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La campaña eterna: ¿quién paga la maquinaria que nunca se apaga?

Por Dani Lerer (*)

En la Argentina hay dirigentes que no gobiernan, no legislan, no construyen: hacen campaña. Siempre. Como si el calendario electoral fuese permanente y el poder un objetivo en sí mismo, no una herramienta para transformar la realidad. No es casualidad. La campaña eterna no se sostiene sola. Tiene financistas, arquitectos y beneficiarios.

Detrás de figuras como Horacio Rodríguez Larreta, Sergio Massa, y tantos otros que orbitan el mismo ecosistema, se repite un patrón: estructuras políticas profesionalizadas que funcionan más como consultoras de poder que como proyectos de país. Equipos de comunicación sobredimensionados, encuestas constantes, focus groups, pauta segmentada, construcción de imagen quirúrgica. Todo eso cuesta millones. Y alguien los paga.

¿Quién? Primero, el Estado. Durante años, estos espacios perfeccionaron el arte de financiar política con recursos públicos. No de manera burda, no hace falta valijas, sino a través de mecanismos más sofisticados: contratos, consultorías, publicidad oficial, estructuras paralelas. La frontera entre gestión y campaña se vuelve difusa hasta desaparecer.

Segundo, el empresariado prebendario. No hablamos del empresario que invierte y compite, sino del que negocia regulaciones, contratos o protección. Para ese sector, financiar políticos en campaña permanente no es un gasto: es una inversión. Saben que, gane quien gane dentro de ese circuito cerrado, el sistema se retroalimenta.

Tercero, el entramado internacional. Fundaciones, organismos, ONGs y consultoras globales que operan con agendas propias, muchas veces ajenas a las prioridades locales. No siempre hay una intención oscura, pero sí una lógica: formar cuadros políticos alineados a determinados consensos globales, donde la estética importa más que el contenido.

El resultado es un tipo de dirigente que no descansa porque no puede. Porque si deja de hacer campaña, se cae la estructura que lo sostiene. No hay gestión que lo respalde, no hay resultados que lo legitimen. Solo narrativa.

Ahora bien, la campaña eterna no solo se explica por quién la financia, sino también por lo que busca ocultar. Porque cuando se mira la gestión, el contraste es brutal.

En el caso de Sergio Massa, su paso por el Ministerio de Economía dejó una de las peores herencias recientes: inflación descontrolada, pérdida acelerada del poder adquisitivo y una economía al borde del colapso. Sin embargo, la maquinaria de campaña nunca se detuvo. Mientras la realidad se deterioraba, la narrativa intentaba sostener una imagen de “ordenador” de la crisis que nunca llegó a materializarse. Incluso, en ese entramado de financiamiento difuso, aparecen vínculos con estructuras de enorme poder e influencia como la Asociación del Fútbol Argentino, donde política, negocios y visibilidad se cruzan con demasiada frecuencia.

Del lado de Horacio Rodríguez Larreta, la historia no es mejor. Su gestión en la Ciudad de Buenos Aires fue presentada como modelo de eficiencia, pero en la práctica dejó una ciudad degradada en múltiples frentes: proliferación de piquetes, conflictos habitacionales con tomas que expusieron la debilidad del Estado y una agenda cada vez más alineada con tendencias ideológicas importadas, un progresismo de superficie, más preocupado por el discurso que por resolver los problemas concretos de los vecinos. Mucho marketing, mucha segmentación, mucha estética; poca resolución estructural.

En ambos casos, la constante es la misma: gestión cuestionable, pero campaña permanente. Y ahí aparece el problema de fondo: la política convertida en marketing permanente vacía de contenido a la democracia. Todo se vuelve relato, percepción, posicionamiento. Nada es definitivo, nada es verdadero, todo es testeable.

La Argentina necesita exactamente lo contrario. Necesita dirigentes que gobiernen más de lo que comunican. Que tomen decisiones aunque no midan bien. Que construyan poder real, no imagen. Y, sobre todo, que puedan explicar quién los financia sin rodeos.

Porque la campaña eterna no es gratis. Y cuando nadie dice quién paga, casi siempre termina pagando la sociedad.

 

(*) Licenciado en Ciencias Políticas. Consultor Político. Experto en Terrorismo y Crimen Organizado. Periodista. Analista Internacional. 

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