Columnistas

Lo que quedó sin decir

Por Gastón Bivort (*)

El bendito año 2000 comenzó sin que estallara el mundo. Una tremenda decepción para los profetas del desastre. Todos respiraban aliviados porque las computadoras no se volvieron locas, no hubo apagones apocalípticos, ni los aviones se cayeron sobre nuestras cabezas. El famoso colapso informático fue un tremendo fiasco. Definitivamente en el 2000 no iba a pasar nada, o eso fue lo que yo creí. Sin embargo, ese año, la paz cotidiana, ese estado que creemos natural pero que es tan frágil como un cristal, se hizo añicos.

Aquel diciembre, mis padres se preparaban para su ritual de siempre: las vacaciones en Miramar. Ese rincón al sur de Mar del Plata no era solo una geografía, era su territorio emocional, su obsesión veraniega. De chicos nos arrastraban hacia allá religiosamente cada enero. Cuando crecimos y los dejamos en paz, ellos siguieron yendo solos, atrapados en esa dulce rutina. El día 26 cayeron por casa. Venían a darme el beso de cumpleaños y a decirme adiós porque al día siguiente salían para la playa. Nunca lo dije, pero cuando mi viejo se acercó a besarme, sentí un presentimiento oscuro que nada tenía que ver con el fin del milenio.

Febrero trajo la confirmación de la sospecha. Una llamada, la urgencia, un aneurisma abdominal que estalló justo antes del regreso a Pilar. Cuando entré a la terapia intensiva, me encontré con una escena desoladora: el hombre fuerte de mi infancia dormía un sueño ajeno, amarrado a un respirador mecánico. En ese instante, frente a la frialdad de los cables, descifré el enigma de aquel beso de diciembre. No había sido un saludo de rutina. Había sido el último, la despedida final. Qué desgarro provoca la omnipotencia de creer que siempre habrá un mañana. El tiempo es implacable, nunca te deja ensayar las escenas importantes. Todo queda inconcluso, a medio hablar.

El viejo habitaba el silencio. Un poco por su carácter y otro porque los padres de antes eran así. Pertenecía a esa generación de hombres educados bajo el rigor de la palabra justa y la distancia prudencial; una mirada bastaba para fijar la ley o regalar un indulto. Su amor no se declamaba, se expresaba a través del ejemplo y de una rectitud casi prusiana. Solo cuando me convertí en padre logré desarmar el rompecabezas de su rigidez. Entendí que no hay manuales para la paternidad; uno hace lo que puede con lo que tiene y con las herramientas que heredó de su propia historia. Debí charlarlo con él.

Ahora, con el diario del lunes —que es cuando todos somos unos genios—, lamento no haber sido más curioso con su vida. Me hubiera encantado interrogarlo sobre su infancia, sus padres, sus amigos del colegio, sus amores. Nunca tuvimos el coraje de hablar de su fascinación por el socialismo de Palacios, ni de su obstinada vocación de abogado laboralista. Tampoco de esa vez terrorífica en que lo secuestraron y lo molieron a palos para meterle miedo. Silencio total.

Su única locura ruidosa era Boca Juniors. Cuando hacían un gol, el viejo se transformaba: corría por la casa con la radio pegada a la oreja, desencajado, gritándole a la Spika como si los rivales pudieran oírlo: «¡Atorrantes, sinvergüenzas! ¿Qué se han creído?». Era un espectáculo maravilloso. Lo curioso es que jamás movió un dedo para hacerme bostero. Quizás el fútbol hubiese sido una magnífica excusa para hablar de todo lo que callamos. Pero no. Cuando mi ADN ya se había vuelto irreversiblemente azulgrana, el viejo tuvo un gesto de una nobleza descomunal: me llevó por primera vez a la cancha a ver al Ciclón. Tenía siete años y le metimos un glorioso 4 a 0 a River en el mismísimo Monumental. Él no era de mi equipo, pero disfrutó de mi felicidad. Ese pequeño acto de grandeza no fue fútbol; fue una lección de alteridad, un respeto absoluto por mi propia identidad.

No era un hombre de abrazos fáciles ni de cursilerías. Su afecto había que aprender a leerlo entre líneas. No le salía, el pobre estaba blindado. Por eso guardo como un tesoro esas caminatas por la playa donde caminaba a mi lado y, de pronto, me pasaba el brazo por encima del hombro. No decíamos una sola palabra, pero ese peso era el puerto más seguro del mundo.

Lo mismo sentía cuando iba a mis partidos y lo escuchaba gritar desde las gradas, alentándome. Qué imbécil fui por no habérselo agradecido en vida y que mezquino él en demostrarme su amor en dosis tan pequeñas.

De mi infancia me quedan destellos de una felicidad hermosa, que eran sus formas secretas de decir «te quiero»: las golosinas que traía los viernes, los partidos de vóley compartidos en la playa, las películas de Disney en el cine Los Ángeles y las pizzas de La Guitarrita en Belgrano. Gestos mudos que eran verdaderos actos de amor.

Ya en la adolescencia, me regaló su única, magistral y bizarra clase de educación sexual. Estábamos en Brasil, en plena época de la «plata dulce». Aprovechando el bendito anonimato del extranjero para vencer su timidez, compró una revista Playboy, entró a nuestra habitación y nos la tiró a mi hermano y a mí sobre la cama. Esa fue toda su pedagogía. Su única, incómoda y maravillosa lección. Me río cada vez que lo recuerdo. Cómo me hubiera gustado reírme de eso con él ahora, frente a frente.

Ese amor contenido pareció encontrar un canal de desborde con la llegada de su primer nieto, mi hijo Felipe. Con él no hubo distancias: hubo tardes de cine, libros compartidos y complicidades. Dicen que los abuelos se permiten con los nietos el afecto que los mandatos les prohibieron con los hijos. Quizás allí, en ese vínculo secreto, resida la clave para suturar en el futuro aquellas heridas que seguramente he provocado como padre.

A veces me hundo en la ingenua fantasía de regresar al pasado, de entrar a ese cuarto de hotel en Brasil, cerrarle el paso antes de que escape y obligarlo a hablar.
—Viejo, pará un poco —le diría yo, sosteniendo la Playboy—. ¿Esto es todo? ¿No pensás decirnos nada más?
Él se acomodaría los anteojos, visiblemente incómodo.
—Ya están grandecitos —respondería con ese tono seco que clausuraba cualquier debate—. Ahí está lo que necesitan saber. El resto se aprende viviendo, sin tanta perorata.
—Pero te vas a morir un día, viejo, y me vas a dejar lleno de dudas. Hablame de vos, de tu historia, de tus sueños, de tus miedos… hablame de algo.
Él me miraría fijamente, con esa timidez pesada que parecía severidad, y se encogería de hombros.
—Hice lo que pude, hijo. No me pidas que sea el tonto que ande ventilando el alma. Mirá lo que hago, no lo que digo.

Y se marcharía, dejándome solo con el eco de sus pasos.

En cuatro años voy a cumplir exactamente la misma edad que tenía mi viejo cuando se murió, un lejano 6 de febrero del año 2000. Cuando llegue ese día dejaré que la noche caiga sobre la casa y me pararé frente al espejo del baño. Miraré las arrugas de mis ojos, que ya son idénticas a las suyas, y me tocaré la cara buscando su fantasma. En la absoluta soledad de ese reflejo, el hijo y el padre ausente por fin se mirarán con piedad. Y en un susurro que nadie más podrá escuchar, nos diremos, con una infinita y mansa melancolía, todo lo que quedó sin decir.

 

(*) Profesor de historia, vecino de Pilar y columnista de «El 1° de la mañana»

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