Columnistas

De Lennon a Artime

Por Ricardo Ragendorfer (*)

El asesinato de John Lennon sigue estando entre los crímenes que parecen carecer no solo de una motivación, sino también de una lógica.

Aún recuerdo el título que, el 9 de diciembre de 1980, exhibía la tapa del diario Clarín: “Último momento. Mataron al Beatle John Lennon”. Y la bajada decía: “Recibió tres balazos frente a su departamento de Nueva York. Un detenido”.

Ya en ese momento, en el mundo no se hablaba de otra cosa. No obstante, los datos al respecto –al menos, los que ofrecía ese matutino– eran escuetos.

En resumen: que el asesinato había sucedido a las 17:00 (hora local) del día anterior; que, hasta entonces, había sido para el músico un lunes de lo más normal y que el final de su existencia lo sorprendió al emerger con su esposa, Yoko Ono, del edificio Dakota, sobre la calle 72 de Manhattan, donde residía, para ir a mezclar la pista de Walking on Thin Ice en el estudio Record Plant.

En ese preciso instante –siempre según aquella crónica–, apareció de la nada una silueta que empuñaba un revólver calibre 38, antes de escucharse las detonaciones. Dos tiros le dieron en el lado izquierdo de la espalda y otro, en el hombro (luego se aclararía que, en realidad, fueron cinco los disparos, y que el tercero le perforó la aorta, causándole la muerte).

Al día siguiente, Clarín anunciaba en la tapa: “Detuvieron al asesino de John Lennon”. También había una fotografía de tal circunstancia, cuyo epígrafe informaba: “Con la cabeza cubierta por un saco, Mark Chapman, el asesino de John Lennon, fue conducido así a una dependencia policial neoyorkina por dos agentes de civil. El homicida, un hawaiano de 25 años, ya compareció ayer ante la Justicia tras ser detenido poco después de cometer el crimen”.

De la noche a la mañana, este sujeto había adquirido una fama ecuménica. Y su historia concitó mi interés.

El incomprendido

En su biografía, anodina en apariencia, palpitaba un “loquito” de manual.

Chapman, en rigor, no era hawaiano; por el contrario, había nacido y se había criado en la ciudad texana de Fort Worth, en donde su padre, David Curtis, era sargento en una base de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, y su madre, Kathryn Elizabeth, enfermera en un hospital.

Se trataba de una familia algo disfuncional. Su progenitor era golpeador. Eso lo padecía Mark en carne propia, al igual que su madre y su hermana, siete años menor que él. Lo notable es que, desde niño, Mark fantaseaba con tener el poder de un dios sobre un “ejército de duendes” –según sus propias palabras–. Era una fantasía que conservó hasta su adultez.

Chapman cursó la enseñanza media en un colegio de Atlanta, en el estado de Georgia, cuando su padre fue trasladado allí. El recuerdo más nítido que ese muchacho conserva de su adolescencia es el bullying del que era objeto por parte de sus condiscípulos, mientras, en el hogar, don David lo seguía fajando.

Ya por entonces, sus inconductas llamaban la atención. Eran inconductas solitarias, propias de su temperamento introvertido: ya a los 14 años consumía drogas, se rateaba del colegio para emprender paseos erráticos e, incluso, una vez huyó del hogar para vivir en la calle durante dos semanas.

Luego, sus papás se divorciaron, y él se estableció con Kathryn Elizabeth en Hawái. Allí se convirtió al cristianismo.

En su adultez, tuvo algunos trabajos como consejero en campamentos de asociaciones juveniles, que no conservó. Tuvo novias de las que solía separarse en malos términos. Y sus semejantes le rehuían.

Además, era un fanático de los Beatles. Y su ídolo era Lennon.

Él adujo que el móvil de su crimen era, simplemente, llamar la atención.

El despreciado

La fotografía prontuarial del tipo era inquietante: su rostro gordinflón, rematado por una mirada gélida, le dejaba el alma al descubierto.

Yo la miraba una y otra vez, como hipnotizado. Es que me hacía acordar a un pibe de mi barrio, Palermo Chico.

Su nombre: Julio Gargiulo. Pero todos lo llamaban el “Gordo Julito”.

Era hijo único de un próspero comerciante italiano y una madre sumisa, que toleraba en silencio las palizas que su esposo le prodigaba al vástago.

Retraído, agresivo y mal alumno, el Gordo Julito no era apreciado entre sus condiscípulos, de quienes sufría un bullying impiadoso.

Pero había algo que lo mantenía en pie: su fanatismo por Independiente, siendo su ídolo el delantero Luis Artime. Julito sentía devoción por él.

En 1969, cuando este fue vendido al Palmeiras, de Brasil, el desconsuelo del Gordo Julito fue enorme.

El tiempo fue pasando y, en 1973, él ya integraba la barra brava del club de Avellaneda. Tal vez eso fuera su pasaje a la trascendencia.

De hecho, allí le dieron un afecto que él nunca antes había sentido.

Al año siguiente, Nacional de Montevideo jugó contra Independiente en Avellaneda. El diez del equipo uruguayo era nada menos que Artime. Y suyo fue el único gol del partido. Fue semanas antes de retirarse del fútbol.

Pues bien, al Gordo Julito, el hecho de que justamente Artime fuera esa vez el verdugo del club de sus amores, lo sumió en un estupor metafísico.

Aun así, lo esperó ante la puerta del vestuario para pedirle un autógrafo, sintiéndose en un momento irrepetible de su vida.

Y lo fue, pero no de la manera que él había pensado.

Porque Artime, tras estampar su rúbrica en media docena de papeles y banderines que le pusieron ante la nariz, rechazó con un ademán poco amigable la libretita que le extendía el Gordo Julito, tal vez por estar ya cansado de firmar.

Pero su admirador lo tomó como una afrenta. Y juró venganza.

“A ese lo voy a boletear”, repetiría una y otra vez ante todo oído que tenía a su alcance. Tanto es así que esa frase se convirtió en su latiguillo personal.

Es posible que, seis años después, al ocurrir el asesinato de Lennon, haya renovado su anhelo de “boletear” a Artime.

En este punto, es necesario recalar en el atardecer del 22 de diciembre de 1983, tras la victoria de Independiente sobre Racing, que jugaba de local.

Al finalizar el partido, en una calle adyacente al Cilindro de Avellaneda, hubo una trifulca entre las dos hinchadas. Y a cadenazo puro.

Pero, de pronto, retumbaron cinco disparos.

El Gordo Julito cayó herido de muerte. Dos balazos le dieron en el lado izquierdo de la espalda y otro, en el hombro, perforándole la aorta.

¡Pobre tipo! El destino se burló de él: quiso matar como Mark Chapman y murió como John Lennon.

 

(*) Periodista de investigación y escritor, especializado en temas policiales

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