Columnistas

Un asesinato sin culpables

Por Ricardo Ragendorfer (*)

Como en el crimen de María Soledad Morales, la mano del poder también se metió en el de la nena de 11 años, secuestrada y asesinada en 2011. Detenciones, procesamientos e imputaciones a granel, piratas del asfalto, narcos y soplones que hacen tratos con uniformados. Todo para el gran público, gentileza de la Bonaerense.

Aquella zona del barrio de Villa Tesei, en el partido de Hurlingham, es de casas bajas y calles silenciosas; especialmente durante las tardes, a la hora de la siesta, como la del 22 de agosto de 2011.

Fue entonces cuando Candela Sol Rodríguez, de 11 años, se despidió de su madre, Carola Labrador, antes de emerger por la puerta de su vivienda, casi en la esquina de Coraceros y Bustamante, para esperar a dos amigas.

Pero cuando ellas llegaron, Candela ya no estaba allí.

Nadie la había visto en los alrededores. Parecía tragada por la tierra.

En la comisaría 2a de Hurlingham, a Carola le tomaron la denuncia no sin un dejo de desgano.

La noticia de, diríase, su ausencia llegó a la prensa 48 horas después. Eso hizo que el ministro de Seguridad provincial, Ricardo Casal, tomara cartas en el asunto. Su primera apreciación al respecto fue desconcertante: “Tenemos mil hipótesis; algunas ya han sido desechadas”.

La segunda, ofrecer por televisión una recompensa de 100 mil pesos a quien aportara datos del hecho. Y la tercera, revelar que el padre de la víctima, Alfredo Rodríguez, era un pirata del asfalto alojado, desde junio del año anterior, en la cárcel de Olmos.

En paralelo, Carola encabezaba una marcha para reclamar la aparición de su hija. Y ante los micrófonos de los movileros, proclamó:

–Estoy segura de que me está mirando y que las personas que la tienen también me están mirando. Saben quién soy yo y que la voy a encontrar.

Ellos aún no se habían comunicado para expresar sus exigencias. Hasta el 28 de agosto.

Ese domingo, Betina, la tía de Candela, atendió una llamada en su celular.

–Escuchá bien –dijo una voz desde el otro lado de la línea–, ahora sí que no van a encontrar a tu sobrina. Te lo aseguro. Hasta que esa conchuda (Carola) no devuelva la guita, no la van a ver. Pregunten al marido dónde dejó la guita…

Luego se oyó el “click” que dio por concluida la llamada.

Los medios no hablaban de otra cosa.

En ese mismo momento participaban en la búsqueda unos 1.500 policías, 140 patrulleros, cuatro helicópteros y 16 perros rastreadores.

No obstante, fue un cartonero quien la encontró, ya sin vida, en una bolsa de basura junto a la colectora de la Autopista del Oeste. Eso ocurrió durante el atardecer del 31 de agosto.

Candela exhibía signos de violación y había sido asfixiada.

El esclarecimiento express

Los primeros minutos de septiembre sorprendieron a Casal en su despacho, con el celular pega do a una oreja. Y dijo por tercera vez:

–Sí, señor. Delo por hecho.

Hablaba con el gobernador, Daniel Scioli.

Arrellanado en un sillón, el jefe de la Bonaerense, comisario Juan Carlos Paggi, lo observaba en silencio.

Y tras cortar la comunicación, Casal le soltó:

–Daniel quiere que solucionemos esto ya mismo.

Paggi lo seguía observando en silencio.

Recién a la mañana siguiente comenzó su cacería. Sí, cacería. Porque el tipo sabía dónde encontrar a sus presas, aunque no tuvieran que ver con el caso. Pero lo importante era que lo pareciera. Era un “tiempista” nato y, además, muy diestro en el arte de la dramaturgia.

Pues bien, entre ese jueves y el 25 de septiembre, su cosecha colmó con creces las expectativas del gobernador. El trabajo de Paggi fue impecable.

