y despellejar sin piedad los vestidos y los peinados de las otras señoras. El chisme, por fin, era posible.

Esos cortes de luz se quedaron a vivir en mi memoria para siempre. No por el fastidio de vivir a oscuras, sino porque se trenzaron con uno de los momentos más importantes de mi biografía.

Ese instante eterno en que el sacerdote, mirando al techo y riéndose de la comedia humana, alzó la voz y sentenció para la historia:
—Que SEGBA no separe lo que Dios ha unido.

 

(*) Profesor de historia, vecino de Pilar y columnista de «El 1° de la mañana»

 

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