Columnistas

Descansá en paz Tata, hay otro como el Diego

Por Gastón Bivort (*)

Hay personas que tienen el don de ver el fútbol no como un simple juego de once contra once, sino como una extensión de las verdades más profundas de la vida. Mi abuelo materno, el Tata, era una de esas personas. Él amó a Maradona con una devoción casi sagrada, y tuvo la generosidad de enseñarme a amarlo a mí también.

El Tata había sido un futbolista de ley. De los de antes. Quienes lo vieron gastar los botines en las canchas de Chascomús juraban que era un gran centro-half —así se llamaba al cinco— y que lo hacía de galera y bastón. Tenía un recurso marca registrada: bajaba la pelota con la cola con una gracia tan sutil que hacía quedar al control de pecho como algo rústico. Además, fue un bostero de tablón, de esos que viajaban a la Bombonera en tren y regresaban con las cajas de las pizzas y el fainá bajo el brazo cada vez que ganaba Boca. Cuando el Tata hablaba de fútbol, uno se callaba y escuchaba. Había una legitimidad en su voz; el viejo no tocaba de oído.

Por eso, a principios de los ochenta, cuando el sentido común de los resultadistas locales pretendía jubilar a Maradona tras el andar opaco del Mundial 82 y las desventuras en Barcelona, el Tata permanecía imperturbable. Para él no existía la duda: el Diego era un artista absoluto. Los domingos a la mañana, en la cocina, mientras Lala le cebaba un mate tras otro con una paciencia de años, el viejo seguía la campaña del Nápoli por la televisión con los ojos encendidos. Se quedaba ahí, suspendido, conmovido por un tipo que jugaba a otra cosa.

En junio del 86 la vida me encontraba trabajando a pocas cuadras de la casa de mis abuelos. Todos los mediodías corría hasta allá, apurado por los minutos del almuerzo, para sentarme con él a ver los partidos del mundial de México. El ambiente previo era espeso; el equipo de Bilardo cosechaba más sospechas que elogios y yo, condicionado por el escepticismo de la época, no sospechaba que guardábamos un milagro en el bolsillo. El Tata sí lo sabía. Durante la fase de grupos, aún cuando el funcionamiento colectivo era aceptable, el Diego no había frotado la lámpara de manera definitiva. Yo guardaba mis dudas en un silencio prudente, por puro respeto a su entusiasmo. Pero el viejo lo defendía a capa y espada, como quien custodia una verdad que los demás todavía no eran dignos de comprender.

Y entonces llegó el 22 de junio. Ese mediodía ocurrió lo que el Tata ya leía en el aire y yo hubiera sido incapaz de pronosticar. El segundo gol a los ingleses no fue solo un gol; fue una grieta en la realidad, una obra de arte tan brutal que derribó cualquier resistencia racional. Todo lo que vino después no hizo más que certificar el ojo clínico de mi abuelo. En el instante exacto en que Maradona alzó la Copa en el Azteca, sentí una emoción desconocida, un nudo en la garganta que jamás había experimentado con la Selección, ni siquiera en el 78. El diez me había quebrado. O quizás, pensándolo bien a la distancia, lo que me quebró fue ver las lágrimas del Tata corriendo por sus mejillas gastadas.

En el 90 repetimos el ritual de los almuerzos y las miradas compartidas. Fue el mundial del Notti magiche, el de la épica dolorosa donde no pudimos ser campeones, pero donde la figura del Diego abandonó definitivamente la escala humana para volverse leyenda. Cómo olvidar el pase milimétrico a Caniggia para silenciar a los brasileros, o su rostro desencajado insultando a los italianos que osaron silbar nuestro himno. A esa altura yo ya habitaba ese amor incondicional por Maradona, porque el Tata me había tomado de la mano para mostrármelo mucho antes de que se transformara en mito.

