Columnistas

Aquí no solo hay “casta” estatal

Por Carlos Mira (*)

El corte al gasto y al aparato del Estado no es neutro en términos de lo que el Presidente llama “sector privado”.

Y no lo es porque la causa última del crecimiento del sector público (y por ende del gasto) se halla en los múltiples reclamos que desde distintos sectores del sector privado se le hacen a la nomenklatura estatal para que ésta cree una  agencia ad hoc partir de la cual se comience a regular esa particular actividad, generando hijos y entenados, privilegios y obstáculos y, obviamente, una connivencia entre funcionarios y ciudadanos privados tendiente a tejer una red de beneficios para ambos.

Esta particular característica del Estado populista complica la solución del problema mucho más que si éste hubiese sido provocado por la imposición totalitaria de una casta autónoma que, por la fuerza, se hubiera hecho del poder.

En ese caso sí, una “revolución” nacida de las entrañas de la sociedad oprimida tendría el camino más allanado para llevar adelante las transformaciones.

Pero cuando la opresión es el resultado de una maquiavélica asociación entre el Estado (en realidad, personas de carne y hueso que se sientan en sus sillones) y ciudadanos particulares que lograron obtener para su actividad privilegios que paga el resto, la solución del problema se complica.

Se complica porque cuando esas parcelas del Estado comienzan a disolverse también caen las protecciones y privilegios de que gozaban los privados que habían conseguido su coto de caza; que habían logrado que parte del poder coactivo del Estado fuera usado en su beneficio. Y cuando esas protecciones y privilegios caen la cosa empieza a ser desagradable no solo para la nomenklatura sino para ciudadanos privados.

La gran curiosidad de este laberinto kafkiano de intereses cruzados es que los ciudadanos privados (que creen haber tocado el cielo con las manos porque consiguieron que la fuerza del Estado actúe en su beneficio haciéndole pagar el costo de sus ventajas a otros), olvidan que otros ciudadanos privados igual que ellos, que desempeñan otras actividades, también buscan y obtienen ventajas de similares asociaciones que logran con el Estado, de modo que los beneficios que creían haber obtenido por hacerle pagar a otros el costo de sus ventajas se neutraliza con el costo que van a tener que pagar ellos por sostener las ventajas de otros.

Como seguramente van pudiendo figurarse, este mecanismo produce un entramado inacabable de intereses que, cuando son tocados, saltan por el aire como si un enorme aguijón se les hubiera clavado profundamente en la piel.

El “revolucionario” que cree venir a defender de la casta corrupta del Estado a los “ciudadanos privados” de repente advierte que ya no solo son los funcionarios que tomaron como propias las estructuras del Estado los que se resisten sino que también encuentra serios reparos en distintos grupos de ciudadanos privados que, en su calidad de beneficiarios de los privilegios que recibían de su asociación con el Estado, saltan como leche hervida en defensa de la quintita que tanto les costó construir.

El “revolucionario” entonces debería sentarse a explicarles que el valor de los beneficios que ellos creen obtener por la espuria asociación que permitió que parte del poder coactivo del Estado se usará en su beneficio, quedaba neutralizado por los costos (en términos impositivos, inflacionarios, de prohibiciones, de escasez, etcétera) que debían pagar por otro lado para sostener los privilegios que habían obtenido otros iguales que ellos pero que desempeñaban otras actividades.

No solo que esa explicación es prácticamente imposible de dar porque la vida de un país no puede transformarse súbitamente en una gigantesca aula teórica de universidad (Mmm… ¿o tal vez debería?), sino que tampoco lo entenderían porque la defensa ciega de sus privilegios atávicos será más fuerte.

En toda esta maraña hay una cosa cierta: resulta obvio que para los sectores que consiguieron privilegios, el valor de esas ventajas superan los costos que tienen por pagar ventajas de otros. De lo contrario, si pagar las ventajas de otros fuera más costoso que el goce del beneficio propio, estarían con el “revolucionario” que viene a terminar con el status quo.

Lo cual nos lleva a la conclusión de que por algún lugar se producen “fugas” que son las que otros pagan sosteniendo los privilegios sectoriales.

Es obvio que esas “fugas” se traducen en la inflación que pagan los pobres (que cada vez son más por los mismos motivos), en la caída de la productividad y del salario, en el hundimiento del empleo, en la pérdida del poder de compra de las personas con ingreso fijo, en la salida del sistema formal de cada vez más agentes económicos, en el derrumbe de la moneda y en el estímulo a la aparición de formas paralelas de autoridad que imponen su voluntad por la fuerza como son los casos de mini-estados narco que dan trabajo y protección a cambio de sumisión y balazos.

Este es el escenario de descomposición sobre el que debe actuar el “revolucionario”. El discurso de que su acción va en contra del “Estado” es cierto, como se ve, solo parcialmente porque, necesariamente, también debe arremeter contra los bolsones de sectores privados que se aprovecharon de su asociación con el Estado por décadas.

No deja de ser paradójico y hasta tragicómico que el mayor respaldo al “revolucionario” debiera venir de los sectores más desposeídos de la sociedad, de los que no tienen ninguna asociación con el Estado y pagan los costos de todas las ventajas sectoriales.

Pero, para completar la mueca sarcástica de la realidad, muchos de esos ciudadanos fueron cooptados por el verso ininterrumpido del “pueblo” y de los “pobres” con los que muchos de los que integran la nomenklatura lograron colonizar sus mentes para tenerlos como apoyo y carne de cañón de sus privilegios.

Las alternativas del “revolucionario” van quedando reducidas a que una porción cada vez mayor de “pueblo” advierta que fueron engañados y que respalden con su  “soberanía popular” las reformas y que un número cada vez más grande de “sectores privilegiados” noten que los costos que están pagando por las ventajas que les subsidian a otros son más altos que el valor del beneficio que obtienen por su “asociación” con el Estado.

Si esas múltiples triangulaciones no se producen el camino del “revolucionario” será empinado y el motor que lo mantenga será solo el de sus convicciones.

En esa lucha entre la energía de un convencimiento y la fuerza de decenas de intereses cruzados se encuentra resumida la esencia del partido que tenemos delante nuestro. Un partido colosal, un partido entre titanes del bien y del mal.

 

(*) Periodista de actualidad, economía y política. Editorialista. Abogado, profesor de Derecho Constitucional. Escritor

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