Columnistas

De ignorantes que opinan

Por Denes Martos (*)

La verdadera sabiduría consiste en conocer
la dimensión de nuestra propia ignorancia.
Confucio

El juego de «la tinta invisible»

Para las nuevas generaciones quizás sea una novedad pero para quienes tenemos más de 50 años probablemente sea un recuerdo de la infancia: el jugo de limón como tinta invisible. Para los que nunca jugaron a eso: tomen un limón y exprímanlo. Luego tomen un escarbadiente [1] y mojando bien la punta en el jugo de limón escriban cualquier cosa en una hoja de papel. Cuando el jugo de limón se seque, lo que hayan escrito desaparecerá. Si quieren que vuelva a aparecer, arrimen la hoja con mucho cuidado a una fuente de calor (una vela, una plancha, un encendedor) y la escritura volverá a aparecer.

Un asaltante muy estúpido
Muy probablemente ése fue el antecedente que explica lo que hizo un tal McArthur Wheeler el 19 de Abril de 1995 cuando asaltó dos bancos en Pittsburgh, Pennsylvania, Estados Unidos. Lo hizo a cara descubierta y, por supuesto, lo registraron todas las cámaras de seguridad. La policía hizo publicar su rostro por televisión en el noticiero de las 23 horas y en cuestión de minutos el sujeto quedó identificado. Apenas pasada la medianoche los policías ya estaban golpeando a su puerta. Al ser arrestado, Wheeler no podía salir de su asombro. «Pero si me puse el jugo», repetía una y otra vez.La incógnita se develó durante el interrogatorio. Wheeler no estaba ni loco ni drogado; solo era increíblemente estúpido.

Aparentemente unos amigos suyos bromearon sobre lo de la tinta invisible con jugo de limón y en tren de chacota comentaron lo interesante que sería embadurnarse la cara con ese jugo para hacerse invisibles. Wheeler captó la idea, se puso jugo de limón en la cara y se sacó una foto con una cámara Polaroid. Y aquí ocurrió algo que nadie supo explicar: según lo que el sujeto declaró ante los investigadores, ¡en la foto no apareció su cara! Lo único que se les ocurrió sugerir a quienes lo interrogaron fue que, muy probablemente, Wheeler era tan inútil sacando fotos como robando bancos…  [2]

La hipótesis

La cuestión es que el sujeto pasó a los Anales del Crimen como uno de los criminales más certificadamente estúpidos del mundo. Así, no es de extrañar que la publicación de su caso en varios medios llamara la atención de David Dunning, un profesor de psicología en la Universidad de Cornell.  Aparte de lo casi increíble y hasta gracioso del caso, lo que Dunning reconoció en la historia de Wheeler fue algo así como un patrón de conducta general: quienes más carecen de conocimientos y habilidades son los que menos perciben sus propias carencias.

Dispuestos a verificar la veracidad de esta hipótesis de trabajo, Dunning y uno de sus estudiantes – Justin Kruger – realizaron toda una serie de experimentos. Confeccionaron cuestionarios sobre materias tan dispares como gramática, lógica y humor. Después pidieron a una serie de estudiantes que completaran esos cuestionarios y que, al finalizar, estimaran el puntaje que habían obtenido y, además, que consignaran cómo creían qué les había ido comparándose con el resto de la clase. Adicionalmente y por separado, calificaron el desempeño de los entrevistados según las reglas de la materia (p.ej. gramática, lógica) o la opinión de profesionales del rubro (p.ej. humor).

El efecto Dunning-Kruger

Los resultados del experimento no solo confirmaron la hipótesis de los encuestadores sino que las excedieron. [3] De hecho, el conjunto de los que peor calificaron (según las reglas de la materia o la opinión de los expertos) estimó su desempeño como superior al de dos tercios de los demás estudiantes. En otras palabras: los peor calificados  creían estar mejor que el 66,66% de sus compañeros.

La inversa también resultó confirmada aunque con algunas sorpresas. Los mejor calificados en forma objetiva, tal como era de esperar, estimaron su desempeño de una forma mucho más acertada. Pero, sorprendentemente, el grupo superior de los mejor calificados estimó que su desempeño había estado un poco por debajo del promedio de sus compañeros. De nuevo en otras palabras: el grupo de los mejores creyó estar un poco peor de lo que realmente estuvo.

La explicación a este fenómeno no es tan difícil de formular aunque es aparentemente redundante: la confianza que una persona tiene en su conocimiento de una materia tiende a ser inversamente proporcional al verdadero caudal de conocimiento que esa persona tiene de dicha materia.  Por ejemplo: dado determinado nivel mínimo de conocimiento de gramática, mientras menos sabe una persona de gramática más estará dispuesto a creer que sabe mucho y viceversa, mientras más sepa una persona de gramática más tenderá a creer que todavía le falta seguir aprendiendo para dominar el tema. Y esto se explica por un hecho simple: para poder apreciar el nivel de mi conocimiento de gramática tengo que saber gramática. Si apenas sé algo pero no lo suficiente, es muy difícil – por no decir imposible – que pueda evaluar en forma adecuada el grado de mis conocimientos gramaticales.

