Columnistas

Crónica de un fin de año setentero

Por Gastón Bivort (*)

A principios de los setenta, diciembre no era un mes; era una amnistía general para la infancia. Las clases se terminaban el último día de noviembre y el colegio pasaba a ser un recuerdo borroso, una pesadilla de la que nos habían despertado por decreto. Con tres meses por delante para volver al cole, diciembre era una promesa de eternidad.

Por ese entonces, el barrio era nuestro. Jugábamos a la mancha, a la escondidas y a ese juego maravilloso que empezaba con la frase: «Dale que éramos…». Y ahí, en esa ficción, éramos piratas o astronautas, totalmente ajenos a que el país se estaba yendo al carajo a la vuelta de la esquina. Nosotros vivíamos un presente puro, un presente de rodillas sucias y olor a espiral para los mosquitos.

Mi diciembre era una maratón de festejos que me dejaba el hígado pidiendo clemencia. El 23, el cumpleaños de mi vieja; el 24 y 25 la Navidad; y el 26, mi propio cumpleaños. Una fecha de mierda, digámoslo con todas las letras. Cumplir el 26 es recibir el mismo regalo que te dieron el 24 con un papel distinto, y comer las sobras de un vitel toné que empieza a mutar a otra forma de vida.

Pero el plato fuerte era la víspera de Año Nuevo, donde coincidía la celebración con el inicio de las vacaciones. Por aquellos tiempos, las vacaciones en la costa no eran un lujo para algunos sino una aspiración que la clase media convertía en realidad. Argentina era “otro” país donde la pobreza no alcanzaba ni al 5% de la población.

Salíamos de Pilar en un Fiat 125 que iba tan cargado que las ruedas parecían pedir perdón al asfalto. Arriba, en el portaequipajes, la pelea eterna: mi vieja quería meter la cómoda de la habitación y mi viejo, que era un hombre de orden, quería viajar como un espartano.

Llegábamos a Florida, a la casa de mis tíos. El Fiat quedaba ahí, en la calle, con todas las valijas atadas con sogas. ¿Y saben qué? Nadie tocaba nada. Si hoy dejás un coche cargado en una vereda de Vicente López, a los diez minutos no encontrás ni el chasis. Pero antes había un código no escrito, una decencia que no salía en los diarios porque era el aire que respirábamos.

El brindis era con Sidra La Victoria. Nada de champagne francés ni sutilezas. Sidra con gusto a manzana fermentada y un pan dulce que era un campo minado de frutas abrillantadas. Yo era de la secta de los «cirujanos»: me pasaba media hora operando la rebanada con un cuchillo para sacarle los trozos de higo verde. Todo alimento de color verde me resultaba sospechoso.

La pirotecnia también acompañaba el momento. Siempre había algún primo que traía su bolsa de cañitas voladoras que emulaban misiles, más ametralladoras y rompeportones que te dejaban sordo. Si allanaban la casa de los tíos, íbamos presos por portación de armas de guerra. Todos nos involucrábamos en ese menester sin conciencia del peligro ni dilema moral alguno.

A la una de la mañana, cuando el resto del mundo se iba a dormir, nosotros empezábamos la Odisea. El viejo decía: «Aprovechemos la fresca». Y ahí arrancaba el viaje a Miramar. Mis hermanos se desmayaban en el asiento de atrás, pero yo me quedaba despierto, mirando por la ventanilla.

Cruzábamos el Riachuelo y nos metíamos en la Avenida Pavón hasta alcanzar la ruta 2 a la altura de la rotonda de Alpargatas. Cruzar el conurbano sur de madrugada, con las ventanillas abiertas por el calor y con el auto cargado sería considerado hoy una tarea de alto riesgo. No lo era en los 70.

Recuerdo ver las paredes pintadas: “Perón Vuelve”. ¿De donde? -me preguntaba- Yo pensaba que Perón era un pariente lejano de alguien que nunca terminaba de llegar.

La Ruta 2 era otra cosa. Mano y contramano. Un solo carril para ir y otro para volver; si te equivocabas, no había guardarrail que te salvara, te dabas de frente contra el destino.

Parábamos en Atalaya —el templo del medialunismo— y en el ACA de Dolores, pueblo que por su nombre, yo asociaba al sufrimiento. Miraba a mi viejo manejar toda la noche y me parecía un superhéroe. No por la velocidad, sino por la resistencia.

Cuando el sol de enero nos empezaba a pegar en la cara, cerca de Vivoratá, sabíamos que estábamos cerca. Ya en Mar del Plata, el viejo tiraba siempre el mismo chiste cuando llegábamos a la loma de la Avenida Colón: «¡No me andan los frenos, chicos, nos caemos al mar!». Y aunque lo decía todos los años, a nosotros se nos cortaba el aliento por un segundo.

A partir de ese instante y hasta llegar a nuestro destino, el mar nos acompañaba a la izquierda coqueteando con nosotros. Finalmente, cuando cruzábamos esa especie de meta que era el arco de entrada a la ciudad de los niños y las bicicletas, sentía que el vértigo de diciembre terminaba.

Ingresábamos en una llanura de días sin reloj. Comenzaba enero, un mes donde el tiempo parecía detenerse.

 

(*) Profesor de Historia, Magister en dirección de instituciones educativas de la Universidad Austral, miembro del Instituto Belgraniano, vecino de Pilar y columnista de El 1° de la Mañana.

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