
A veces la realidad es una guionista sin ideas que le roba la ficción a la tele. Eso pasó hace un par de años, cuando en una excursión de Nueva York a Filadelfia, terminamos metidos en un capítulo de la serie animada norteamericana “Padre de familia”. Más precisamente, en aquel capítulo donde los Griffin rompen el auto en un pueblo amish y terminan literalmente atrapados en el siglo XIX.
Los Griffin debieron pasar varios días en ese pueblo esperando por su auto, quedando por un tiempo varados en el pasado. Tanto es así que hasta se mimetizaron un poco con las arcaicas costumbres de los amish. Meg, la hija, se pasó varios pueblos; terminó enamorándose de uno de esos chicos de rostro lampiño con enteritos sin botones, que se abstienen de usar celulares y redes sociales.
En nuestro caso, fue un poco más leve. Vivimos una historia similar con el bus que nos transportaba pero, por suerte, no llegamos a tanto como la familia de la serie. Por un momento temí que el capítulo pudiera replicarse por completo con nosotros dentro.
Esa mañana de mayo, viajamos a Filadelfia, buscando meternos en la historia del gran país del norte, visitando el “Independence hall” y, por qué no también, homenajear al gran Rocky Balboa conociendo los famosos escalones del Museo de Arte donde entrenaba. Sin embargo, al regresar, el destino -ese bromista pesado- nos tenía reservada una «yapa» tragicómica en Lancaster, el reino de los amish.
Los amish, ya saben, son esa gente tan particular que decidió un día que el progreso es un pecado, que la tecnología es una tentación del demonio y que los botones son una reminiscencia del belicismo militar; por eso usan una especie de jardinero o enterito con ganchos y ojales. Los hombres casados llevan barba mientras los solteros se mantienen lampiños: una especie de Tinder visual del siglo XIX que les ahorra el costo de la alianza para identificar su estado civil. Las mujeres, con sus bonetes y vestidos largos hasta el infinito, parecen salidas de una película de puritanos.
Ya en Lancaster, la guía nos llevó a visitar una de sus granjas, la cual se veía muy próspera.
Nos recibieron con su código de vestimenta típico, nos pasearon en carro y nos mostraron lo que producen. Allí nos dimos cuenta que ellos mismo se hacían algunas trampitas, como por ejemplo descartar la energía eléctrica para reemplazarla por la solar. Al salir de la granja, con la duda flotando sobre cuanto de impostado había en ese estilo de vida -¿Era tan así o se saben un atractivo turístico muy redituable?- nos dirigimos a un shopping cuyos locales eran también propiedad de los amish. Después de todo, el capitalismo ya existía en el siglo XIX.
El tema fue que, a la hora de volver, el bus se murió. El chofer, un ecuatoriano que chapuceaba el inglés con la misma torpeza con la que nosotros fingíamos interés por las explicaciones del granjero, decidió rendirse. Después de varios intentos fallidos para arrancar soltó la sentencia de muerte: «Not working». Eran las cuatro de la tarde y estábamos en un remoto lugar del estado de Pensilvania a 250 km de Nueva York.
Al principio lo aceptamos con la calma que recomiendan los estoicos, pensando que se solucionaría rápidamente con un mecánico o, que en su defecto, vendría otro bus de reemplazo. Nada de ello ocurrió. Pronto empezó a oscurecer y la solución tardaba en aparecer.
El shopping empezó a cerrar sus locales y vimos cómo las empleadas amish se sacaban el bonete, se ponían unos jeans y unas zapas, y se iban a su casa en auto. Evidentemente, para los más jóvenes,el puritanismo era apenas el uniforme de trabajo. El «estilo de vida amish» era, en gran medida, un parque temático para turistas con ganas de sentirse culpables por tener iPhone.