Sin embargo, esto último también indica que existe un límite para la validez del efecto Dunning-Kruger. Ese límite es la ignorancia absoluta hacia abajo y el saber experto hacia arriba. No puedo opinar sobre mi capacidad para dominar la gramática del chino cantonés cuando no sé ni una bendita palabra en ese idioma. Si me preguntaran cuánto estimo yo que sé del chino cantonés, mi única respuesta posible sería: «Nada». En cambio, si el chino cantonés es mi lengua materna y tengo un título universitario en lingüística cantonesa, probablemente tendría dudas en cuanto a si sé todo lo que hay para saber, aun cuando mi confianza en lo que realmente sé estaría razonablemente justificada.

Que es necesario un conocimiento mínimo para que podamos hablar del efecto Dunning-Kruger quedó demostrado con los experimentos que se realizaron fuera del ámbito universitario. Por ejemplo, cuando se aplicó el cuestionario a conductores de automóviles, se verificó lo que ya se sabía: los que peor manejaban estaban firmemente convencidos de que eran verdaderos ases al volante y los que mejor manejaban eran los más serenos y conscientes de sus errores; pero los que nunca habían aprendido a manejar lo confesaron abiertamente y rechazaron el cuestionario sin comentarios.

Es que hay que saber bastante más de lo mínimo de una cuestión determinada para no ignorar la propia ignorancia y, si se sabe mucho, es casi seguro que se tienda a magnificar un poco esa ignorancia propia. Si se sabe poco no se ven todas las puertas que pueden abrirse para seguir aprendiendo. Si ya se sabe una buena cantidad, con cada conocimiento adicional se abren más y más puertas para seguir investigando y la percepción que uno tiene es que lo que falta saber puede llegar a ser mucho más de lo que uno ya sabe.

El efecto Dunning-Kruger y las redes sociales

Actualmente el mejor lugar para estudiar el efecto Dunning-Kruger es, sin duda alguna, Internet. El ignorante-sabelotodo es un espécimen que abunda sobre todo en las llamadas redes sociales y pulula especialmente en los espacios dedicados a las discusiones sociopolíticas.

Es no solo el que se traga – con carnada, anzuelo, línea, mosca y todo – cualquier patraña inventada en alguna de las múltiples usinas de «fake news». También es el que defenderá a capa y espada – y hasta con insultos y airecillos de superioridad – cualquier teoría, por más estrambótica que sea, si la misma casualmente coincide con sus juicios a priori cuidadosamente alimentados por un grano de verdad germinado en el ámbito de su más que frondosa fantasía.

El grano de verdad es lo que le hace creer que sabe lo que hay que saber del tema. Después, su fantasía completa generosamente el cuadro con una mezcla de filias y fobias;  y con eso ya tenemos un caso clásico del efecto Dunning-Kruger. El ignorante-sabelotodo con un 10% de conocimiento real más un 90% de fantasía pura está fanáticamente convencido de que tiene toda la información necesaria para hacer una revolución que salvará al país y eventualmente hasta a la humanidad entera de todos sus males.

Lo que hay que saber es que resulta absolutamente inútil tratar de discutir con un ignorante-sabelotodo. Cualquier argumento en contra de sus fantasías solo generará toda una serie de defensas agresivas tendientes a querer demostrar que A)- Usted no sabe nada de la cuestión; B)- Usted es un idiota que se deja engañar por informaciones falsas; C)- los únicos que conocen la verdad son los que creen en lo que él cree y D)- si Usted no cree en lo que él cree entonces Usted es un cómplice de los tenebrosos Agentes del Mal por culpa de los cuales este mundo es una reverenda porquería.

De cualquier modo, el ignorante-sabelotodo será como el fanático de cualquier tendencia o rubro: no importa lo que Usted diga, el tipo siempre estará absolutamente convencido de que el que tiene razón es él y que Usted está tan irremediable como lamentablemente equivocado.

«El saber es poder» es una frase que ya conocían hasta los egipcios y que expresa una gran verdad.

Pero nunca menosprecien el enorme poder destructor de la ignorancia.

Especialmente la que marcha junto con la estupidez.

NOTAS
1)-  En realidad deberían hacerlo con una lapicera a pluma de ésas que se mojaban en un frasco de tinta antes de escribir. Pero hoy esas lapiceras probablemente solo existan en algún museo.
2)- Probablemente se sacó la foto a contraluz y sin la exposición adecuada con lo que, en la foto, la cara le habrá salido totalmente en la sombra e irreconocible.
3)- El trabajo publicado por Dunning y Kruger puede consultarse (en inglés) en:
https://pdfs.semanticscholar.org/654d/e896dddeaf5f8b2bc1c633f28ec519c653c7.pdf

 

(*) Politólogo, consultor nacional e internacional, analista de riesgos, especializado en riesgos y procesos sociopolíticos

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