Columnistas

Un poeta suelto en tercer grado

Por Gastón Bivort (*)

Mi vínculo con el mundo escolar fue extenso e intenso. De mis 61 años de vida, unos 50 transcurrieron en el aula, primero como un pibe que no hablaba (alumno) y después como un tipo que te hablaba para explicarte cosas del pasado (profe de historia). Y aunque hace ya dos años que me jubilé, cuando arranca marzo siento algo de nostalgia por el ¿paraíso? perdido. Se me pasa rápido, alcanza con contar alguna de las tantas historias escolares que cargo conmigo.

De mi paso por la escuela primaria, tengo algunos recuerdos fragmentados, algunos viejos recortes que guardo en mi memoria. Pero hay un flashback que retorna una y otra vez a mí, haciéndose más intenso cada vez que meto la pata o estoy a punto del papelón.

Vengo de la Escuela Número 1 de Pilar, la » Domingo Faustino Sarmiento». Un edificio viejo, centenario, de esos que te miran con autoridad desde la esquina de Rivadavia e Yrigoyen como testigo de un pasado que ya no existe. Mi viejo, un socialista de esos de Alfredo Palacios que creían que si la escuela no era pública y laica, no era escuela, insistió en mandarnos allí. Creo que hoy no le quedaría más alternativa que traicionar sus convicciones.

Además del riguroso guardapolvo blanco que distinguía al alumno estatal, había otras dos cosas que le importaban, y mucho, a papá: el pelo corto y la asistencia perfecta a clase.
Cuando con mi hermano íbamos a la peluquería, la orden para el peluquero era “Hágale un corte medio americana”. El peluquero, luego de reírse de la ocurrencia de papá de querer cortarnos el pelo como los soldados americanos de los años 40, se compadecía de nosotros y hacía alguna concesión.

Faltar era una misión imposible. Ahí no existía nadie que se pudiera compadecer. No había dolencia física o fenómeno meteorológico que ameritara quedarse en casa. Si te dolía la panza o caían piedras del tamaño de un pomelo, a mi viejo le daba igual. Vos ibas al colegio y punto.
De todos modos, no me desagradaba ir a la escuela, sobre todo en los primeros grados donde aprendí dos de las cosas que hasta hoy me apasionan: leer y escribir.

Recuerdo a mi yo de 8 años como alguien muy tímido, vergonzoso, callado. Era un mueble, un pibe mudo, alérgico al contacto visual, pero con una rica vida interior. Me encantaba escribir. En el papel yo era Messi, pero en el recreo me costaba hasta pedir la hora.

Me encantaba redactar composiciones, muchas de ellas bastante extensas y creativas para mi edad, que la maestra -la señorita Gloria en tercer grado- sabía valorar e incluso leer en voz alta para el resto de mis compañeros.

Esa timidez extrema que profesaba se extendía también a mi relación con mis compañeritas. Era muy enamoradizo y siempre había alguna que llamaba especialmente mi atención. De todos modos, era un secreto guardado bajo cuatro llaves que jamás sería expresado: mi vergüenza era una valla infranqueable

Sin embargo, hubo un día en el que evidentemente algo me pasó. Ese día decidí dar un golpe. Decidí vencer mi timidez, superar mi vergüenza y levantar mi perfil. Definitivamente quería ser visto, convertirme en un niño diferente.

Ese día, cerca del 25 de mayo, me agarró un ataque de locura. Quise ser el alma de la fiesta. La señorita Gloria —pobre mujer, no sabía lo que se le venía— nos pidió un texto sobre la fecha patria. Y yo, que quería que la chica que me gustaba me registrara, decidí que debía abandonar la solemnidad. Quería humor. Quería el aplauso. Pensé ingenuamente que una poesía divertida, con rima y todo, podía hacer la diferencia.

Un rato antes de sentarme a escribir tuve una especie de epifanía: escuché en el recreo una guarangada de un alumno más grande que podía servirme. “Acá está el éxito”, pensé. Le hice unos retoques para que los versos rimaran y mi obra quedó completa. Solo había que esperar hasta el día siguiente para recitarla y luego esperar las felicitaciones de mis compañeros, la sonrisa aprobatoria de la compañerita más linda de la clase y el diez que me pondría la maestra.

Cuando la señorita Gloria preguntó quien quería pasar a leer, levanté la mano enseguida. Mis compañeros me miraron con admiración, por lo que decidí subir la apuesta. Señorita -le pregunté- ¿Podría recitar la poesía sin leerla del cuaderno?. La maestra aceptó encantada; unos minutos después, ese encanto se rompió.

Hasta el día de hoy me sigo preguntando como se me ocurrió decir lo que dije, que pasó por mi cabeza ese día aciago. Me sigue dando vergüenza recordarlo.

Me paré decidido frente a la clase, cerca del escritorio de la maestra. Se hizo un silencio sepulcral. Entrecerré los ojos para que la memoria no me traicione, tosí un poco para aclarar la voz y espeté mi obra maestra:
“Un 25 de mayo de 1810 / una vieja montó a caballo / con los calzones al revés”.

No ocurrió lo que esperaba. Las felicitaciones de mis compañeros se transformaron en carcajadas burlonas. La cara de mi enamorada, roja de vergüenza, quedó tapada por sus manos, y la señorita Gloria, con los ojos desorbitados, no podía creer lo que había recitado ese alumno callado, tímido y que escribía tan bien.

Ese día, entre los calzones de la vieja y el silencio herido de la patria, aprendí la lección más importante de mi vida. Me sentí como el rey del cuento, ese que caminaba orgulloso con su traje invisible hasta que un nene gritó que estaba desnudo. Yo también estaba desnudo delante de mis compañeros, desprotegido, con el corazón en la mano y una rima espantosa en la boca.

Volví a mi banco caminando los kilómetros más largos del mundo. La señorita Gloria no me retó; me miró con una mezcla de lástima y desconcierto, como quien mira un jarrón que se acaba de hacer pedazos. Y ahí entendí que las palabras son peligrosas: te pueden salvar la vida o te pueden dejar solo en medio del patio.

Ese accidente me convirtió para siempre en un fundamentalista del bajo perfil. Pero, sobre todo, me enseñó el valor del silencio. Cada vez que en estos cincuenta años estuve a punto de hacer el ridículo, o cuando el ego me pedía pista para lucirme, volvían a mi cabeza las risas burlonas de mis compañeros, la cara de esa nena que me gustaba, escondida tras sus manos, y los ojos desorbitados de mi maestra.

Hoy, que ya no tengo que pasar al frente ni dar examen, entiendo que ese pibe de ocho años no quería ser grosero; solo quería que lo miraran un poquito. Y aunque el precio fue un papelón histórico que todavía me hace poner colorado, me queda el consuelo de la memoria.

A veces, cuando cierro los ojos, me veo ahí parado, solo contra el mundo, y me dan ganas de abrazar a ese nene de pelo corto. Me dan ganas de decirle que no pasa nada, que al final del día, la literatura no es otra cosa que eso: animarse a decir una burrada frente a todos y, años después, tener la suerte de poder contarlo.

 

(*) Profesor de historia, vecino de Pilar y columnista de «El 1° de la mañana»

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