Columnistas

De pascuas, curas y otras yerbas

Por Gastón Bivort (*)

La historia de hoy es una historia temática. Es domingo de Pascua y, como manda el calendario y la inercia de ser argentinos, toca hablar de sotanas, empanadas de vigilia y otros ritos que uno hereda.

Mi mujer, la turca -a la que ya conocen por mis otras desgracias-, tiene un prontuario eclesiástico que asusta. Fue catequista y colaboró siempre con la parroquia de su pueblo. Es más, se jacta de haber sido la primer monaguillo mujer. Imagínense esa niña desafiando a los puristas que no querían ver una mujer en el altar.

Yo, que por ella soy capaz de cualquier claudicación, terminé como catequista. No fue tanto una cuestión de fe, no nos engañemos; fue una estrategia de seducción. Quería ganarme su corazón y los sábados a la mañana la parroquia era el único lugar donde podía custodiarla de cerca. Así, por carácter transitivo, terminé rodeado de curas.

Algunos eran santos de estampa y otros eran tipos comunes con el cuello blanco, pero siempre les tuve simpatía. Quizás porque en la casa de mis abuelos eran parte del paisaje, o porque mi tía Luisa -una generala de la fe- me los presentaba a todos como si fueran parientes.

Además, seamos justos: Lorenzo Massa fundó mi querido San Lorenzo. A un cura que nos dio los colores no se lo discute. Un cuervo de ley no puede no querer a los curas.

Con la turca hemos coleccionado anécdotas de sotanas que nos hacen lagrimear de risa. Los curas son hombres y algunos, hombres muy divertidos.

Todavía me acuerdo de aquel párroco que, desbordado en Navidad por una horda de señoras que le exigían turrones como si estos cayeran del cielo como maná, se plantó frente a una mujer a la que bautizó Cindy y le soltó:
”No tengo más turrones, y además vos no podrías comerlos, Cindy”.
”Yo no me llamo Cindy” -le retrucó la mujer, indignada-.
”No vas a poder comerlos” -remató el cura con los cables pelados y una rapidez mental envidiable- “porque estás Cindy-entes”.
Casi lo linchan. Tuvo que salir con la cana porque la teología no alcanzaba para calmar a esa multitud ávida de confituras

Recuerdo también cuando la turca, que es una mujer de armas tomar, protagonizó un escándalo en la calle Corrientes, cerca del obelisco, que todavía me da escalofríos. Caminábamos bajo el sol cuando vimos al párroco del pueblo en la mesa de un bar. No estaba solo. Tenía abrazada a una mujer con un entusiasmo que no era, precisamente, amor al prójimo.
La turca, que no sabe lo que es la discreción, armó un escrache monumental. «¡Ese hombre es un cura! ¡Tiene novia! ¡Qué vergüenza!», gritaba ella, mientras el tránsito se detenía y el pobre cura, rojo como un tomate, huía con sus mariposas en la panza. Fue claramente un error táctico de ese Ladislao Gutierrez moderno, al subestimar el ojo clínico y omnipresente de la turca.

Siempre nos gustó invitar a comer a casa a los curas con los que teníamos más afinidad, a aquellos con los cuales habíamos trabado cierta amistad. Algunas veces yo hacía un asado -es lo único que mi limitada motricidad me permite-, otras, la turca cocinaba. Sí, por aquellos tiempos, ella cocinaba.

Hoy la turca es una cocinera retirada. Al igual que los futbolistas que cuelgan los botines cuando dejan de jugar, ella colgó el delantal. Sin embargo, cada tanto la embarga la nostalgia, se pone la camiseta de Doña Petrona y decide jugar un nuevo y último partido de despedida para regocijo de sus hinchas. Yo, el jefe de la barra, disfruto de sus platos y ruego por más despedidas.

Un jueves santo invitamos al cura párroco a comer empanadas. La turca solía ser infalible pero ese día algo falló. Pudo haber sido la temperatura del horno, la consistencia de la masa o la humedad del relleno, no sabemos. La cosa era que cada vez que levantábamos una empanada para comer, literalmente se desfondaba.

Nos quedaban las manos en la masa pero el relleno, en la fuente. El cura se rió mucho de la situación comentando que era la primera vez que comía empanadas sin relleno. O relleno sin empanadas. Eran “empanadas deconstruidas”.

Pero lo mejor vino el domingo. Misa de Pascua, la iglesia llena. Llega el sermón y el padre tiene que explicar el milagro de la Resurrección, el misterio de la piedra que se mueve y el sepulcro vacío. El tipo, con una pedagogía brillante, buscó la imagen más a mano que tenía y soltó desde el ambón:
”La tumba se abrió de repente… ¡se abrió como las empanadas de Fabiana!”
En ese momento la iglesia estalló. Cien cabezas giraron al mismo tiempo para mirar a la turca. Sus “empanadas deconstruidas” ya eran una verdad revelada para todo el pueblo. ¿Y ella? Ella estaba chocha. Ni un gramo de vergüenza. Al contrario, inflaba el pecho de orgullo porque sus empanadas defectuosas habían servido de inspiración para la homilía.

Lo vivió casi como un milagro pascual. Para ella la masa de cada empanada fallida representaba un alma vacía y su relleno, la fe.

Una vez más, no hubo caso. La turca siempre fue como Zapata: si no la gana, la empata.

 

(*) Profesor de historia, vecino de Pilar y columnista de «El 1° de la mañana»

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