Columnistas
Confirmado: los republicanos somos una especie en extinción
Por Ricardo Raúl Benedetti (*)

Hay una etapa de la vida en la que uno deja de decepcionarse de la política y empieza a hacerlo de quienes decían compartir sus principios. Porque de los políticos uno espera que hagan política. Es su naturaleza. Lo que cuesta aceptar es descubrir que muchos de los que caminaban a tu lado, que hablaban de República, de instituciones y de límites al poder, en realidad solo defendían esas ideas mientras no interfirieran con sus intereses o con los de su tribu.
Y eso me duele, mucho más de lo que imaginé. Confieso que esto es lo que me pasa en estos últimos meses. No es una elección. No fue un discurso. Ni siquiera fue un gobierno. Fue algo mucho más íntimo. Siento que estoy asistiendo al funeral de una idea.
Y los funerales tienen algo cruel: es ahí donde uno descubre quiénes realmente acompañaban al muerto y quiénes solo pasaban por ahí. La idea de que existen valores capaces de sobrevivir al calendario electoral. La idea de que hay límites que ningún gobierno debe cruzar.
La idea de que la Constitución, la división de poderes, la libertad de prensa, la honestidad en el manejo de los recursos públicos y la igualdad ante la ley no son herramientas de campaña, sino el piso mínimo sobre el que se construye una República.
Confieso que hubo días en los que dudé mucho. No de mis principios. Dudé de si todavía tenía sentido seguir defendiéndolos cuando veía a tantos abandonarlos con una facilidad que me resultaba incomprensible. Más de una vez pensé que quizás era yo el ingenuo.
Que tal vez la política moderna consistía simplemente en elegir una camiseta, justificar todo lo que hicieran los propios y escandalizarse únicamente con los pecados ajenos. Probablemente habría sido un camino más cómodo. También habría sido la manera más rápida de dejar de reconocerme frente al espejo.
Entonces miré hacia atrás y entendí que la historia reciente de la Argentina era, en el fondo, la historia de esa misma renuncia.
El kirchnerismo llevó esa degradación a su máxima expresión. Desde la cima del poder construyó una maquinaria que convirtió al Estado en una herramienta para apropiarse de los recursos públicos, repartir privilegios, garantizar lealtades y consolidar impunidad. No fueron hechos aislados ni la obra de algunos funcionarios. Fue un método de construcción política. El desenlace lo conocemos todos: Cristina Fernández de Kirchner, dos veces presidenta de la Nación, condenada por corrupción con sentencia firme de la Corte Suprema y cumpliendo prisión. Cuando una democracia llega a ese punto, el problema ya no es una persona. Es la profundidad del deterioro institucional que lo hizo posible.
Después aparecieron los libertarios prometiendo terminar con la casta. Como tantos argentinos, los vi como la alternativa menos mala frente a la continuidad que representaba Sergio Massa y como una oportunidad para empezar a romper ese círculo vicioso. Quise creer. De verdad quise creer. Pero demasiado rápido empezaron a aparecer blindajes políticos, silencios incómodos, ataques a la prensa cuando investiga al poder, explicaciones frente a hechos que merecían ser investigados con el mismo rigor que antes se les exigía a otros y una preocupante concentración de decisiones en un círculo cada vez más reducido. Cambiaron los nombres, pero no algunas prácticas.
Y el golpe terminó de llegar cuando vi al PRO, el partido que durante años había levantado las banderas de la República, entrar en un proceso de confusión política y moral. Demasiados dirigentes eligieron callar, justificar o mirar hacia otro lado frente a conductas que antes denunciaban con firmeza. No porque hubieran cambiado los hechos, sino porque cambió la conveniencia de señalarlos. Entendí que algunos no habían bajado las banderas de la República porque hubieran dejado de quererlas. Las habían arriado porque empezaban a estorbar.
No voy a negar que eso fue lo que más me dolió. Porque cuando uno dedica años a defender determinadas ideas también construye afectos alrededor de ellas.
Y descubrir que algunos compañeros de camino ya no creen en aquello que los unía —o quizás nunca lo creyeron— tiene algo de duelo. Como cuando una casa sigue en pie, pero deja de sentirse como un hogar.
Fue ahí cuando entendí que kirchnerismo, libertarios y buena parte del PRO no representaban tres problemas distintos. Encarnaban una misma enfermedad. La tentación de creer que los principios son importantes… hasta que estorban.
En Argentina tenemos una habilidad extraordinaria para indignarnos con los abusos… siempre y cuando los cometa el de enfrente. Cuando el protagonista lleva nuestra camiseta aparecen los matices, las explicaciones y el eterno «esta vez es distinto». Qué curioso. Parece que algunos principios vienen con fecha de vencimiento.
Y entonces comprendí que el verdadero problema nunca fue solamente la corrupción. Fue la coherencia. Las convicciones que necesitan permiso para sobrevivir al poder nunca fueron verdaderas convicciones.
Se convierten en utilería. Sin embargo, esa conclusión no terminó por destruirme. Hizo exactamente lo contrario. Me obligó a preguntarme por qué seguía creyendo en todo aquello. Y encontré una respuesta inesperada.
Las convicciones nunca fueron mayoritarias. La República jamás fue un fenómeno de masas.
Siempre fue una construcción incómoda. Lenta. Imperfecta. Una obra que cada generación recibe incompleta y tiene la responsabilidad de mejorar, no de dinamitar.
Y, paradójicamente, nunca tuvimos tantas herramientas para hacerlo. La inteligencia artificial, la tecnología y el acceso a la información pueden transformar a los ciudadanos en el mayor órgano de control de la historia. Pueden hacer mucho más transparente al Estado y mucho más difícil esconder la corrupción. Pero ninguna tecnología reemplazará el carácter. Los algoritmos podrán mostrar la verdad. Seguirá siendo responsabilidad nuestra decidir si la usamos para controlar al poder… o para concentrarlo todavía más.
Por eso ya no quiero preguntarme si los republicanos somos muchos o pocos. Quiero saber si todavía somos capaces de reconocernos. Si todavía existen personas dispuestas a defender los mismos valores cuando gobiernan los propios y cuando gobiernan los ajenos.
Si todavía tenemos la fuerza y el coraje de construir una mayoría que no nazca de la obediencia ciega ni de la fascinación por un dirigente, sino del compromiso con principios que sobrevivan a cualquier gobierno, a cualquier partido y a cualquier moda política.
No quiero encontrar republicanos para ganar una elección. Quiero hallarlos para volver a sentir que la Argentina no está condenada a elegir eternamente entre fanatismos. Porque la República nunca fue un club exclusivo.
Siempre fue un punto de encuentro. Quizás los republicanos nunca fuimos una especie en extinción. Quizás simplemente dejamos de reconocernos entre tanto ruido.
Yo sigo creyendo que estamos ahí. Trabajando. Enseñando. Emprendiendo. Criando a nuestros hijos con el valor del esfuerzo y la honestidad. Cumpliendo la ley incluso cuando nadie nos mira. Defendiendo la verdad aunque resulte incómoda. Esperando volver a encontrarnos.
Porque las especies no desaparecen cuando quedan pocas. Desaparecen el día que dejan de luchar por aquello que las hizo existir. Yo no pienso rendirme.
Y, por primera vez en mucho tiempo, tengo la esperanza de no ser el único. La República no se reconstruye sola. Empecemos a hacerlo juntos.
(*) Escritor y columnista en diferentes medios nacionales e internacionales. Periodista de investigación, consultor/asesor político, especializado en campañas electorales



