
Hace algunos años ya, en páginas parecidas a esta, comenté lo que para mi era el “Crimen de Menem”. Contrario a lo que podría parecer no me refería allí a los actos de corrupción de su gobierno (que comparados con lo que conocimos luego de los Kirchner eran especies de bromas de jardín de infantes) sino al hecho de que al dirigir al fracaso su propio programa de reformas (por claudicar -por ambiciones personales- ante los intereses de grupos a los que aquellas reformas perjudicaban) terminó matando a la idea misma del liberalismo.
Desde las palabras, el presidente se había identificado tanto con esa corriente que, cuando por la culpa de su ambiciosa incompetencia, el curso de su propia reforma fracasó, la gente no tardó en culpar a las ideas de la libertad por la ruina argentina. Sobre ese resentimiento recargado apareció la banda de los Kirchner.
Formada en un bar del Sur como se forman cientos de bandas de delincuentes comunes, los Kirchner aprovecharon ese odio social para presentar un proyecto ideológicamente antitético que canalizara toda esa bronca y esa furia acumulada. Por detrás de esa pantalla, ya tenían diseñado el plan de saqueo más extraordinario que la Argentina haya conocido desde 1810 hasta hoy.
Este sería un escenario ideal para plantear aquí mismo un comentario sobre el “Crimen de Kirchner”. Y efectivamente es lo que vamos a hacer.
Pero, como en el caso de Menem, el “Crimen de Kirchner” al que vamos a referirnos acá no es el que podría parecer, es decir, el indescriptible latrocinio de haber robado miles y miles de millones de dólares del Tesoro Público y de los mismísimos bolsillos de los argentinos más pobres.
El “Crimen de Kirchner” no consistió en eso. El Crimen de Kirchner radica en haber desperdiciado la más extraordinaria oportunidad que tuvo la Argentina para pegar un salto cuántico de desarrollo y, con ello, mejorar verdaderamente (quizás para siempre) el nivel de vida de varias generaciones de argentinos.
Durante los años que siguieron al colapso de diciembre de 2001 se fueron gestando lentamente condiciones mundiales que terminaron estallando (favorablemente) durante la presidencia de Néstor Kirchner.
A partir de 2003 los precios de los commodities comenzaron un camino ascendente como no se veía en décadas. Las materias primas en general tuvieron un ajuste positivo de valores que hubieran hecho dudar al mismísimo Raúl Prebish sobre la exactitud de su teoría sobre los términos relativos de intercambio.
Por mencionar el caso más conocido, la soja superó en el mercado de Chicago los 600 dólares por tonelada. El petróleo West Texas Intermediate (WTI) llegó a valer 150 dólares el barril (algo que torna también inexplicable el “milagro” chavista de llevar a un país petrolero a la miseria siendo que, cuando Chávez asumió, el barril WTI costaba 8 dólares: sumió en la decadencia a Venezuela con su principal materia prima cotizándose casi 20 veces por encima de su valor inicial… Increíble).
Pero volvamos a la Argentina. En el terreno financiero las tasas de interés se fueron a pique registrando récords a la baja de los más notables de la historia reciente.
La tasa de referencia del Fondo Monetario no llegaba al 4% pero, a pesar de eso, Kirchner, en lugar de rollearla, la canceló gastando 10000 millones de dólares de las reservas para darse vuelta y tomar deuda venezolana al 15% de interés. Luego se supo que Chávez vendía esos bonos en el mercado negro y repartía las ganancias con su socio Néstor.
Las liquidaciones de las principales exportaciones argentinas crecieron exponencialmente (por precio no por volumen) generando excedentes financieros como hacia rato no se veía. Allí vino la comisión del “crimen”.
Kirchner, en lugar de utilizar esa masa de fondos para promover el desarrollo con proyectos de inversión y modernización de la infraestructura a 40 o 50 años vista, decidió quemarlos utilizando dos vías principales, una mínima y otra súper máxima.
La mínima consistió en “regalar” ingentes cantidades de dinero (que comparadas contra el total eran apenas una migaja) por la vía un irresponsable despilfarro demagógico que dilapidó en consumo instantáneo lo que debería haberse invertido.
Así llegaron las jubilaciones “truchas” (millones de personas que, sin aportes, se incorporaron al sistema previsional), los planes de “todo para todos” (carne, pescado, electrodomésticos, viajes, y una larga lista de ocurrencias detrás de las cuales siempre había, además, un curro oportuno para robar) y un festival de subsidios prácticamente en todas las áreas económicas.
Para dar solo un botón de muestra, digamos que, en los años de los Kirchner, la Argentina se “comió” (sin reponerlo) el rodeo completo de Uruguay y envileció la estructura total de la generación y distribución de energía que había sido recompuesta -después de años de otros populismos- justamente por la administración de Menem.
La vía “super máxima” para quemar todos los recursos extraordinarios que se estaban gestando gracias a condiciones internacionales también poco comunes, fue, naturalmente, el robo liso y llano de toneladas (digo “toneladas” porque era tanta la plata que robaban que no tenían tiempo siquiera de contarla, de modo que la pesaban) de dinero.
Al lado de lo que se llevaban los Kirchner a sus bolsillos personales, el dinero destinado al despilfarro populista mantenía las mismas proporciones que un iceberg con su punta visible.
El pueblo argentino que, lamentablemente, venía formateado por una mentalidad peronista proclive a comprar voluntades con regalos (desde bicicletas y pan dulces hasta empleos públicos ficticios y tarifas irreales) se encegueció tanto con los fuegos artificiales de los “obsequios” que no le prestó atención al increíble saqueo que sucedía a sus espaldas.
Este es, entonces, el verdadero “Crimen de Kirchner”. Con ser obscenamente pornográfico el robo directo de dinero público (que en lo personal creo que nunca sabremos con precisión a cuánto ascendió) no fue ese el capítulo más grave de su sacrilegio: el verdadero pecado estribó en la enorme oportunidad que se perdió para cambiar para siempre la suerte de la pobreza en la Argentina; en haber aprovechado ese torrente de dinero para trazar un programa de reformas que hubieran allanado el camino a las inversiones que habrían cambiado para siempre la historia de millones de familias.
Es muy difícil que las condiciones que se dieron por una increíble alineación favorable de planetas en los inicios de los 2000 vuelven a darse en el futuro cercano. Por eso es doblemente triste ver que, entre los seguidores remanentes de la sucesora del “criminal master mind”, se pueden ver a los más pobres de la Argentina, a aquellos que, ciegos por la limosna que les daban, no alcanzaron a ver las bondades de las que fueron privados por el “Crimen de Kirchner”… Algo que sin duda lo hace acreedor al sitial del peor presidente de la historia, incluso destronando al inefable Alberto Fernández.
(*) Periodista de actualidad, economía y política. Editorialista. Abogado, profesor de Derecho Constitucional. Escritor


