Columnistas

El cambio y la ideología

Por Carlos Mira (*)

Un gran titulador argentino, alguien que muchos consideran un as del periodismo, Julio Ramos, un día encabezó la primera plana de Ambito Financiero -la gran sensación de los medios de los ’80 y los ’90- con un título que trasmitía la idea de que todos los temas que eran el corazón del diario habían pasado a segundo plano: “El país es todo fútbol”, escribió Julio cuando la Argentina de Bilardo estaba en Italia ’90.

La irrupción conjunta de la Eurocopa y de la Copa América -jugadas al mismo tiempo (lo que las convierte en una especie de “Mundial por separado”) ha invadido gran parte de la atención del país por estas horas y los temas profundos que continúan por debajo de la superficie en la Argentina, aparecen mezclados con la nariz de Mbappe y con la incógnita sobre cuál será el medio campo argentino en el debut ante Canadá.

Pero, bueno, esos temas de la realidad permanecen latentes y produciendo impactos que, en algunos casos, amortiguados por los efectos de las copas, no dejan de llamar la atención.

Hay un elemento que los une como si fuera un denominador común. Por supuesto que lo que voy a comentar aquí no es ninguna novedad y venimos conviviendo con ello casi desde siempre. Me refiero al indisimulado tratamiento diferencial que algunos temas y personas merecen según sea donde esos temas o personas aparezcan el el arco ideológico de la Argentina.

Un primer caso en ese sentido es la nula reacción del peronismo, de los sectores feministas, de los “colectivos de artistas”, del kirchenrismo, de los que organizan las marchas y jornadas del “orgullo” y de toda la prensa así llamada “progresista”, sobre el caso del ex senador y ex gobernador de Tucumán  José Alperovich que fue sentenciado a 16 años de prisión efectiva (tiene 69 años, así que irá a la cárcel y no a su casa) por violar y abusar de su sobrina y secretaria, 35 años menor que él.

La condena fue firmada por  Juan Ramón Ramos Padilla, un juez kirchnerista de Justicia Legítima, cuya decisión lo pone, paradójicamente, al margen de la curiosidad que vamos a comentar.

Porque efectivamente, el caso de Alperovich es uno más de los que vienen a confirmar que las cosas en la Argentina no son por lo que son sino por el componente ideológico que las rodea. Asi, Alperovich podría haber sido una rata nazi y violadora si hubiera sido, por ejemplo, un integrante del actual gobierno, o alguien cuya conducta no merece el más mínimo comentario porque “José es uno de los nuestros”.

¿Donde estan Carlotto, Thelma Fardin, Luciana Rubinska, Juan Grabois, Juan Cabandie, José Mayans, Pablo Duggan o Gustavo Sylvestre? ¿No se han enterado aun de los que ocurrió? ¿O con Alperovich no?

Esta grosera falta de ecuanimidad sería suficiente para probar que quienes tienen posturas rancias aferradas a la sinrazón no estan dispuestos a aceptar los argumetos de la racionalidad: “es de los nuestros lo defendemos aunque su falta, sus ignorancias o, incluso, sus delitos sean flagrantes. Si es es un “contrera” lo condenamos no solo cuando merezca sino aun cuando tenga razón, esté en lo correcto o, incluso, sea completamente inocente”.

Otro ejemplo en el mismo sentido es lo que está ocurriendo con el robo a las víctimas de las “organizaciones sociales”. Allí se ha probado largamente la extorsion, la amenaza y por ultimo la sustracción que esas orgas perpetraron contra los que menos tienen, contra los que supuetamente conforman las altruístas causas de sus banderas.

Compulsivamente -bajo apercibimiento de privarlos de la comida como si fueran verdaderos esclavos- les sacaban el 2% de lo que los argentinos pagaban de sus impuestos para ayudarlos. Esa masa enorme de dinero iba a parar a los bolsillos de los gerentes de esas organizaciones que disimulaban los ingresos mediante la confeccion de cargos falsos que hacian aparecer en facturas apócrifas. Es en estos casos donde se demuestra que la expresión “reducción del hombre a la servidumbre” (que tantas veces hemos utilizado en estas columnas) no es un simple giro literario sino una situación real y actual.

