Columnistas

A vos te va a pasar

Por Ricardo Ragendorfer (*)

Los años 70 fueron de disputa no solo contra las patronales sino también dentro del propio movimiento obrero. El crimen de Rosendo García dejó tantas dudas que únicamente la pluma de Rodolfo Walsh podía resolverlo.

Eran tiempos difíciles. Por ese motivo, la sede de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM), en la calle La Rioja 1945, del barrio de Parque Patricios, exhibía una custodia muy celosa: más de 40 hombres armados.

Corría el mediodía del 30 de junio de 1969 cuando uno de ellos les abrió la puerta blindada a cinco tipos, todos de saco y corbata.

El que parecía llevar la voz cantante dijo ser oficial de Justicia, mientras otro extendía una credencial de Coordinación Federal, dando así por sentado que los tres restantes también eran policías. Entonces, el primero blandió unas hojas mecanografiadas. Y dijo:

–Este oficio es para el secretario general.

Se refería a Augusto Timoteo Vandor, quien además encabezaba las 62 Organizaciones y la fracción Azopardo de la Confederación General del Trabajo (CGT), en franca rivalidad con la CGT de los Argentinos (CGT-A), liderada por el combativo Raimundo Ongaro.

–Déjemelo. Yo se lo haré llegar –fueron las palabras del custodio.

–Imposible. Tengo la orden de entregar esto en mano.

Por toda respuesta, su interlocutor enarcó las cejas.

Mientras tanto, el Lobo –tal era el apodo de Vandor– conversaba por teléfono desde su oficina del primer piso con el dirigente justicialista Antonio Cafiero. El diálogo entre ellos transcurría entre dos tópicos: la visita al país de Nelson Rockefeller, en representación del presidente estadounidense, Richard Nixon, y la postura que iría a tomar el sindicalismo ortodoxo ante la huelga general convocada para el día siguiente por la CGT-A.

–Quédese tranquilo, Cafierito, porque nosotros no adherimos al paro.

Ya por entonces, Vandor era una figura política vidriosa, puesto que no solo proponía un “peronismo sin Perón” sino que, por otro lado, apoyaba a la dictadura del general Juan Carlos Onganía.

–Quédese tranquilo –repitió, a modo de despedida, antes de colgar.

Es posible que, en ese instante, mantuviera los ojos clavados en una foto enmarcada sobre su escritorio, que exhibía el rostro de Rosendo García, quien había sido su segundo en la UOM hasta el día de su muerte, el 13 de mayo de 1966, durante un tiroteo con integrantes del sector disidente en la pizzería La Real, de Avellaneda.

Bien vale la pena evocar aquel episodio.

Balazos con fainá

Por entonces ya recrudecía el enfrentamiento interno del sindicalismo, una disputa que se extendía a la propia UOM. Pues bien, ese miércoles sesionaba en Avellaneda su Congreso Nacional y, durante un cuarto intermedio, Vandor, García y otros dirigentes fueron a tomar algo a dicho local gastronómico. Allí flotaba una atmósfera enrarecida.

De hecho, los ocupantes de la mesa junto a la ventana les lanzaron a los recién llegados una mirada inquietante. Eran delegados del sector enrolado en el peronismo revolucionario; entre ellos, Domingo Blajaquis y Juan Salazar.

De inmediato comenzaron los insultos, seguidos por algún empujón.

Fue cuando Vandor le susurró a García:

–Fijate, atrás hay cuatro tipos que no me gustan nada.

Tal vez el Lobo ya acariciara la culata de la 45 que llevaba en la cintura, mientras García volteaba la cabeza hacia esa mesa del fondo, y quizás viera a uno de esos hombres ya empuñando un revolver.

Lo cierto es que los primeros disparos partieron del grupo vandorista; la sinfonía de la pólvora solo duró unos segundos, pero que parecieron eternos. Hasta que, de pronto, la escena se congeló en un dramático silencio. Y con dos cadáveres en el suelo: los de Blajaquis y Salazar, mientras García agonizaba entre los brazos de Vandor, exhalando al rato su último suspiro.