En primer lugar, sus sabuesos allanaron una vivienda en la calle Kiernan 992, donde –según él– había estado cautiva la víctima. Allí fue detenida la depiladora Gladys Cabrera y su marido, el carpintero Néstor Altamirano, sospechados de ser los carceleros de Candela. Después cayó Hugo Bermúdez, un narco de poca monta, apuntado por un “buche”. El siguiente fue el albañil Alberto Espíndola, quien fue apresado al solo efecto de que marcara a otros “partícipes necesarios”. El 15 de septiembre resultó ser una gran jornada para la pesquisa, ya que fue el turno de caer tras las rejas del fletero Guillermo López y del verdulero Fabián Gómez, sindicados como los autores del secuestro, además de Leonardo Jara, señalado como el autor material del crimen. También terminó preso Héctor Moreira (a) “El Topo”, un soplón de la Bonaerense con fecha de vencimiento. Se le atribuía el papel de “autor intelectual” del asesinato por cuenta del ya entonces célebre Ángel “Mameluco” Villalba, un jefe narco que estaba preso a raíz de otros delitos.

Semejante cosecha causó el beneplácito de Scioli, quien no dudó en posar para las cámaras con Casal. Ambos sonreían de oreja a oreja.

Junto a ellos estaba Paggi, quien lucía una expresión más circunspecta.

No eran los únicos héroes del día. También con sumo orgullo se prestó a la requisitoria fotográfica el juez de la causa, Alberto Meade, estrechándole la mano al fiscal Marcelo Tavolaro, ante la mirada embelesada del fiscal general de Morón, Federico Nieva Woodgate.

Lástima que la felicidad de ambos tríos por esta victoria no sería eterna.

Nada es lo que parece 

En el aspecto estrictamente procesal, el primer cimbronazo los sacudió el 15 de abril del año siguiente, cuando la Sala III de la Cámara de Apelaciones decretó la nulidad parcial del caso, ordenando la liberación de los detenidos. A su vez, Meade y Tavolaro fueron apartados de la pesquisa.

Desde entonces hasta mayo del año pasado (casi tres lustros después de cometerse el crimen) hubo múltiples idas y venidas en esta historia, salpicadas por nuevos procesamientos a esos mismos acusados con, incluso, dos condenas a perpetuidad (para Bermúdez y Jara), pero seguidas por apelaciones admitidas por un sinfín de jueces y camaristas.

En tal derrotero se deslizaba la misteriosa mano de un poder oculto que enlazó este ¿infanticidio o femicidio? con otros asesinatos análogos, como –por ejemplo– el de María Soledad Morales en Catamarca.

¿Pero, quién sería el Ramón Saadi de esta historia?

En este punto es necesario ir por partes.

Dado que la pesquisa no fue más que una impostura jurídico-policial, no se sabe a ciencia cierta por qué Candela fue asesinada. En cambio, ya no es un misterio que eso ocurrió en el marco de una deuda que la madre habría contraído en algunos negocios ilícitos que efectuaba para mantener el hogar mientras su esposo estaba preso. ¿Acaso la muerte de su hija está relacionada con eso?

De ser así, ¿por qué diablos la Bonaerense tenía tanto interés en encubrir el crimen cuando, en realidad, nada tuvo que ver con la muerte de Candela?

La respuesta es un secreto a voces.

Es que su desaparición sucedió en un escenario atravesado por piratas del asfalto, narcos y soplones.

Tipos que hacen tratos con los uniformados. Por lo tanto, esclarecer el caso hubiera significado dejar al descubierto el vínculo de la Bonaerense con ellos. Esa sería la hipótesis más firme de lo sucedido.

En mayo de 2024, el Tribunal Oral 6 de Morón absolvió a Villalba en la causa por la muerte de Candela (pese a que seguirá preso por otros hechos), dejando además sin efecto las penalidades impuestas al resto de los imputados.

Al concluir el debate, Carola Labrador saludó a Mameluco de un modo no exento de afecto, lo cual asombró a los presentes. Luego se retiró de la sala.

El asesinato de Candela había quedado definitivamente sin culpables.

 

(*) Periodista de investigación y escritor, especializado en temas policiales

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