Columnistas

El miedo…

Por Ernesto Martinchuk (*)

“Ya por la ciudad de Burgos el Cid Ruy Diaz entró a las ventanas de Burgos mucha gente se asomó. (…) Una niña de nueve años muy cerca del Cid se para: “No nos atrevemos, Cid, a darle asilo por nada, porque ni no perderíamos los haberes y las casas, perderíamos también los ojos de nuestras caras. Cid, en el mal de nosotros vos no vais ganando nada. Seguid y que os proteja Dios con sus virtudes santas”.

Estas palabras pertenecen al primer documento literario de nuestro idioma español. Está inspirado en la figura histórica de Don Rodrigo Díaz de Vivar (Vivar del Cid. c. 1043 Valencia, 1099), un autor anónimo lo convirtió en héroe literario, y un tal Pedro Abad copió el extenso poema épico en el siglo XIII y así llegó hasta nosotros el Cantar del mío Cid.

En el poema requería, el protagonista ostenta todas las virtudes que la época requería; su indiscutible liderazgo se complementa con astucia, valentía, cristiandad, fidelidad. Pero por cuestiones políticas, el rey Alfonso lo ha desterrado. Junto a sus fieles caballeros, el Cid pasa por la ciudad de Burgos, pero la orden es que nadie lo reciba ni que tampoco le ofrezcan provisiones.

Sobre la ciudad sobrevuela el temor: el infractor podría perder sus bienes, la salvación de su alma o hasta “los ojos de la cara”. Esa sensación es la misma que hoy muchas personas sienten y vemos a muchos ciudadanos tristes, abatidos, mudos, desesperanzados…

En Burgos, las ventanas eran como los ojos de la sociedad, espiaban hacia afuera. Hoy en el siglo XXI esas ventanas son las redes sociales.

Hoy como ayer

El miedo es hoy, como lo fue siempre, uno de los elementos constitutivos más poderosos de las relaciones sociales y de los procesos de producción de subjetividades que buscan la homogenización y la desaparición de las diferencias, así sea a costa de la liquidación de los que piensan diferentes. El miedo se constituye en un operador de los territorios del poder para el control de los ciudadanos y las políticas que lo promueven, se articulan a las nuevas modalidades de hacer política.

El miedo se produce y se actualiza en el acontecimiento mismo del ejercicio del poder. Es en los escenarios en los cuales se construyen hegemonías y se destruyen sueños, en donde los imaginarios del sentido común son sometidos a la prueba de las fuerzas reales que desgarran al sujeto y ponen en evidencia que las certezas que le otorga su identidad de buen ciudadano no son para nada un camino unidireccional asegurado hacia un cada vez mayor bienestar.

Ya Guiles Deléuze, en su libro: “Lógica del Sentido”, lo había advertido: “Porque la incertidumbre personal no es una duda exterior a lo que ocurre, sino una estructura objetiva del acontecimiento mismo, en tanto que va siempre en dos sentidos a la vez, y que descuartiza al sujeto según esta doble dirección. La paradoja es primeramente lo que destruye al buen sentido como sentido único, pero luego es lo que destruye el sentido común como asignación de identidades fijas.

Preparando esta crónica encontré esta joya de un premio Nobel de literatura:

El hecho de que la democracia pueda definirse con mucha precisión no significa que funcione realmente. Una breve incursión en la historia de las ideas políticas conduce a dos observaciones a menudo descartadas so pretexto de que el mundo cambia.

La primera recuerda que la democracia apareció en Atenas, hacia el siglo V antes de Cristo; que suponía la participación de todos los hombres libres en el gobierno de la ciudad; estaba fundada en forma directa, siendo los cargos efectivos o atribuidos según un sistema mixto de sorteo y elección; los ciudadanos tenían derecho al voto y a presentar propuestas en las asambleas populares.

Sin embargo, esta es la segunda observación, en Roma, la continuadora de los griegos, el sistema democrático no consiguió imponerse. El obstáculo procedió del poder económico desmedido de una aristocracia latifundista que veía en la democracia un enemigo directo. Pese al riesgo de toda extrapolación, ¿podemos evitar preguntarnos si los imperios económicos contemporáneos no son también adversarios radicales de la democracia aunque por el momento se mantengan las apariencias?

Algunos me dirán: pero las democracias occidentales no son censatarias ni racistas, y el voto del ciudadano rico o de piel blanca cuenta tanto en las urnas como el del ciudadano pobre o de piel oscura. Si nos fiamos de semejante apariencias, habríamos alcanzado el summun de la democracia.

A riesgo de aplacar estos ardores, diré que las realidades terribles del mundo en que vivimos hacen irrisorio ese cuadro idílico y que, de un modo u otro, acabaremos dando con el cuerpo autoritario, disimulado bajo los más bellos atavíos de la democracia.

La experiencia confirma que una democracia política que no descansa sobre una democracia económica y cultural no sirve de mucho.

