Columnistas

Último tango en Camboriú

Por Gastón Bivort (*)

Mi madre, a la que llamamos Coca con una mezcla de reverencia y resignación, tiene ochenta y siete años, un tratamiento oncológico que sobrelleva con una elegancia envidiable y una obsesión desmedida por Camboriú. No es una fascinación intelectual, no. Es algo físico, carnal, casi como la urgencia de Marlon Brando por aquella muchacha en la película de Bertolucci.

Coca no quería ir a Punta del Este ni al Caribe; ella quería volver a esa playa del sur brasileño para constatar que sus recuerdos -esos retazos de felicidad que vivió con mi padre y más tarde con mi tía Luisa- seguían allí, intactos, esperándola.

Y hasta allá fuimos, a transformar su deseo en realidad. Salimos de aeroparque con mamá y con la turca, quién aceptó acompañar a su suegra luego de predecir el éxito de la aventura brasileña. Apenas pisamos el aeropuerto, Coca activó lo que yo llamo el “modo avión”. Es un fenómeno fascinante: no es que desconecte el celular, es que se le desconectan las piernas. Se vuelve incapaz de dar un solo paso y se entrega con una pasividad casi mística a la silla de ruedas, ese trono portátil que la deposita en el avión mientras ella mira el horizonte con aire de reina en el exilio.

Justo en el momento exacto en el que el vuelo estaba por despegar, se levantó una tremenda tormenta que no hizo mella en el ánimo de Coca. Las ganas de ver los morros brasileños pudieron más que su viejo temor a los rayos y centellas.

Llegamos a Florianópolis y de ahí nos subimos a un auto para hacer los cien kilómetros que nos separaban de su Meca. El viaje duró tres horas porque la ruta estaba detonada de camiones, pero Coca ya jugaba de local. Empezó a tirarle al chofer un portuñol bilingüe, una ensalada de conceptos donde metía «mais», «rua» y «carro» con una impunidad gramatical que, más que aclarar, confundía hasta a los GPS.

A diferencia de los musulmanes, que solo van una vez en la vida a la Meca, Coca fue a Camboriú como treinta veces. Muchos de esos viajes los hizo con mi padre y tantos otros con mi tía Luisa, quién se convirtió en su compañera de aventuras tras la partida de mi viejo. La mayoría se los mandaron en auto: mil ochocientos kilómetros de asfalto para llegar al sur de Brasil. Por eso, cuando entramos al hotel, pasó lo que pasa siempre con los próceres: la reconocieron. -Usted ya estuvo por aquí- le dijo el del check-in. Y en el comedor, la recepcionista resultó ser la misma que la atendió en otro hotel hace diez años. Mi vieja se envalentonó. “Y ya lo ve, y ya lo ve, somos locales otra vez”, faltó que cantara mientras revoleaba el bastón.

La Camboriú moderna se ha convertido en una suerte de Dubái sudamericana, llena de torres pretenciosas y lujos innecesarios. Pero a mi madre no le importaba demasiado: ella buscaba la vieja Camboriú, la que no se sabía opulenta. Nos pedía fotos y videos constantemente. ¿Para qué? Para enviárselos compulsivamente a sus contactos y mostrarles que estaba en su lugar en el mundo. Ahí descubrimos, con no poca sorpresa, que Coca tiene un pretendiente virtual: un galán maduro que le envía stickers de ositos cariñosos y música de Vivaldi. Mi vieja, en pleno tratamiento, se daba el lujo de bailar su último tango bajo una lluvia de corazones digitales.

No se conformó solo con volver a Camboriú: quiso recorrer también los poblados y playas aledañas. Debido a sus dificultades para caminar contratamos un taxista, Seu Polenta, quién se esmeró en complacerla intentando aclarar sus recuerdos más borrosos. Sin embargo, con una memoria prodigiosa, mi madre disfrutó acertando con lo que venía después de cada curva. Me rindo -dijo el tipo asombrado- Usted conoce esto más que yo.

Hubo también un despliegue de consumismo milagroso. En los negocios de ropa, Coca abandonaba el “modo avión” y, como Lázaro, se levantaba y andaba. El bastón no lo usaba para apoyarse; lo llevaba al revés, como si fuera un garrote para darle un correctivo a cualquiera que intentara arrebatarle las bolsas.

No entraba a los locales modernos de la avenida. No. Ella buscaba las cuevas que conocía de la década del noventa. En un local que era el más feo de la cuadra, pidió unas medias que venían en un tubo de plástico. El vendedor, con cara de haber visto un fantasma, le dijo que era el último tubo que le quedaba y que no pensaba reponerlos porque nadie los compraba desde hacía años. ¿A que no saben quién había comprado el penúltimo? Ella, por supuesto.

A la playa solo fue una vez, para comprar baratijas a los vendedores ambulantes: collares de caracoles, pañuelos y repasadores eran sus preferidos. Disfrutaba de comprar, pero sobre todo de regatear el precio: festejaba apasionadamente cada real que obtenía de descuento. Eso sí, se puso la diez para los dos grandes eventos que la esperan este año: el nacimiento de su primera bisnieta y el casamiento de uno de sus nietos.

Para este último evento se compró un vestido de fiesta en un negocio que obviamente ya conocía. La dueña la recibió con honores y le probó sus mejores vestidos, como si se tratara de Mirta Legrand. Finalmente, se decidió por un vestido azul francia con el que no va a pasar desapercibida en el casorio.

La comida, otra de las pasiones de Coca, también era parte de ese amor incondicional por Camboriú. Comió bien, sin caer en excesos, solo con algunas licencias que supo tomarse. Una taza de chocolate espeso como brea y los dos huevos fritos de cada día fueron sus jugadas más arriesgadas. Para regocijo de su hígado, pudimos esquivar el “café colonial” que reclamaba con insistencia.

Como en todo viaje, tuvimos también algún susto que afortunadamente, no pasó a mayores. En uno de los desayunos un nene la empujó sin querer y Coca, que se empecina en utilizar calzados que parecen patines, cayó al piso. Fueron segundos de tensión, pero se levantó como un resorte, atribuyendo su fortaleza a los huesos vascos que heredó. No me pregunten que fue de la vida del nene que la chocó.

Al final, después de una semana intensa y ya de regreso en el aeropuerto, la energía se le agotó. Para que entrara en calor, la envolvimos con tres mantas, como si fuera un canelón humano, y se durmió en su silla como un bebé. Se despertó solo al aterrizar para decirnos que el vuelo había sido estupendo. Si el avión hubiera caído en picada nunca lo habría notado.

Disfruté mucho con su disfrute. Fui un testigo privilegiado de su reencuentro con los fragmentos de ese pasado feliz que vino a rescatar y llevarse para siempre. Ella se debía este viaje, y yo se lo debía a ella.

Porque, al final del día, cuando la vida empieza a pedir que rindamos cuentas, lo único que nos queda es cuanto bailamos, y ella eligió bailar su último tango en Camboriú. A Coca, se los aseguro, nadie le quita lo bailado.

 

(*) Profesor de historia, vecino de Pilar y columnista de «El 1° de la mañana»

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

78 − = 75

Noticias relacionadas

Follow by Email
Twitter
YouTube
Instagram
WhatsApp