
A principios de los setenta, cuando la televisión todavía era en blanco y negro y la vida parecía más simple, daban una serie inglesa que a mí me perturbaba. Se llamaba Viaje a lo desconocido. Cada capítulo, contaba historias de terror o ciencia ficción donde personas comunes se veían atrapadas en situaciones sobrenaturales o inusuales.
Yo, con casi ocho añitos, una edad en la que uno es peligrosamente fantasioso, decidí que también merecía mi propio viaje a lo desconocido. O mejor dicho, a lo conocido.
Durante los primeros años de mi infancia, habitamos un departamento suspendido sobre la farmacia de mi abuelo, un espacio custodiado por una puerta giratoria que imponía respeto. El afuera era inmejorable: la plaza de Pilar al frente y la Escuela Nro 1, a escasos metros.
Pero el verdadero tesoro de esa casa no era su ubicación, sino una escalera caracol. Ese laberinto interno que yo transitaba con una insistencia casi pulsional no era un simple conector arquitectónico; era un puente intergeneracional. Al final de esos escalones me esperaba el territorio de Lala, mi abuela.
Ahí yo jugaba de local. El departamento de mis padres era el deber; la casa de mis abuelos, el placer. Mis padres, estaban poco en casa. Obviamente tenían que trabajar mucho para mantener a una tribu de cuatro hermanos. Así que mi brújula, mi puerto seguro, el único lugar del mundo al que yo siempre quería regresar, era mi abuela. Lala era una santa laica.
Raramente salía de su casa. La recuerdo siempre perfecta, con su pelo blanco inmaculado y arreglado, como si esperase una visita real. Si yo entraba y ella estaba cocinando o planchando, lo abandonaba todo. Dejaba el mundo en suspenso, se sentaba en una silla de paja a la entrada de la cocina y me miraba, mientras yo, me desplomaba en el sillón. Desde allí, Lala no solo escuchaba mis relatos de niño; escuchaba algo mucho más complejo: el silencio de un nene como yo, de pocas palabras. Con su presencia, mi abuela sabía validar mi introversión sin juzgarla.
En esa casa el aburrimiento era imposible. Lala me traía el diario Clarín, me buscaba la página deportiva y me proveía de papel y birome para que yo dibujara, los goles de San Lorenzo. En lo de Lala todo lo prohibido se volvía legal. Se podía, por ejemplo, jugar a los penales en medio del living con una pelota hecha con una media vieja y un bollo de papel. Los viernes, el ritual alcanzaba su dimensión sagrada. Quedarme a dormir era ingresar a una fiesta suspendida en el tiempo: el partido televisado con mi abuelo, el sabor irrepetible de un arroz con leche que la memoria insiste en recordar como único, y luego, el té con scons a solas con Lala. En invierno, el amor se materializaba en el calor de una bolsa de agua caliente que ella preparaba para atenuar el frío de las sábanas.
Por eso, el día que nos mudamos al chalet grande que mis padres habían edificado en la esquina de Alsina y Mansilla, sentí que me desterraban. El chalet estaba a solo cinco cuadras de lo de Lala, pero a mis ocho años, cinco cuadras eran la distancia entre París y la Patagonia. Era otro país. Ni los nombres de las calles tenían prestigio. A Alsina y Mansilla no los conocía nadie, mientras que la farmacia de mi abuelo estaba entre San Martín y Belgrano, próceres de verdad. Ya no había escalera de caracol. Una frontera hostil de quinientos metros de asfalto nos separaba.
Como yo no estaba dispuesto a negociar mi felicidad, decidí convertirme en un estratega. Cada vez que mis padres me llevaban en auto a lo de Lala, yo miraba por la ventana con ojos de espía. Fui registrando el mapa en mi memoria. Luego, en la clandestinidad de mi cuarto, dibujé un plano. No podía fallar. La flecha salía de mi casa por Mansilla hasta 11 de Septiembre, caminaba hasta Lorenzo López, doblaba a la derecha hacia la plaza, la cruzaba y ahí mismo, estaba la farmacia.
Una mañana, aprovechando que mis padres habían salido, decidí ejecutar el plan. El aire se sentía raro, espeso, como en esos capítulos de Viaje a lo desconocido. Yo medía un metro treinta y tenía ocho años; el mundo me parecía una escenografía diseñada por gigantes. La gente pasaba a mi lado con indiferencia, tal vez, por la seriedad con la que caminaba. En cada esquina, cuando ponía el pie en el asfalto, olía el peligro del tráfico. Pero fui cuidadoso. El miedo agudiza los sentidos.
Cuando alcancé a ver la plaza, juro que experimenté la misma euforia que debió sentir Cristóbal Colón al divisar las Indias. Entré a la farmacia sudoroso y triunfante. Mis abuelos abrieron unos ojos enormes, se sorprendieron, pero tuvieron la delicadeza de no gritarme. Solo me advirtieron, con una ternura consternada, sobre los peligros de mi aventura. Yo era feliz. Había derrotado a la distancia. Había inventado una nueva escalera de caracol.
Por supuesto, el regreso no tuvo tanta poesía. Mis padres llegaron a buscarme, pálidos del susto, y me cayó un reto memorable por mi audacia. Los sorprendí, claro. El hijo dócil, el niño ejemplar y obediente, había roto las reglas por amor a su abuela.
No recuerdo bien la penitencia que me pusieron, Creo que quedé encerrado en la habitación por unas horas, como estilaba el código penal paterno de aquellos tiempos.
Sin embargo, cumplí ese encierro con una paz inquebrantable y una sonrisa silenciosa. El castigo ya no importaba.
Había ganado la batalla más importante de la infancia. Había aprendido, a viajar a lo conocido.
(*) Profesor de historia, vecino de Pilar y columnista de «El 1° de la mañana»



