Columnistas

Día de la Memoria: poca historia, mucho mito

Por Rogelio López Guillemain (*)

Quiero compartir con vos un análisis crítico, ecuánime e intelectualmente honesto acerca de una de las épocas más oscuras de nuestro ayer. La dolorosa década del 70.

Como ferviente defensor de los valores republicanos, creo que resulta fundamental conocer y analizar la historia argentina con la razón y no con la pasión. Por eso procuro despertar conciencias con la pluma y la cámara.

Todo comienza muy lejos de aquí, en la Cuba de 1959. Allí se produjo la revolución cubana y se instaló una salvaje dictadura comunista que aún mantiene cautivo a su pueblo. Apenas unos pocos años después, el comunismo cubano, con Fidel Castro y el Che Guevara a la cabeza; financió y promovió el terrorismo en Argentina, y entrenó a sus combatientes.

Las primeras acciones terroristas del siglo 20 en nuestro país, fueron realizadas durante el gobierno constitucional de Frondizi por los Uturuncos, en 1959.

Luego aparecieron otros grupos terroristas como por ejemplo las Fuerzas Armadas de Liberación (FAL); el Movimiento Nacional Revolucionario Tacuara; las Fuerzas Armadas de la Revolución Nacional(FARN); la Formación Revolucionaria Peronista; el Ejercito Guerrillero del Pueblo (EGP), el cual fracasó en su intentó por establecer un foco revolucionario a lo cubano en Salta en 1963; el Movimiento de la Izquierda Revolucionaria Argentina (MIRA); las Fuerzas Armadas Revolucionarias(FAR); las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) y las Fuerzas Armadas de Liberación (FAL).

Todos estos grupos terminaron confluyendo en dos: los Montoneros y el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), los primeros peronistas y los otros marxistas. Estas fuerzas subversivas tenían una clara organización militar; había escalafones, planes de acción, batallones, pelotones, reglamentos, tribunales y juicios sumarios. Poseían un área de propaganda, una de reclutamiento, un ala política, fábricas de armamento y centros de detención y tortura llamadas “cárceles del pueblo”.

Los grupos guerrilleros de todo el continente fundaron la Organización Latino Americana de Solidaridad (OLAS). Dicha organización coordinó en 1966, la llegada a Cuba del primer grupo de argentinos que recibiría entrenamiento subversivo. Entre ellos estaban: el periodista Jorge Masetti, John William Cooke, Marcos Osatinsky, Fernando Abal Medina y el padre Carlos Mujica. Este sistema de entrenamiento se mantuvo por más de 10 años.

Luego del fracasado intento de foquismo rural al estilo cubano en Salta, el terrorismo cambió su estrategia y comenzó a practicar el entrismo en las ciudades. O sea, infiltraban las instituciones sociales, educativas y sindicales confundiéndose con el ciudadano común. Así comenzaron los atentados en bares, edificios, oficinas o en la misma calle; las tomas de comisarías, radios y puestos militares; los sabotajes, los secuestros extorsivos y los asesinatos de policías, militares y civiles.

Ante la escalada de violencia, los sucesivos gobiernos buscaron combatirlos primero con la policia, luego con la gendarmería y finalmente con las fuerzas armadas.

En 1971 Lanusse crea la Cámara Federal en lo Penal (CAFEPE), tribunal dedicado exclusivamente a los delitos subversivos. Esta cámara juzgó a cientos de sospechosos de terrorismo con todas las garantías jurídicas, tanto es así que, luego de dos años de trabajo, absolvió a 600 acusados, condenó a otros 600 y otros 500 sospechosos estaban procesados.

Llegamos así a 1973, fecha en la que Cámpora asume la presidencia. Las primeras medidas de este nefasto personaje fueron: liberar los presos y procesados por la CAFEPE; disolver dicha Cámara y anular las leyes que castigaban con prisión perpetua a quien asesinase a un policía o a un militar.

