Columnistas

Lecciones de humanidad

Por Gastón Bivort (*)

Las buenas noticias no son noticia. Ese parecería ser el leit motiv de los medios de comunicación que raramente se detienen en contar historias mínimas, simples, de gente común. De esas historias que te emocionan y te llenan el alma. De esas historias que son un soplo de aire fresco entre tantas noticias que dejan al desnudo las miserias humanas más aberrantes. Muchos periodistas están ahí, agazapados, esperando que alguien mate a otro para contártelo con lujo de detalles. La bondad, para los medios, es aburrida; no “garpa”, no tiene rating.

Para un empedernido buscador de buenas noticias en el que me convertí, la última semana fue especialmente prolífica. Scrolleando la versión digital de La Nación (diario que sigo por afinidad ideológica y herencia paterna) me topé con tres historias que me conmovieron. Tres historias que te hacen pensar que no todo está perdido. Tes historias que te demuestran que mientras exista este tipo de personas, hay margen para ser optimistas.

Todas ellas están unidas por un mismo hilo conductor: sus protagonistas no se quedaron haciendo solo lo que se esperaba de ellos: salieron de su zona de confort para hacer mucho más de lo que debían; son historias de gente que pudiendo ser unos mediocres, decidieron ser mejores.

Dignidad

Primero me crucé con la historia de Leo Soria. El tipo tiene cuarenta y un años y una silla de ruedas que es su cuerpo desde que nació. No tiene trabajo fijo, pero tiene un hijo de quince que lo mira. Leo podría haberse quedado en su casa maldiciendo su suerte, esperando un subsidio, una bolsa de comida, o que alguien le tire una moneda por lástima en una esquina. Pero no. El tipo se toma el colectivo de San Fernando a Belgrano, lucha contra la falta de rampas y las veredas rotas, y se pone la mochila de Rappi.

Leo hace siete kilómetros por día a puro brazo para ganarse el mango repartiendo hamburguesas. Y cuando le dicen que es un ejemplo, se encoge de hombros: «Hago lo mismo que los demás, pero sentado. No soy un ejemplo» -dice él- con una humildad que conmueve.
Pero lo es. Es un ejemplo de dignidad pura, de esa que no se compra ni se vende

Integridad

Luego leo la historia de Hugo Acito. Hugo es un ingeniero de Neuquén que tiene una constructora. Es un tipo que viene de abajo, de muy abajo. Tanto, que desde los 7 años revocaba las paredes con su padre albañil por las mañanas e iba al colegio por la tarde.

Hugo prosperó, superó la crisis de 2001 y un tumor que lo tuvo a maltraer y se hizo rico. Pero nunca se olvidó ni renegó de sus orígenes: es un hombre que no olvidó el olor del cemento ni el frío de las mañanas. Y ahora que tiene su empresa, ¿qué hace? lleva a sus albañiles de vacaciones. ¡A sus albañiles!

Los llevó a escalar volcanes, a pescar, a recorrer el Camino de Santiago. Me imagino a los albañiles, felices, lejos de la obra y los andamios, mirando el mundo con ojos nuevos porque su patrón decidió que su dinero servía para algo más que complacerse a si mismo. «Me incomoda irme de vacaciones si ellos no pueden» -dice Hugo- y se lleva a sus empleados con él.
Eso se llama integridad.

Empatía

Y la última me mató. Un policía acude al 911 y encuentra a un niño de siete años, León, pidiendo monedas en un semáforo de la periferia de la Plata. El policía, mal pago y seguramente con miles de problemas, no lo echó ni lo miró con desprecio, solo le preguntó que hacía allí. León le dijo que juntaba monedas para comprarse un bizcochuelo porque en dos días era su cumpleaños. Un bizcochuelo, fíjense ustedes, qué deseo tan pequeño y tan inmenso.

El policía lo llevó en patrullero hasta su humilde casa y le prometió una sorpresa. Y volvió. El día del cumple, apareció el patrullero con la sirena a todo trapo: traían una torta de Cars, regalos y el bizcochuelo con las ocho velitas. El tipo cumplió la palabra que le dio a un nene que nadie miraba.

Ese policía, cuyo nombre no importa porque es un ángel con uniforme, tuvo empatía. Se puso en los zapatos —o en los pies descalzos— de León.

Leo, Hugo y el policía platense. Tres locos que se salieron del guion. Tres tipos que podrían haber hecho lo mínimo pero decidieron ir un paso más allá.

Leo pudo haberse quedado esperando la limosna, pero prefirió que su hijo lo viera llegar sudado y con los brazos molidos de tanto rodar, para que el pibe entienda de qué se trata la vida. Hugo pudo haber guardado la guita en un plazo fijo, pero prefirió verle la cara de asombro a un albañil frente al Camino de Santiago. Y el policía… el policía pudo haber seguido de largo, pero prefirió que León, por una vez en su vida, sintiera que una promesa es algo que se cumple.

Son hombres que han decidido ser dueños de sus acciones. No se han dejado arrastrar por la queja ni por la avaricia. Nos enseñan que, sin importar cuán hostil sea el entorno o cuán difícil la tarea, siempre hay espacio para la virtud.

Debe haber miles de estas historias así, escondidas en los rincones, salvándole la tarde a alguien sin que nadie saque una foto. Dicen que las buenas noticia no venden, yo creo que es al revés. Necesitamos estas historias para no olvidarnos de que, de vez en cuando, el ser humano es una especie que vale la pena.

Leo, Hugo y el policía platense. Tres tipos que, si te los cruzás por la calle, no les llevarías el apunte.

Pero están ahí, dándonos lecciones de humanidad.

 

(*) Profesor de historia, vecino de Pilar y columnista de «El 1° de la mañana»

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