
Desde que el mundo es mundo hubo gente con el don de ver lo que todavía no pasó, de arruinarte la sorpresa, de spoilearte el futuro
En la Antigua Grecia, las famosas pitonisas entraban en trance para adivinar lo que iba a pasar. En la antigua Roma, unos sacerdotes llamados augures, te “auguraban” el futuro observando el vuelo de las aves. Era el agüero (de ahí viene “pájaro de mal agüero”).
Las videntes practican la cristalomancia utilizando la bola de cristal para visualizar imágenes del futuro. La lectura de la borra del café o cafeomancia, un arte milenario de medio oriente, lo hace interpretando formas que dejan los restos del café en una taza. La quiromancia o lectura de las líneas de las manos, practicada generalmente por mujeres gitanas, es otra de las variantes para predecir el futuro. Igual que la astrología, que en base al movimiento de los astros, prepara las cartas natales y horóscopos.
Pero yo vivo con una versión superadora del oráculo de Delfos: mi mujer Fabiana, alias “la Turca”. Ella no necesita entrar en trance, ni mirar el vuelo de las aves. No tiene la bola de cristal. No lee las líneas de las manos ni interpreta la borra del café. Mucho menos se interesa por los astros. Sin embargo, no conozco otra persona que con una precisión casi quirúrgica, te cante lo que va a ocurrir.
A veces predice cosas oscuras, casi truculentas: la muerte de algún personaje público y no tan público que ella detesta. Y no falla, los fulmina con el pensamiento. La turca ya se cargó unos cuantos.
También te puede predecir cosas que para ella pueden ser una banalidad pero que para mí son de vida o muerte, como el resultado de un partido de San Lorenzo. Muchas veces, cuando estoy sentado cómodamente en el sofá disfrutando de un triunfo del ciclón (cosa que no ocurre muy a menudo) suele pasar, mirarme de reojo con risita de superioridad y soltar: “Les van a empatar”. Y nos empatan, siempre.
Las pitonisas, las clarividentes y las astrólogas te tiran el futuro con cara de póquer, con la asepsia propia de un profesional: no emiten palabra alguna cuando sus predicciones se cumplen. La turca no, ella disfruta y celebra con cada acierto.No importa si la predicción es una tragedia o un gol en contra: lo que importa es que ella tuvo razón. Su grito de guerra es “¡Yo te lo dije!”, y lo tira con la misma saña con la que el Zorro marcaba su zeta en la panza del sargento García.
Todo esto viene a cuento de una mañana de verano en la que decidí cometer el error de mi vida: hacerme el ciclista. La turca había comprado unas bicicletas y yo, que soy un tipo más del running, decidí que era una idea brillante salir a pedalear por la colectora de la Panamericana. Siete de la mañana, un sol espléndido, y yo ahí, sintiendo que estaba corriendo el Tour de France.
A los cinco kilómetros, mi trasero -que no está diseñado para la dureza de un asiento de bicicleta- empezó a pedir clemencia. Entonces pegué la vuelta, pero tomé la decisión más estúpida: regresar por la colectora oeste sin percatarme que podía ser peligroso.
Apenas crucé la barrera del tren Belgrano, los vi. Eran el casting perfecto para una película de chorros: dos muchachos con capucha y gorrita en pleno enero. No había que ser un genio para darse cuenta, pero en ese segundo exacto, lo que me taladró la nuca no fue el miedo al robo, sino la voz de mi mujer resonando en la cocina de casa: “No salgas con la bici, Gasti, que te van a afanar”.
Aceleré como un desquiciado, rezando para que fuera solo un prejuicio mío, pero más que nada rogando que la turca se hubiera equivocado por primera vez en la vida. No hubo caso. Me esperaron tranquilos, me tiraron de la bici y terminé en el piso, mirando desde abajo el caño de un revólver y un palo. No daba para jugar al héroe.
Se llevaron la bici y el reloj. Me dejaron la alianza de oro, supongo que porque la turca, además de predecir el futuro, tiene el poder de meter mano en el guión. O porque los ladrones temieron la predicción de sus muertes a corto plazo.
Me levanté con las rodillas hechas bolsa y los codos sangrando. Tuve que caminar tres kilómetros de regreso, masticando esa bronca amarga de los que saben que les avisaron y no quisieron escuchar. No me dolían los raspones; me dolía el ego. Me dolía saber lo que me esperaba al abrir la puerta de casa.
Entré vencido, con la cabeza gacha como perro que rompió una maceta. Fabiana me miró, hizo un escaneo rápido para ver si estaba vivo y, cuando confirmó que no me estaba desangrando, subió las escaleras corriendo.
Empezó a gritarle a los chicos con una euforia de Navidad: “¡A papá le robaron! ¡A papá le robaron!”. Estaba chocha. Le habían afanado una bici que ella misma había pagado, pero nada de eso importaba frente al triunfo de su videncia doméstica.
Se puso los brazos en jarra, me miró desde arriba y me lanzó la granada final:
-Yo te lo dije.
Ese día entendí todo. Si la turca te dice que aprietes el pomo, no lo dudes: es carnaval.
(*) Profesor de historia, vecino de Pilar y columnista de «El 1° de la mañana»



