Columnistas

El lado correcto de la historia

Por Gastón Bivort (*)

¿Conocemos a alguien que cree estar del lado equivocado de la historia y así y todo no se mueve de él? Probablemente no. En la historia de la humanidad y hasta nuestros días existen innumerables ejemplos que parecen relativizar la existencia de un lado correcto. Si tomamos solamente los últimos dos siglos, vamos a observar que nutridos grupos de personas murieron convencidos que la esclavitud era un buen sistema, que la explotación de los trabajadores era lícita y que la mujer debía ser relegada a un rol secundario en la sociedad. Otros lo hicieron añorando las ideas de regímenes totalitarios como el nazismo o creyendo ver en el régimen soviético un paraíso en la tierra. Más cerca en el tiempo, nos encontramos con defensores de regímenes opresivos como los que existen en Cuba, Nicaragua o Venezuela. Todos ellos creyeron o creen estar parados en el lado correcto.

Sin embargo, coincido con el escritor norteamericano Ben Shapiro cuando plantea  que en verdad existe un lado correcto de la historia basado en los valores judeocristianos y la razón. Valores que permitieron el nacimiento de la ciencia, el sueño del progreso, los derechos humanos, la prosperidad, la paz y la belleza artística. Valores que construyeron  Occidente, derrotaron al comunismo y sacaron a miles de millones de personas de la pobreza. En síntesis, Shapiro nos propone el ejercicio de reconocer si estamos o no en el lado equivocado a partir del análisis de un dato concreto: el grado de progreso y prosperidad alcanzado por una nación. Cuenta Borges la historia de un  bárbaro que al ver los capiteles y las columnas de Roma se cambió de bando y luchó hasta la muerte del lado romano…

Toda esta introducción viene a cuento del discurso de asunción del presidente Milei, quién eligió rescatar a aquellos hombres que llevaron a la Argentina a su apogeo de prosperidad y  progreso. Alberdi, Sarmiento y Roca, reivindicados ahora por Milei, fueron “cancelados” por el relato kirchnerista que decidió poner en su panteón a hombres que comulgaron con ideas autoritarias, colectivistas y reñidas con el progreso. La omnipresencia en el discurso oficial de Rosas, Perón, Eva Perón, Cámpora, el “che” Guevara, Rodolfo Walsh,  Chávez, Castro, Néstor y tantos otros, fue recurrente en estos tiempos. Los medios oficialistas y los profesores de historia militantes colaboraron divulgando y adoctrinando.

Alberdi, Sarmiento y Roca, pertenecieron a esa raza de hombres que sostuvieron aquellos valores necesarios para transformar la Argentina. Lograron convertir un país de bárbaros en un potencia mundial, marcando un rumbo de grandeza y prosperidad que se extendió hasta las primeras décadas del siglo XX. El mismo rumbo que comenzó a extraviarse cuando gobiernos populistas y autoritarios comenzaron a apartarse de la tradición liberal en la que se sustenta nuestra Constitución. Alberdi fue  el hombre de la organización jurídica, Sarmiento el de la educación y Roca el del orden; los tres con la vocación irrenunciable de hacer carne los principios liberales de la Revolución de 1810 impulsada por nuestros padres fundadores.

¿Qué son esos principios representados por la Revolución de Mayo? se preguntaba Alberdi en sus “Bases”. “…El sentido común y la razón aplicados a la política, la igualdad de los hombres, el derecho de propiedad, la libertad de disponer de su persona y de sus actos…” se respondía, al tiempo que introducía estos valores en la Constitución de 1853.

Sarmiento, cuyas políticas educativas sostenidas en el largo plazo lograron erradicar un analfabetismo que en 1869 alcanzaba al 80% de la población, afirmaba que “…Si la educación no prepara a las generaciones venideras, el resultado será la pobreza y la oscuridad…”. Lamentablemente el tiempo le dio la razón y por ello Milei en su discurso aludió a su figura. “Si Sarmiento se levantara…” aseveró, al referirse a los paupérrimos resultados aportados por las estadísticas y las pruebas internacionales.

Roca, llamado a garantizar la paz y administrar el crecimiento económico que se observaría poco tiempo después, aseguró en su discurso con el que inauguró su presidencia en 1880, que “…Será duro. Pero nada grande, nada estable y duradero se conquista en el mundo, cuando se trata de la libertad de los hombres y del engrandecimiento de los pueblos, si no es a costa de supremos esfuerzos y dolorosos sacrificios”. Fue la misma frase utilizada por Milei en su discurso al referirse al desafío que tiene por delante.

Quizás el cambio de era que asoma, permita avizorar nuevos “bárbaros” que como en el cuento de Borges cambien de bando al ver los capiteles y la columnas de Roma. Mientras tanto, celebro que los primeros pasos del presidente hayan sido dados hacia el lado correcto de la historia.

 

(*) Profesor de Historia, Magister en dirección de instituciones educativas, Universidad Austral, vecino de Pilar

 

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