Creemos haber avanzado pero en realidad retrocedemos. Hablar de democracia se volverá cada vez más absurdo, si nos obstinamos en identificarla con instituciones denominadas partidos, parlamentos, gobiernos, sin proceder a un análisis del uso que estos últimos hacen del voto que les permitió acceder al poder. Una democracia que no se autocrítica se condena a la parálisis.

Se dice también que la democracia es el sistema político menos malos, y nadie se percata de que esta aceptación resignada de un modelo que se contenta con ser el “menos malo” puede constituir el freno de una búsqueda de algo “mejor”.

Decir gobierno “Socialista” o “Social demócrata”, o aún “Conservador”, o “Liberal” y llamarlo “poder”, no es más que una operación estética barata. Es pretender nombrar algo que no se encuentra allí donde querían hacérnoslo creer. Porque el poder, el verdadero poder, se encuentra en otra parte: es el poder económico.

En términos más claros: los pueblos no han elegido a sus gobiernos para que estos lo “ofrezcan” al mercado. Pero el mercado condiciona al gobierno para que éstos les “ofrezcan” a sus pueblos. En nuestra época de una mundialización liberal, el mercado es el instrumento por excelencia del único poder digno de ese nombre, el poder económico y financiero. Éste no es democrático puesto que no ha sido elegido por el pueblo, no es gestionado por el  pueblo, y sobre todo porque no tiene como finalidad el bienestar del pueblo.

El sistema llamado democrático se parece cada vez más a un gobierno de ricos y cada vez menos a un gobierno del pueblo”. (José Saramago; escritor portugués, premio Nobel de literatura 1998).

Para pensar

Una democracia efectivamente preocupada por el bienestar y la felicidad de su pueblo no puede permitirse el lujo de: Según el INDEC, conducido por Marcos Lavagna, (Frente Renovador) el 57%, 7,4 millones de niños y adolescentes de 0 a 17 años crecen en situación de pobreza y dentro de ese total el 14,3 %, 1.4 millones, se encuentra en la pobreza extrema por no contar con los recursos suficientes para acceder a una alimentación básica. La inflación interanual es del 150%. Desde el regreso democrático, -hace 40 años- la Argentina no pudo nunca reducir la pobreza infantil por debajo del 30%, según un informe publicado por UNICEF.

Según las estadísticas las mayores incidencias de la pobreza en personas se observaron en las regiones Noreste (NEA), 50%; y Noroeste (NOA), 48%, en las regiones Patagónicas, 38%; y GBA, 51%. Hace más de una década que el 60% de los adolescentes argentinos no entienden lo que leen, más del 70% no es capaz de resolver un ejercicio simple de matemática y manejan un léxico de poco más de 80 palabras. Por otra parte, existen niños de 10 años que no saben leer ni escribir.

Los corruptos se llevan nuestras esperanzas y nuestras ilusiones a sus bolsillos, repletos de codicias y miserias humanas. Debemos tener capacidad de asombro para poder luchar contra la inacción de quienes pudiendo castigar, no castigan, pudiendo juzgar, no juzgan, pudiendo legislar, no legislan y pudiendo gobernar no gobiernan.

¿De dónde proviene esta crisis que estamos viviendo?

La vida humana se ha convertido en un verdadero dolor. Hay problemas de todo tipo, en la economía, la educación, la salud, en la seguridad, todos los días hay asaltos, muertes, corrupción, hay drogas y los niños y los jóvenes se crían en ese ambiente enviciado. Un ambiente contaminado que no permite ver un mañana. Todo está a la deriva.

El valor está en la conducta, en la palabra, en el comportamiento y no en las ideas que se expresen sobre cómo debe comportarse el hombre. En nuestra sociedad estamos demasiado predispuestos a confundir discursos con valores.

Uno de los tantos rasgos de la crisis actual de nuestro país es que está demasiado verbalizada, demasiados opinólogos, donde se desperdician demasiadas horas discutiendo temas de poca o nula trascendencia, donde un tema del espectáculo tapa a otro. El pensamiento que no conduce a la acción no sólo es estéril, sino que, además, es engañoso.

Cuántas décadas venimos escuchando el “canto de las sirenas”. Pero debemos recordar que las sirenas, se disfrazaron durante mucho tiempo con cantos maravillosos, que han seducido y atrapado a los más incautos, que luego de capturarlos, los han venido destrozando quitándoles su dignidad como personas al dejarse llevar por esas melodías que han quedado detenidas en el tiempo. Ese canto es el placer inmediato, es la gran tentación, ese límite que dice cuánto se le da al presente y cuánto se reserva para el futuro, pero oculta en qué medida no se incinera el futuro…

Existe una verdadera crisis de valores. La gente está desesperanzada, triste. Tenemos de todo, pero algo nos falta… Nos falta un horizonte superior, mirar más arriba del horizonte, donde vivir para algo signifique vivir con sentido…

 

(*) Periodista (publica en el portal Tribuna de Periodistas), escritor, documentalista

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