Ese mismo año llegó Perón a la Argentina y Montoneros desencadenó un sanguinario enfrentamiento conocido como la Masacre de Ezeiza.

En 1973 Perón gana las elecciones presidenciales y su mano derecha, el brujo José López Rega, crea la entidad parapolicial conocida como la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina).

Apenas 8 meses después de asumir la presidencia, muere Perón y es reemplazado por su esposa y compañera de fórmula “Isabelita”. Acá hago un alto para poner en contexto lo que se vivía en el país. La violencia guerrillera y la consiguiente respuesta del gobierno crecían exponencialmente, así lo refleja Inés Izaguirre en su libro: “La Universidad y el Estado terrorista. La misión Ivanissevich”, allí señala que durante el gobierno de Perón los subversivos tuvieron 56 muertos, mientras que en el gobierno de Isabelita tuvieron 923.

Ante tanta violencia reinante, la presidente decretó el estado de sitio y entre los considerandos del decreto podemos leer: “Que ejerciendo la plenitud de su poder el Estado Nacional Argentino debe, con toda energía, erradicar expresiones de una barbarie patológica que se ha desatado como forma de un plan terrorista aleve y criminal contra la Nación toda”; “Que la generalización de los ataques terroristas, que repugnan a los sentimientos del pueblo argentino sin distinción alguna, promueven la necesidad de ordenar todas las formas de defensa y de represión contra nuevas y reiteradas manifestaciones de violencia”. El terrorismo de aquella época realizó 4.380 atentados con bombas, secuestró a 758 argentinos, hirió a 2.368 y asesinó a 1.094 compatriotas (entre ellos 29 niños). Como verás, todo aquel que minimice el terror que asolaba a los argentinos de entonces, o es un ignorante, o es un idiota, o es un perverso.

El gobierno no poseía un instrumento judicial apropiado para enfrentar este caos, así lo reflejaba el Comandante Vilas al expresar que: “Es más fácil hacer pasar un camello por el ojo de una aguja, que condenar en sede judicial a un subversivo”. Isabelita intentó recrear la Cámara Federal en lo Penal, pero ningún juez quiso asumir esa función, decisión bastante lógica si recordamos que sus antecesores sufrieron múltiples atentados e incluso uno de ellos murió acribillado.

Así llegamos al famoso decreto 261/75 dictado por Isabelita en febrero de 1975: “El Comando General del Ejército procederá a ejecutar las operaciones militares que sean necesarias a efectos de neutralizar y/o aniquilar el accionar de elementos subversivos que actúan en la provincia de Tucumán”.

Acá vuelvo a hacer un alto. Es falso pensar que el gobierno peronista se oponía al accionar del ejército, valga como ejemplos lo expresado por la presidente Isabelita en Tucumán en abril de 1975, mientras pasaba revista de las tropas junto a quien ella puso al frente de las operaciones, el comandante peronista Vilas: “Vengo para presentar mis respetos a quienes ofrendan sus vidas para la tranquilidad de los argentinos. Hoy vengo aquí a rendir mi tributo al Ejército argentino. El ejército es hijo del pueblo y lo será siempre”.

O las palabras de Amado Juri, gobernador peronista de Tucumán quien dijo en enero de 1976: “Estamos cumpliendo con la consigna del General Perón de hacer la revolución en paz con la verdad, con la razón, con la justicia de nuestra realización, y no con la sangre y la violencia como pretende la subversión apátrida a la que felizmente nuestras gloriosas Fuerzas Armadas y de Seguridad están combatiendo con heroica decisión para erradicarla definitivamente de nuestro suelo”.

7 meses después, la presidente Isabel Martinez de Perón pide licencia por enfermedad y es reemplazada por el presidente de la Cámara del Senado Ítalo Lúder, este firma un nuevo decreto que extiende la orden de aniquilación a todo el país.