Los años siguientes trajeron el reverso de la gloria. El Diego dejó al futbolista a un costado y se quedó a solas con sus propios demonios, atrapado en una red de laberintos cotidianos que no supo gambetear con la facilidad natural que tenía dentro de la cancha. Pero el Tata no le soltó la mano. Lo siguió bancando con la lealtad inquebrantable de los que entienden la condición humana. Lo doloroso fue que la debacle de Maradona coincidió, en una simetría casi insoportable, con el deterioro de la salud del viejo. Parecía una simbiosis perfecta y secreta, como si en un diálogo mudo el Tata le estuviera diciendo al Diego que ya era tiempo de retirarse, que el cuerpo no daba más y que, en el fondo, prefería marcharse antes de tener que contemplar la caricatura triste en la que el ídolo amenazaba en convertirse.

Tengo que confesarte algo, Tata. Con Leo Messi me pasó, al principio, exactamente lo mismo que me había pasado con Maradona en mis años de desconfianza. No me conmovía. Fui parte de esa masa severa y despiadada que lo juzgó con una crueldad inadmisible. No lograba descubrir en él lo que gran parte del planeta admiraba. Sentía que en el Barcelona era Gardel, pero que cuando se ponía la celeste y blanca cantaba peor que mi vieja abajo de la ducha. Lo miraba con desconfianza, comparándolo de manera injusta con el Diego para reprocharle sus silencios, sus lagunas en las paradas difíciles, su falta de ese histrionismo argento que nos resulta tan cómodo. El Diego se golpeaba el pecho y gritaba el himno; en la voz de Messi, las estrofas eran un murmullo inaudible. Para mí, atrapado en mi propia ceguera, Messi era el abanderado de las finales perdidas.

Sé que vos, con esa sabiduría silenciosa de los hombres de fútbol, habrías visto en la zurda de ese pibe la misma luz de la varita mágica del Diego. Habrías tenido la paciencia que a mí me faltó. Porque el tipo no bajó los brazos, Tata. Se tragó los insultos, se bancó el dolor de las derrotas y siguió intentándolo hasta que pudimos verlo jugar con la Selección con una madurez deslumbrante. Además, Leo tiene un plus, ¿sabés, viejo? Nunca guardó rencor, nunca les cobró el peaje de la crítica a sus enemigos y conservó siempre una humildad única. No necesitó del grito, ni de la prepotencia del caudillo para ser el líder. Le bastó la estatura ética de su conducta, adentro y afuera de la cancha.

Te cuento, Tata, que ahora mismo estoy sentado frente al televisor siguiendo su sexto mundial. A sus treinta y nueve años lleva convertidos cinco goles en apenas dos partidos. Es una cosa que escapa a la lógica de este mundo. El otro día, viéndolo arrastrar las marcas y definir con esa precisión quirúrgica, volví a conmoverme hasta las lágrimas, igual que en el 86. El llanto me tomó por asalto estos últimos días. Y ahí, sentado en el sofá del living, me pregunté si esas lágrimas eran mías o si eran las tuyas que regresaban a través de mí. Porque la verdad, Tata, me acordé de vos y sentí la tremenda vergüenza de comprender que no había aprendido nada de lo que me enseñaste. Vos habías descubierto al Diego antes de que el mundo lo aplaudiera, y yo fui incapaz de ver a Leo hasta que lo tuve encima. Como en el 86, terminé de rodillas, rendido ante su fútbol.

Así que, viejo querido, si te fuiste de este mundo con la melancolía de pensar que después de Maradona la tierra se había vuelto un lugar ordinario y que nunca más presenciaríamos semejante milagro, tengo que decirte que te equivocaste. En esa sola cosa te equivocaste.

Quedate tranquilo, descansá en paz. El fútbol sigue estando a salvo.

Después que te fuiste, Tata querido, apareció otro como el Diego.

 

(*) Profesor de historia, vecino de Pilar y columnista de «El 1° de la mañana»

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