
Los apasionados del fútbol sabemos que una vez que se cumplen los noventa minutos reglamentarios, el partido no se termina. Se juega un tiempo extra llamado tiempo de descuento. Es ese espacio de tiempo, donde se recuperan los minutos que se perdieron por lesiones, cambios, o alguna otra contingencia del juego. Es también, aquel instante, que guarda una simetría notable con una etapa de la vida.
Es ese rincón donde tratamos de recuperar lo que se escurrió entre los dedos casi sin darnos cuenta. Es es ese territorio frágil y desconocido, en el cual intentamos reparar aquello que se perdió en el fragor del juego reglamentario. Para algunos, es un suspiro fugaz, pasa volando. Para otros, es una eternidad angustiante.
Sin embargo, la verdadera sabiduría no reside en la duración de ese tiempo -que siempre queda librado a la subjetividad de un árbitro invisible-, sino en la paz de haber intentado hacer bien las cosas durante los noventa minutos. Lo peor que te puede pasar es jugarlo con la desesperación de un arquero al que mandan a cabecear al área contraria para intentar la heroica.
Como me encantan las analogías futboleras para hablar de la vida, no encontré otro título más adecuado que “Tiempo de descuento” para llamar a este presente y, como consecuencia, al espacio (diario, radio, blog, pódcast) donde publico mis crónicas e historias.
Durante más de treinta y cinco años yo no era yo. Mi identidad estuvo encadenada a un rol. Llevaba una máscara que, con las décadas, se fundió con mi propia piel. Esa máscara, ese rol social que el mundo nos impone y que nosotros aceptamos para sentirnos parte, terminó por hacerse carne.
El problema de las máscaras es que, cuando te las sacás, el espejo te devuelve una pregunta que angustia: “¿Y ahora quién sos?”. La sociedad, siempre tan preocupada por el hacer y la productividad, te acorrala con un interrogante: “¿Y ahora a que te vas a dedicar?”. Es curioso cómo se rinde culto al hacer y se descuida profundamente el ser.
Y fue ahí, entre crisis personales y el refugio en la filosofía estoica, donde entendí que la jubilación no era un duelo, sino una oportunidad de oro para recuperar los minutos perdidos. Me di cuenta -y aquí vuelvo a la analogía futbolera- que este tiempo extra que la vida me regalaba era mi propio tiempo de descuento.
En este «tiempo extra» he procurado reinventarme, he iniciado mi propia revolución silenciosa.
Me despojé de lo innecesario: los sacos, los zapatos y las corbatas ya no habitan mi vestidor. No fue solo un cambio de vestuario, sino un acto simbólico de libertad. También, aligeré mi biblioteca, para que solo queden aquellos libros que me ayudan a pensar la vida con serenidad.
Decidí entrenar y correr como nunca lo había hecho, no para huir sino para encontrarme. Lo hago metódicamente como una rutina diaria, como un ritual del bienestar. Ese ritual del bienestar me permitió conocer personas extraordinarias: mi tiempo de descuento me trajo también nuevos amigos con los que comparto mates, charlas y la pasión por correr.
Me reencontré con mi propia voz, con la palabra como refugio. Rescaté mi viejo amor por la escritura. Cada semana tejo historias que dedico a mi familia, a mis amigos y a mí mismo. Incluso, me animé a ponerle voz a esas crónicas en un flamante pódcast, ganándole una pequeña batalla a mi enemistad con la tecnología. Veremos qué sale.
Hoy mi vida se nutre de lo esencial, se ordena alrededor de los afectos verdaderos. Comparto con mi esposa el sentimiento ambiguo del “nido vacío”, mientras celebramos con orgullo cómo nuestros hijos escriben sus propios destinos. Acompaño a mi madre en el atardecer de su vida y, por supuesto, sigo fiel a mi viejo y querido Ciclón.
Ya no busco el éxito en las miradas ajenas ni en los premios y reconocimientos. Como bien apuntaba el genial Bob Dylan, el éxito es algo mucho más simple y profundo. Es levantarse por la mañana, acostarse por la noche y, en el medio, haber tenido la valentía de hacer lo que uno realmente quiere.
Me niego a cometer el pecado borgeano de no haber sido feliz. Por eso, transito cada minuto de este descuento con la intensidad de quien sabe que, aunque el silbato final es inevitable, lo que importa es la pasión con la que jugamos el presente. La pasión, con la que jugamos, nuestro tiempo de descuento.
(*) Profesor de historia, vecino de Pilar y columnista de «El 1° de la mañana»



