
Si vos nacés en este rincón del mapa, el asunto es irremediable, querés ser jugador de fútbol. Yo era de esos que compensaban la falta de talento con sobredosis de garra y corazón. Un rústico total, un verdadero picapiedras con un amor propio conmovedor. De esos tipos que si no llegan con el pie, traban con la cabeza, porque perder la pelota es como perder el orgullo. El potrero de la calle Independencia a la vuelta de casa, la canchita del “Laucha”, y hasta el parque de casa, cuando el viejo no nos veía, eran los escenarios predilectos de ese anhelo ciego. Un sueño de pibe que a los quince años se te empieza a desteñir cuando mirás la realidad de frente.
Tuvimos una chance, es verdad. Mi primo Níbal, médico de Argentinos Juniors, un tipo gaucho como pocos, nos consiguió una prueba a mi hermano y a mí. El resultado fue un espanto. Ahí entendí que mi destino era la tribuna y no el césped. Después apareció el «Chasca», un abogado chanta conocido de mis viejos, que terminó siendo de esos que te venden espejitos de colores y te prometen una prueba en Boca que jamás llegó. Una verdadera estafa a la inocencia.
De a poco, uno se va haciendo grande y aprende a guardar los botines en el ropero de los asuntos pendientes, aceptando que los sueños a veces son solo eso, como escribía el viejo Calderón de la Barca.
El problema es que la frustración es tramposa y se muda de cuerpo. Sin darme cuenta, le encajé mi sueño inconcluso a Matu, mi hijo. Pero el pibe era distinto. Matu nació con el fútbol en la sangre. Verlo jugar a ese zurdito hábil, encarador, te hacía dudar de las leyes de la genética. Yo lo llevaba de escuelita en escuelita por todo Pilar, buscando en él mi propia revancha. Un error de esos que cometemos los padres cuando nos gana el egoísmo disfrazado de amor. La Turca, mi mujer, que odia el fútbol y el ambiente de la redonda con una militancia admirable, me lo cantaba siempre: «Lo estás presionando che». Pero igual me acompañaba a verlo, masticando bronca.
Una noche de viernes, el equipo de Matu jugaba a las ocho en el gimnasio del Club Atlético. Llegamos puntuales, pero antes, la dirigencia había armado un homenaje para Ricardo Bochini. El Bocha. Un Dios en Independiente. Una leyenda viviente, un tipo que jugaba con los ojos en la nuca y que fue campeón del mundo en el 86.
El problema es que se hicieron las nueve de la noche, las nueve y media, y el ídolo no aparecía. Del Bocha, ni noticias.
Los pibes estaban vestidos de cortos, con frío y con un hambre de leones. A la Turca la paciencia le dura tres minutos en un día bueno; imagínense esa noche. Yo intentaba calmarla, pero era como querer apagar un volcán con un vaso de agua mineral. A la Turca le tocás la puntualidad y es peor que mentirle a la madre.
A las diez de la noche apareció Bochini, con esa sonrisa de alguien que se sabe intocable. La gente se olvidó de la espera y lo empezó a ovacionar como si fuera el Mesías. A veces, el fútbol genera esa amnesia estúpida.
Pero la Turca no es futbolera, así que para ella, el tipo era simplemente un señor mayor que le estaba robando el tiempo de sueño a su hijo. La impuntualidad de Bochini la había sacado de quicio y decidió encararlo antes de que comience el agasajo. Ella quería homenajearlo a su manera.
Se mandó directo a la cola de los autógrafos para cobrarle la factura. Yo la escolté de cerca, por las dudas, temiendo una tragedia de proporciones bíblicas. El Bocha estaba ahí, con esa parsimonia del tipo acostumbrado a los mimos al ego y a las palmadas afectuosas en el lomo.
Pero la Turca lo cruzó con un planchazo arriba. Lo retó como si fuera un alumno de primaria que acababa de copiarse en el examen.
“Usted es un irresponsable” -le largó, sin anestesia-. “¿A usted le parece hacer esperar a estas criaturas hasta esta hora? Es una vergüenza …”
El Bocha, que se cansó de esquivar guadañazos de los zagueros más temibles, atinó a esbozar un amague de defensa, un tímido balbuceo. Pero la Turca no se lo permitió:
“¡Ah, y no me diga nada! ¡A mí qué carajo me importa que usted sea Bochini!”
El prócer de Independiente acusó el impacto. Bajó la vista, guardó el violín en la bolsa y pidió disculpas con una sumisión monacal.
El Bocha desarticuló los cerrojos tácticos más feroces del fútbol moderno. Desparramó a los defensores más carniceros con un quiebre de cintura que desafiaba las leyes de la física. Pero a la Turca no. A ella no la vas a pasar así nomás.
El Bocha, el maestro de la pausa y del pase perfecto, no la pudo gambetear.
(*) Profesor de historia, vecino de Pilar y columnista de «El 1° de la mañana»



