Columnistas

París sigue siendo una fiesta, sobre todo cuando paga otro

Por Iván Nolazco (*)

Hemingway llegó a París en 1921 con una esposa, una máquina de escribir y poco dinero. Javier Milei llegó en 2026 con ministros, gobernadores, empresarios y una Argentina que necesita bastante más dinero del que Hemingway jamás habría podido imaginar. Marcelo Orrego también llegó, y entonces comprendí que París era una fiesta necesitaba urgentemente una segunda parte.

Hemingway caminaba por el Barrio Latino, escribía en los cafés, bebía vino barato y observaba cómo la ciudad podía convertir la pobreza en literatura. Milei y Orrego fueron por algo ligeramente diferente. No fueron a buscar literatura sino inversiones y tampoco parece que hayan tenido demasiado tiempo para beber vino barato. En las fotografías oficiales, además, el vino barato queda horrible. París continúa siendo París. Lo que cambian son los turistas.

Esta vez desembarcó una nutrida delegación argentina para participar de la Argentina Week, un encuentro destinado a presentar oportunidades de inversión en energía, minería, agroindustria, infraestructura y tecnología. Milei encabezó la expedición y Orrego, además de la franela, llevó en la valija aquello que San Juan lleva últimamente a todas partes cuando necesita seducir capitales extranjeros, cobre, minería, energía y la promesa de un futuro extraordinario que, curiosamente, siempre está por comenzar.

En París, naturalmente, todo adquiere otra dimensión. Una reunión se convierte en encuentro estratégico, una fotografía se transforma en posicionamiento internacional, un apretón de manos pasa a llamarse fortalecimiento de vínculos institucionales y, si Emmanuel Macron aparece cerca, cualquier gobernador argentino puede regresar convencido de haber modificado parcialmente la geopolítica occidental.

Orrego participó del encuentro de la delegación argentina con Macron en el Palacio del Elíseo y habló de la oportunidad de seguir llevando a San Juan al mundo. La frase es hermosa. El problema es que San Juan lleva años viajando al mundo y todavía no sabemos exactamente cuánto mundo regresó a San Juan.

Pero no arruinemos París hablando de rendiciones de cuentas.

Hemingway tampoco lo habría hecho. Él prefería hablar de boxeo, toros, escritores y botellas. Milei probablemente habría intentado explicarle economía austríaca. Hemingway habría pedido otra copa. Orrego, más prudente, seguramente habría hablado del cobre del futuro, claro.

—San Juan tiene cobre —habría explicado.

—Excelente —respondería Hemingway.

—Mucho cobre.

—Mejor.

—Uno de los mayores potenciales mineros del mundo.

—Magnífico. ¿Ya lo producen?

Silencio.

Y Hemingway habría comprendido que acababa de entrar involuntariamente en el periodismo de investigación.

Porque allí comienza la parte menos romántica de esta fiesta. San Juan presenta proyectos mineros, potencial geológico y oportunidades de inversión. La agenda, por tanto, puede tener contenido concreto y no debería reducirse a una excursión protocolar. Precisamente por eso corresponde preguntar con quién se reunió específicamente San Juan, qué proyectos presentó, qué compromisos obtuvo, qué empresas manifestaron interés concreto, cuánto costó la participación provincial y qué regresará a la provincia además de fotografías.

Viajar para buscar inversiones puede ser perfectamente razonable. Lo que no resulta razonable es que después el ciudadano tenga que conformarse con una colección de verbos cuidadosamente elegidos por algún departamento de prensa. Promover, fortalecer, posicionar, impulsar, articular. Hemingway necesitaba muchos menos. Quizá por eso ganó el Nobel.

Milei, mientras tanto, intenta vender otra historia. Argentina vuelve a ser atractiva, las reformas funcionarán y el capital internacional debería confiar en el país. El futuro argentino tiene una característica fascinante. Siempre funciona perfectamente. El presente es el que suele presentar algunos inconvenientes.

Mientras el Presidente habla ante inversores europeos, la economía doméstica muestra una realidad bastante menos elegante que los salones parisinos. Hay argentinos preocupados por conservar el empleo, comerciantes contando ventas, pequeñas empresas calculando costos y familias que descubrieron que una inflación menor no significa necesariamente una vida mejor cuando el salario no alcanza o el trabajo desaparece. Pero París tiene esa virtud. Desde determinada distancia, los problemas parecen pequeños. La pobreza cabe en una hoja de cálculo, el desempleo entra en una diapositiva, el enfriamiento económico se transforma en oportunidad y un país necesitado de dólares puede presentarse elegantemente como una economía abierta al capital internacional.

Sería intelectualmente deshonesto, sin embargo, negar que de una gira como esta pueden surgir inversiones reales. Precisamente por eso habrá que hacer aquello que en Argentina suele resultar mucho menos fotogénico que anunciar. Esperar, medir, verificar y comprobar cuánto de lo prometido efectivamente se ejecuta.

Con San Juan debería aplicarse exactamente el mismo criterio. No alcanza con regresar diciendo que el mundo nos mira. Queremos saber quién nos miró y para qué. No alcanza con decir que hubo interés. Queremos saber cuánto. No alcanza con anunciar reuniones. Queremos conocer resultados. Y, sobre todo, cuánto costó conseguirlos.

Porque Hemingway podía permitirse escribir que París era una fiesta. Caminaba durante horas para ahorrar dinero, escribía en cafés y contaba las monedas antes de comer. Nuestros gobernantes practican una versión bastante más moderna del romanticismo parisino. Viajan para conseguir inversiones mientras los contribuyentes esperan saber cuánto costó el viaje.

Quizá dentro de algunos años Marcelo Orrego escriba sus memorias. Podría llamarlas París también era una oportunidad. Milei podría escribir el prólogo, Macron aparecería en las fotografías y Hemingway, desde alguna mesa imaginaria de un café parisino, pediría otra copa mientras contempla aquella delegación argentina hablando de millones, cobre, gas, inversiones y futuro.

Después dejaría lentamente el vaso sobre la mesa y formularía la única pregunta verdaderamente importante.

—¿Y quién paga esta ronda?

En San Juan seguimos esperando la cuenta.

 

(*) Escritor, periodista; especialista en agregado de valor y franquicias. Columnista de opinión

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