
“El secreto de sus ojos”, la recordada película argentina ganadora del Oscar en 2010, tiene todos los condimentos propios de un peliculón (y de la condición humana). Amor, romance, amistad, crimen, abuso de poder y deseo de venganza son algunos de los temas que aparecen en ella.
También revela una perlita, un hallazgo, una verdad incontrastable. En la antológica escena del bar de tribunales, Julio Sandoval (Guillermo Francella), con la lucidez propia de un borracho sabio, llega a la conclusión de que el criminal puede ser atrapado en la tribuna de un estadio de fútbol donde juegue su equipo, porque… “El tipo puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios…pero hay una cosa que no puede cambiar. No puede cambiar de pasión”.
Cuando esta columna salga a la luz, ya habrá comenzado un nuevo torneo, de esos torneos de 30 equipos producto de la demagogia futbolera de nuestro vecino de Pilar, el “chiqui” Tapia, verdadero emergente del ascenso social en la Argentina (de recolector de basura a millonario en pocos años).
Como viene ocurriendo últimamente, habrá partidos amañados, arbitrajes escandalosos, y cambios de reglas sobre la marcha. Pero aunque uno ve la vaca y sabe que se va a quemar con leche, no llora, insiste. Los estoicos dirían que somos unos necios por poner nuestra felicidad en manos de la fortuna, de los caprichos de la AFA o de un tipo que no sabe patear un centro. Borges agregaría que el fútbol es el triunfo de la estupidez. Sin embargo, no hay caso, hay algo en ese vínculo, en esa herencia, que la lógica no alcanza a explicar. Cuando la pelota rueda, la razón se toma un taxi y se va lejos.
A Mateo, mi hijo, le pasó lo peor que le puede pasar a un pibe: heredó mi sangre. Y con la sangre le vino el colesterol y la pasión por San Lorenzo. Nació en el 95, justo cuando el Ciclón salía campeón después de veintiún años de malaria, de perder la cancha y de conocer el barro del descenso. A él le tocó la parte linda, pero nos faltaba «la» obsesión. Éramos el único grande sin la Libertadores. Los otros nos gastaban con las siglas: CASLA era, para ellos, «Club Atlético Sin Libertadores de América». Un estigma que dolía como una patada en el tobillo. Una espina que llevábamos clavada, confiando, allá en el fondo, que algún día nos la íbamos a quitar.
En 2014, después de ganarle 5 a 0 a Bolívar en la semifinal de ida, la pasión -esa cosa terca- nos empujó a viajar a La Paz. Subimos al mismo chárter donde viajaban los jugadores, a quienes les pedimos fotos y autógrafos. Por un momento nos sentimos parte del plantel; era el sueño del pibe hecho realidad. Pero en el avión también iba la «Buteler». Los muchachos de la barra, que se creían dueños del aire, empezaron a reubicar gente a su antojo, como si fuera un colectivo de línea fuera de servicio. Uno de ellos me pidió que me moviera una vez, y cedí. A la segunda, le dije que no. Fue un instante de esos donde uno mide su dignidad frente al miedo. El tipo me puteó de arriba abajo, pero Mateo me miró con un respeto que no se compra con nada.
«Te le plantaste, pá», me dijo. Le regalé el diario Olé al barra para calmar las aguas, pero durante años, cada vez que iba a la cancha, buscaba su cara entre los paraavalanchas. Por las dudas…
Llegamos a Santa Cruz de la Sierra, en el llano boliviano, sin mayores contratiempos. Las azafatas estuvieron siempre sentadas por razones de seguridad. No por las turbulencias sino por las guarangadas que podían llegar a proferir los energúmenos del “tablón”.
Al día siguiente era el partido y para ello teníamos que tomar otro vuelo. Los jugadores, cuerpo técnico y dirigentes habían viajado en un avión distinto, por lo que el “tour” comenzaba a estar cada vez más en manos de, vamos a usar un eufemismo, los hinchas “caracterizados”.