¿Donde está la voz de Cristina Kirchner condenando este uso espurio de los dineros públicos para enriquecer a ciudadanos que se han quedado con los beneficios de la privatización de la solidadridad?

Obviamente la voz de la condenada no se escucha porque ella hizo lo mismo (multiplicado por miles de millones en su caso) siendo, como es, la capitana sublime de ese equipo de ladrones.

Pero todos los “sensibles” cuidadores de las esperanzas de los pobres tampoco aparecieron; tampoco se los escuchó. Los disfrazados de harapientos se callan la boca porque lo que los anima no es la sensibilidad sino la persecución de la riquza mal habida; del uso de los pobres para hacerse millonarios ellos.

Tampoco se ha escuchado a los adalides de la libertad de prensa saltar contra Pedro Sánchez cuando se conoció que el fascista jefe de gobierno español, traidor a la unidad de España, proyecta limitar la libertad de expresión para que solo pueda ser ejercida por medios “serios” en donde la “seriedad” la definirá él: una especie de Maduro incrustado en una Unión Europea que ignoro cuanto tiempo le permitirá a España continuar con estas barbaridades.

Ocurrió que “su majestad” se ofendió por las criíicas originadas en medios online. Entonces, como toda respuesta, enviará al Congreso de los Diputados un proyecto para que esos medios no puedan expresar sus ideas si estas no conforman los estándares de satisfacción del mandamás.

No escuché a los periodistas argentinos que se escandalizan por las “formas” de Milei comentar horrorizadamente esta iniciativa de Sánchez. ¿Por qué? ¿Acaso no hay allí un peligro para la libertad de prensa?, ¿No es Sánchez un autoriratio que, si esto avanza, viola el derecho humano a la información?

Todo surgió en España por que un influencer local -Alvise Pérez- informó que el ministro de transporte (el mismo que trató a Milei de loco y fascista) había utilizado un auto oficial para ir a ver el recital de Taylor Swift en Madrid y que además lo habia estacionado mal en el lugar del espectáculo. El señor Oscar Puente dijo en X que Alvise era una “saco de mierda”. Acto seguido, Sánchez anticipó que enviaría su proyecto de control a la libertad de expresión en medios de internet.

¿Dónde estan, una vez más, los abanderados de la libertad de prensa en la Argentina? ¿O al socialista (creo, de todos modos, que los socialistas ingenuos -que aún creen que el socialismo puede existir sin el robo- deberían sentirse ofendidos por el hecho de que un fenicio mercenario como Sánchez se embandere en sus principios) no se lo toca?

¿Cuándo verán los argentinos tanta obviedad y tanta hipocresía? ¿O es que todos, en menor o mayor medida, están infectados por ese sesgo infranqueable que les impide analizar con ecuanimidad lo que tienen delante de sus ojos? ¿O es que tienen vedada para siempre la posibilidad racional (y únicamente humana) de admitir, reconocer y, a partir de allí, rectificar.

Algunos parecen haberlo hecho suficientemente protegidos por el secreto del voto el 19 de noviembre pasado. Pero hay veces que la honestidad y la mismísima democracia exigen que las posturas sean públicas y no secretas. El secreto ofrece seguridad y hasta protege del qué dirán. Pero ese mismo refugio impide que la sociedad tome cotidiana conciencia del alcance y profundidad que tiene el cambio.

Cuando lo obvio es admitido por aquellos que hasta ahora lo negaban, allí sí se puede decir que el cambio ha iniciado un camino sin retorno. Mientras ese cambio solo pueda expresarse bajo las protecciones del secreto, siempre estará expuesto a que la vergüenza, la ideología o la hipocresía flagrante logren abortarlo.

 

(*) Periodista de actualidad, economía y política. Editorialista. Abogado, profesor de Derecho Constitucional. Escritor

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