A las siete de la tarde, la guía, que ya no sabía qué hacer con nosotros, pidió pizzas. Imaginen la escena: una horda de turistas varados en medio de la nada, sentados en la acera como indigentes de lujo, comiendo pizza de pepperoni mientras un delivery, que no vino en carro, nos miraba con lástima.
Con la llegada de la noche, la cosa pasó de pintoresca a preocupante. El bus seguía sin dar señales de vida y nuestra paciencia comenzaba a agotarse. Me acerqué al chofer, que miraba el motor con la melancolía de quien contempla un pariente agonizante. -¿No hay esperanza, entonces?- le pregunté, mientras masticaba una porción de pizza que sabía a derrota. -Mire- me dijo él, bajando la voz como si los amish pudieran escucharnos desde sus carruajes sin motor, -Si esto fuera en Guayaquil o en Buenos Aires, yo le meto un alambre, le pego unos golpes al burro de arranque y llegamos a Manhattan volando. Pero estos gringos… ay, estos gringos. Son tan estructurados que prefieren que durmamos entre estos locos antes que violar un protocolo de mantenimiento-. Lo del chofer fue toda una declaración de principios sudacas, un homenaje al famoso “lo atamo con alambre” argento en su versión ecuatoriana que no pudo ser. Así que nos quedamos ahí, hablando de Messi, de la inmigración latina y de la desdicha, mientras el mundo amish se sumergía en una oscuridad fantasmagórica sin que percibiéramos solidaridad alguna con nuestra desgracia. Evidentemente, los amish andan a caballo pero no conocen la gauchada.
Para las once de la noche un grupo de brasileros, que siempre están un paso adelante, ya había tomado la decisión de pagarse un Uber hasta Nueva York. Nosotros, junto a un grupo integrado por gente de países diversos cual una especie de Babel moderno, decidimos esperar un poco más. Para entonces habían caído dos ¿mecánicos? enviados por la empresa, que sabían de motores como yo de energía nuclear
La guía ya se había dado por vencida. Había agotado todas las excusas, por lo menos las que pudimos entender, ya que no hablaba castellano. Nosotros también tiramos la toalla: nos cansamos de pedir explicaciones. Esa tregua tácita permitió que la situación no pase a mayores.
A las doce de la noche, Lancaster era un cementerio. Éramos ocho náufragos de distintas lenguas tratando de entendernos con el Google Translate. Al final, lo logramos. Llamamos un Uber y apareció Amin, un árabe en una camioneta que aceptó llevarnos a la Gran Manzana.
Viajamos tres horas con la cola apoyada en una madera sin acolchado, con las piernas en el cuello, rezando para que Amin no fuera un loco fanático que ese día decidió inmolarse en nombre de Alá con todos adentro.
Cuando finalmente vimos las luces de Nueva York sentimos que regresábamos del exilio al imperio de la tecnología: la sobredosis lumínica neoyorquina contrastaba con la opacidad amish. Juntamos el dinero para pagarle a Amin y fue en ese entonces cuando nos enteramos que la empresa decidió hacerse cargo del pago. A la eficiencia del primer mundo le llevó más de diez horas resolver el problema. Le dimos entre todos una buena propina a nuestro salvador y le recomendamos que se tome un café antes de volver: lo esperaban otras tres horas para regresar al reino amish.
Cuando desperté, a la mañana siguiente, lo primero que hice fue prender la luz del baño y me quedé mirando mi camisa con sus siete botones hermosos. Luego prendí el televisor y todas las luces de la habitación. Miré por la ventana y vi la calle atestada de autos y de gente bien vestida, sin barba, sin sombrero, sin bonete y con botones.
Había tenido una pesadilla. Había soñado que seguía en Lancaster, que me estaba creciendo la barba, que usaba jardineros sin botones y que, como Meg Griffin en su versión masculina, estaba a punto de casarme con una granjera amish que odiaba la electricidad, usaba bonete y le encantaba pasear en carro.
(*) Profesor de historia, vecino de Pilar y columnista de «El 1° de la mañana»