Aterrizamos en el aeropuerto de El Alto, a 4150 metros de altura, donde no hay oxígeno ni para los cóndores. Allí nos esperaba un bus que nos bajaría a los 3.650 metros de La Paz y nos dejaría en el estadio. Mientras la adrenalina aumentaba por la inminencia del partido y los hermanos bolivianos proferían todo tipo de insultos y amenazas a nuestro paso, caímos en la cuenta que el tour “Barra´s travel” no incluía la entrada. “Compren en la reventa”, nos decían quienes tienen un master en este tipo de transacciones. Por suerte, al llegar al estadio fue fácil conseguir entrada. Unos cuantos hinchas bolivianos no creían que su equipo pudiera revertir el 5 a 0, de manera que que vendían sus entradas a precio de oferta, casi un 2×1.
Entramos a la cancha y nos ubicaron en el codo de una tribuna, todos amontonados pero “calentitos”: se pone frío a la noche en la altura de La Paz. El partido fue aburrido. Ganaron los bolivianos 1 a 0 pero en ningún momento peligró la clasificación de nuestro equipo. Lo más divertido fueron algunas escaramuzas de nuestros “soldados” con los barras del altiplano y el permanente grito hostil contra los argentinos: ¡blancos de mierda! ¡blancos de mierda!, gritaban y repetían una y otra vez nuestros hermanos bolivianos en homenaje a la confraternidad latinoamericana y a la patria grande. Nunca me había pasado, fue una discriminación a la inversa, reversionada. Yo me sentí un sueco en medio de una película de discriminación al revés, una cosa rarísima.
Al final del partido, mientras los hinchas de Bolívar se retiraban, la policía boliviana nos hizo bajar al campo de juego para “cuidarnos”. Lo que pareció generoso al principio se convirtió en preocupante cuando, pasados más de 40 minutos, se apagaron las luces y las salidas a la calle seguían bloqueadas. Era uno de esos momentos en los que te preguntás que carajo hacés en ese rincón del mapa. Finalmente abrieron las puertas y al llegar a la primera esquina, caminando en dirección al bus, nuestro anfitriones paceños nos esperaban para “despedirnos” con una lluvia de piedras. Fue literalmente una emboscada que nos llevó a hacer un sprint de varias cuadras. Bien por los pulmones que resistieron los 3650 metros de altura de esta ciudad tan hostil.
Cuando llegamos al aeropuerto para volver a Santa Cruz de la Sierra, nos encontramos con un escenario surrealista. Había pocas luces y un solo mostrador habilitado con un tipo que tenía más sueño que ganas de vivir. Para nuestra sorpresa, el personaje delegó en los barras la entrega de los tickets de vuelo, los cuales a viva voz nos llamaban por el apellido. Nunca vimos a los pilotos ni a las azafatas pero finalmente embarcamos y partimos. Imagínense las chanzas durante el viaje acerca de quienes estaban piloteando ese avión. Me recordó a esa parodia cómica del cine catástrofe de los años 80 llamada ¿Y dónde está el piloto?.
De regreso a la Argentina, el vuelo fue una fiesta. No solo que nadie tenía puesto el cinturón de seguridad sino que no había un solo pasajero sentado. Ni el piloto ni las azafatas atinaron a moderar tanta locura. Los hinchas bailaban en el pasillo del avión y golpeaban el techo como si fuera un redoblante. Uno de ellos, disfrazado del Papa Francisco, lideraba los festejos e impartía bendiciones. Estábamos en la final, a un paso de ganar la Copa. A punto de terminar con ese estigma insidioso.
El 13 de agosto de 2014 mientras el Pipi Romagnoli levantaba la Copa en el Nuevo Gasómetro, con Mateo nos abrazamos llorando. Era uno de esos abrazos que solo pueden entender aquellos padres e hijos unidos por el mismo ritual del sentimiento compartido. Juntos, habíamos sido protagonistas de la hora más gloriosa. Fue entonces y solo entonces, cuando el insólito y bizarro viaje cobró sentido. Esa “guerra” en La Paz tomó la dimensión de heroica, inolvidable, casi épica. Una vez más, la razón se rindió frente a la inexplicable fuerza de la pasión, que es lo único que no se puede cambiar.
(*) Profesor de historia, vecino de Pilar y columnista de «El 1° de la mañana»