Llegamos así al golpe de 1976, golpe que, le duela a quien le duela, fue apoyado y esperado por la inmensa mayoría de la población, de los partidos políticos, de los sindicatos y de la iglesia. No me creas, revisá las declaraciones de los diferentes referentes de la época y verás que no miento.

El último recuento oficial de desaparecidos y asesinados por el estado de aquella época fue realizado durante el gobierno de Cristina en el 2015 (RUVTE). Según este informe, durante el gobierno peronista que se extendió entre 1973 y 1976, el número total de desaparecidos y asesinados asciende a 1.271 personas, dicho número crece a 7.300 entre 1976 y 1983. Si sumamos ambos períodos, llegamos a la cifra de 8.571 personas. De estas cifras se desprende un dato que no podemos obviar: 1 de cada 6 de estas personas, fue desaparecida o asesinada durante el gobierno peronista previo al golpe.

Finalmente quiero dejar planteado algunos interrogantes y mi opinión al respecto.

*¿Fue o no una guerra lo que aconteció en Argentina?

La pregunta obliga a definir si la guerrilla era o no un ejército. Pues bien, esta fuerza tenía una organización reglamentaria y logística castrense, tenía los escalafones propios de un ejército y ellos mismos se definían como tal. Por todo esto creo que sí hubo una guerra (no convencional) en Argentina.

*¿Variaron las tácticas de combates de ambas fuerzas a lo largo del conflicto?

Si. La guerrilla dejó el inefectivo foquismo rural y eligió como campo de batalla las ciudades. Este cambio buscaba, sumar adeptos entre los obreros y estudiantes y también “camuflarse” entre la multitud, con el implícito riesgo para la población en general. Por su parte, el estado enfrentó a la guerrilla con la policía, la gendarmería y las fuerzas armadas sucesivamente. También debemos recordar, que en un principio se los combatió en forma anárquica, luego se creó un órgano judicial especial (que fue destruido por Cámpora) y finalmente se instauró la figura del desaparecido.

*¿Ambas fuerzas cometieron delitos de lesa humanidad? ¿Son comparables?

Ambas fuerzas cometieron delitos inhumanos, pero no son comparables. Las fuerzas armadas combatieron contra un “enemigo interior” (como dice la Constitución) y cumplieron con el mandato de la entonces presidente Isabel Martínez de Perón. Algunos militares, no la institución, cometieron delitos inhumanos que merecen ser condenados. En cambio, el terrorismo, por su propia naturaleza siempre genera delitos inhumanos. No existe ninguna razón que justifique el querer imponer las ideas por la fuerza y menos aún durante gobiernos democráticos como lo fueron los de Frondizi, Illia y Perón.

*¿Qué queda hoy de todo esto?

Primero debemos poner blanco sobre negro. Ni los militares eran todos “diabólicos” ni los terroristas eran “jóvenes idealistas”. A pesar de ser “políticamente incorrecto”, debemos reconocer, que gracias a las fuerzas armadas (a pesar de lo nefasto de las desapariciones y los abusos) pudimos superar la pesadilla de la guerrilla. Una cosa son las fuerzas armadas como institución y otra muy distinta los militares que cometieron delitos y que deben ser condenados con todo el peso de la ley. Por su parte, los guerrilleros no eran “nenes buenos”; secuestraban, torturaban y asesinaban, incluso asesinaron niños, y creo que esta barbarie no debería quedar impune. Una vez aclarado esto, creo que debemos dar vuelta la hoja y seguir adelante. Países que han estado en guerra como Estados Unidos y Japón o Gran Bretaña y Alemania, se transformaron en socios a los pocos años; en Sudamérica, Chile y Uruguay ya superaron este debate hace años. Es tiempo que Argentina deje de revivir y politizar año tras año este doloroso pasado.

 

(*) Cirujano plástico (docente de la Universidad Nacional de Córdoba) y escritor. Autor de los libros El imperio de la Decadencia Argentina y La rebelión de los mansos. Productor y conductor del programa radial «Sucesos de Nuestra Historia». Publica en Tribuna de Peiodistas

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