Columnistas

Desventuras de un colimba y su fusil

Por Gastón Bivort (*)

Yo no quería hacer la colimba. Era un castigo injusto, una maldición absurda del destino que te caía al terminar el secundario. Dos razones biológicas inapelables te condenaban: ser varón y tener 18 años. Contra los cromosomas y el almanaque, nada se podía hacer, por lo menos en aquellos tiempos. Así que a los pibes de mi generación solo nos quedaban dos opciones para zafar de esa desgracia: o tenías una suerte descomunal en el sorteo, o rezabas para que el médico te descubriera pie plano, una miopía galopante o una pierna más corta. Cualquier desgracia física era bienvenida si te salvaba de la catástrofe.

No hubo caso. Mientras algunos compañeros de secundaria festejaban como un campeonato el número bajo que les había tocado, yo constaté una vez más que la suerte me había gambeteado. Para colmo, el examen médico fue un éxito rotundo: yo era un monumento a la salud. Volví a casa derrotado, con el pelo rapado por un peluquero sádico, y con el trauma psicológico de haber tenido que «abrir el libro» —perdón, pero así se decía en aquella época— ante un supuesto médico.

Aquel verano de 1983 fue un intento desesperado por tragar bocanadas de aire fresco antes de que me hundieran la cabeza bajo el agua. El contexto era rarísimo: la dictadura se batía en retirada, el uniforme militar tenía mala prensa y el país entero transpiraba una primavera democrática que prometía curar, educar y comer. Una paradoja perfecta y tragicómica: mientras la sociedad civil se preparaba para meter un sobre en la urna, a mí me vestían de verde para encerrarme en un cuartel.

Mis viejos, que se apiadaron de mi desgracia, decidieron activar el protocolo de la viveza criolla. Movieron influencias, desempolvaron contactos y lograron que me destinaran a la vieja fábrica militar, a unos pocos kilómetros de casa. Sin embargo, los milicos nos recibieron con el repertorio clásico del maltrato ilustrado: nos llamaron reclutas, tagarnas, maricas y colimbas. El día en que un superior usó mi apellido y me gritó «¡soldado Bivort!», juro que sentí una caricia en el alma.

El período de instrucción militar, en tiempo récord, no convertía a un pibe de 18 años en soldado. De esa época solo me quedan flashes de tortura absurda: saltos de rana que te comían las rodillas, cuerpo a tierra sobre superficies impiadosas y una tarde surrealista en la que nos llevaron al medio del campo, nos ordenaron orinar el piso para fabricar barro y nos obligaron a pintarnos la cara con nuestro propio pis para camuflarnos como Rambo.

Cuando terminó la tortura inicial, llegó el censo de habilidades. El ejército quería saber para qué servíamos. ¿Cocina? No. ¿Mecánica? No. ¿Saber andar a caballo? Tampoco. Había egresado del secundario con notas excelentes, pero la verdad incómoda revelaba que yo era un perfecto inútil para la vida real. Cuando ya me veía con una guadaña cortando yuyos bajo el sol, el teléfono de mis viejos hizo el milagro: me asignaron el mantenimiento de la cancha de tenis del barrio de oficiales. El deporte, una vez más, me salvaba la vida. La cancha de polvo de ladrillo era mi trinchera perfecta para blindarme del desequilibrio emocional de mis superiores.

Pero de la guardia no se salvaba nadie, ni el hijo del general. Para portar un arma y cuidar un perímetro, primero tenías que demostrar que podías disparar sin matarte a vos mismo. Ahí nomas se me vino a la cabeza aquel axioma inquietante: a las armas las carga el diablo y las descarga un pelotudo.

Así que la cosa se puso fiera porque las armas y yo nunca tuvimos química. Lo mío con el FAL fue un amor no correspondido: no hubo match entre nosotros. En el polígono de tiro descubrí dos cosas: que la bala iba para cualquier lado menos hacia el blanco, y que el culatazo de ese fusil del demonio pateaba como el gringo Scotta. Me rompió la ceja: en vez de perforar la silueta de cartón, me hice un agujero en la frente. Para colmo, días después, el sargento Verón —un morocho de bigote espeso que metía miedo de solo mirarlo— intentó enseñarme el procedimiento para armar y desarmar el fusil. Fue inútil. Desarmarlo fue un trámite, pero volver a armarlo fue un verdadero rompecabezas. Siempre, de manera sistemática, me terminaba sobrando una pieza. Imaginen la cara de ese sargento.

El colapso definitivo con el fusil ocurrió una mañana, al terminar una guardia. Con un compañero habíamos pasado parte de la noche apostados y nos habían relevado para dormir un rato en las cuchetas. Cuando llegó la hora de entregar el puesto, manoteamos los fusiles y nos fuimos para la sala de armas. Yo iba pensando en el franco, los ravioles, el partido… pero el diablo metió la cola. Cuando le doy el arma al sargento, el hombre mira el número de la culata, mira la planilla, me mira a mí, y se le transforma la cara. Me había confundido de fusil con mi compañero. ¡Para qué! Había cometido el pecado capital de la doctrina militar.

—¡Soldado! —me gritó el sargento, con una vena en el cuello que parecía a punto de explotar—. ¿Usted sabe que si pierde el arma en el frente de batalla es boleta? ¿Usted es pelotudo?
—Sí, mi sargento —atiné a balbucear con voz aflautada.
—¿Usted se va de franco este fin de semana, reclutón?
—Sí, mi sargento…
—Minga se va. Se me queda adentro el sábado y el domingo bien guardado, a ver si aprende. Al fusil se lo cuida más que a la propia mujer, carajo.

Al final, el sargento Verón tenía razón. La colimba, con toda su carga de absurdos, me terminó dando una lección de supervivencia doméstica que aplico hasta el día de hoy: cuido a la turca con el mismo esmero y con la misma distancia prudencial con la que me enseñaron a tratar el fusil.

Por las dudas, no sea cosa que algún día, se le escape un tiro.

 

(*) Profesor de historia, vecino de Pilar y columnista de «El 1° de la mañana»

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

61 − = 55

Noticias relacionadas

Follow by Email
Twitter
YouTube
Instagram
WhatsApp