Columnistas

La insoportable levedad ignorante de algunos “comunicadores”

Por Carlos Mira (*)

El gobierno vuelve a tropezar con sus propios errores tácticos. Y cada tropiezo no solo genera hechos políticos extraordinarios, sino que además deja al descubierto algo todavía más preocupante: la hipocresía, la ignorancia y el oportunismo de buena parte del ecosistema mediático argentino.

Esta vez, el detonante fue el exabrupto del Presidente, que calificó de “asesinos” a un grupo de diputados de izquierda encabezados por Myriam Bregman. Un exceso innecesario, sí. Un error político claro, también. Pero lo verdaderamente alarmante no es el exabrupto en sí, sino lo que vino después.

Porque a partir de esa escena, varios comunicadores salieron —sin sonrojarse— a defender a Bregman con un argumento que roza lo grotesco: que es “la política con mejor imagen de la Argentina”. Y ahí es donde surge una pregunta inevitable: ¿hasta dónde llega la ignorancia de quienes, gracias a un micrófono, tienen la capacidad de influir sobre millones de personas?

La inquietud no es retórica. Es profundamente real. Porque cabe preguntarse si estos comunicadores —que ocupan espacios centrales en medios masivos— desconocen deliberadamente o simplemente ignoran que el comunismo, como experiencia histórica concreta, ha sido, EFECTIVAMENTE, responsable de la muerte de más de 150 millones de personas en el mundo. No por accidente, sino por violencia política, persecución ideológica, hambre producto de la incompetencia económica y, en muchos casos, por una mezcla letal de fanatismo y poder armado. Quien dude de esta verdad histórica no tiene más que recordar la historia de Stalin , Mao o Pol Pot o ganar un fin de semana viendo la pelicula «The Killing Fields» a ver si eso los ayuda a salir de su triste ignorancia.

Resulta particularmente repugnante -y profundamente inquietante- que personas supuestamente formadas se presten a actuar como poleas de transmisión de una concepción del mundo basada en el odio de clases. Una idea que reemplazó la cooperación social por el conflicto permanente como eje organizador de la vida en comunidad. No es una discusión teórica: es una doctrina que, allí donde se aplicó, dejó sociedades devastadas, economías destruidas y generaciones enteras atrapadas en la miseria.

El comunismo no solo empobreció países; inoculó en la mente humana un mensaje de resentimiento, envidia y rencor que, como era previsible, derivó en episodios de violencia extrema. Esos mismos episodios que hoy, paradójicamente, son relativizados o directamente ignorados por quienes buscan capitalizar un error presidencial para hacer demagogia.

Y ahí aparece otro nivel de degradación: el oportunismo. Porque en el clima actual, donde “pegarle al gobierno” parece garantizar rating, algunos comunicadores no dudan en subirse a cualquier ola, incluso si eso implica reivindicar -explícita o implícitamente- ideas que han demostrado ser profundamente destructivas.

Más grave aún: se intenta blanquear a figuras como Bregman (defensora abierta de Irán -que asesinó en la Argentina a más de 120 argentinos-, Hezbollah y Hamas), bajo el argumento de que el comunismo “ya no existe” o que sus versiones actuales son inofensivas. Una falacia peligrosa. La historia demuestra que pocas cosas son más eficaces que convencer a una sociedad de que una amenaza dejó de existir para que deje de defenderse de ella. Dicen que esa es la primera astucia del diablo: convencer a la humanidad de que no existe. Nadie se defiende de lo que cree que no existe.

El comunismo existe. Y sus representantes siguen activos, adaptando su discurso, suavizando sus formas, pero manteniendo intacto el núcleo ideológico: la legitimación del conflicto, la justificación de la violencia como herramienta política y la idea de que la propiedad ajena es, en última instancia, negociable. El comunismo esta agazapado. Miriam Bregman está agazapada. Y lo están para venir a robarle el fruto de su trabajo a aquellos que consiguieron tener algo en la vida, bajo la táctica de insuflar envidia en la mente de quienes no lo consiguieron en lugar de preocuparse por instalar la idea de la armonía y la cooperación social como motores del progreso -desparejo, sí- pero progreso para todos.

Nada de esto exonera al Presidente de sus errores. Al contrario: los agrava. Porque cada exceso verbal, cada reacción desmedida, no hace más que facilitarle el trabajo a quienes buscan reinstalar estas ideas bajo una pátina de respetabilidad mediática.

Pero hay algo que no debería perderse en medio del ruido: ningún mal modo, ningún error táctico, ningún exabrupto puede tapar una verdad histórica incómoda pero contundente: El comunismo ha sido —y sigue siendo— una tragedia para las sociedades que lo adoptaron y es, efectivamente, un asesino y un fabricante de asesinos.

Y quienes hoy, desde un micrófono, relativizan ese hecho o lo maquillan en nombre de la coyuntura política, no son simplemente críticos del gobierno. Son parte de un problema mayor: el de una dirigencia mediática que ha decidido reemplazar la honestidad intelectual por el oportunismo.

Los dueños de esos medios también deberían tomar nota. Porque no son espectadores neutrales. Son responsables. Y lo que hoy se dice al aire no queda en el aire: termina moldeando la cabeza de millones de argentinos.

 

(*) Periodista de actualidad, economía y política. Editorialista. Abogado, profesor de Derecho Constitucional. Escritor

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