Según la declaración de Vandor, tanto a la prensa como ante el juez que instruía el caso, las últimas palabras de García fueron: “Tené mucho cuidado, Augusto. Te la quieren dar con todo. A mí ya me la dieron”.

¿Acaso –de ser aquella frase auténtica– ese hombre partió hacia el más allá incurriendo en un error de apreciación?

Por lo pronto, así cerró la versión oficial del expediente. Sin embargo, no estaba dicha la última palabra.

El violento oficio de escribir

En su libro ¿Quién mató a Rosendo?, editado a comienzos de 1969 con base en los artículos que publicó en el periódico de la CGT-A, Rodolfo Walsh probó que García fue asesinado precisamente por Vandor. Tal conclusión –dicho sea de paso– nos lleva a una pregunta: ¿la literatura imita a la vida o la vida a la literatura? Porque él supo apuntalarla al reconstruir la ubicación exacta de los protagonistas en las mesas. Un método idéntico al que ideó con anterioridad en “Cuento para tahúres”, una ficción sobre el crimen de un hombre en un local de apuestas.

No obstante, el trasvasamiento de la escena imaginaria a la real (y acá el nombre de la pizzería es, incluso, un guiño del destino) fue un desafío investigativo a tener en cuenta.

Walsh cruzó los datos que obtuvo de los testigos presenciales, cuyos dichos le permitieron trazar un croquis del salón, con los peritajes judiciales obrantes en el expediente. Así pudo advertir su no correspondencia con el diagrama del informe balístico sobre la posición de los involucrados y la trayectoria de los proyectiles.

Walsh estaba en pareja con Lilia Ferreyra, y en el departamento de un ambiente que compartían en la calle Cangallo al 1600 efectuó junto a ella sus propias pericias. Durante horas revivieron el momento del disparo mortal, escenificando los dos sitios claves del hecho: el del victimario y el del hombre que moría.
Walsh, desde el lado del tirador, sostenía entre los dedos la punta de un hilo. El otro extremo estaba adherido a la espalda de Lilia, y ella pasaba de la silla al suelo infinidad de veces. De tal modo quedó establecida la autoría de Vandor en el asesinato de García.

Claro que, por ello, el líder metalúrgico jamás fue molestado.

El lobo en su laberinto 

Ahora, a más de tres años de aquella balacera, estando el Lobo en su oficina, quizás con los ojos clavados en el retrato de García, escuchó un barullo que venía de la planta baja. Un griterío creciente al que, en menos de un minuto, se le sumó el sonido de pasos que ascendían por la escalera y, después, portazos en los despachos aledaños junto con una frase bramada una y otra vez no sin un tono imperativo: “¿Dónde está Vandor?”.

Entonces, de mala gana, él se asomó al pasillo. Y vociferó:

–¿Qué carajo pasa?

Pero, antes de que terminara de pronunciar aquellas palabras, advirtió el brillo de una Browning que lo apuntaba a tres metros de distancia, y su única reacción fue levantar los brazos, como para cubrirse.

Esa pistola, empuñada por el falso oficial de Justicia, escupió dos tiros que le agujerearon el pecho; otras tres balas, gatilladas por los falsos policías, le dieron en una axila, en el hombro y, ya cuando caía, en la espalda. Vandor murió en el acto.

Su ajusticiamiento había ocurrido exactamente al mes del Cordobazo. Pero los hacedores del Operativo Judas –tal como fue bautizada esa acción– tardaron dos años en atribuírselo.

Pertenecían a Descamisados, una “orga” político-militar que luego se integró a la estructura de Montoneros.

Ya se sabe que la muerte de Augusto Timoteo Vandor fue un duro golpe para la burocracia sindical. Y que, por cierto, no signó su final.

Pero esa ya es otra historia.

 

(*) Periodista de investigación y escritor, especializado en temas policiales

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