Columnistas

«Joe» Stefanolo «el abogado del rock» y los asesinatos que enlutaron la vida de Fito Páez

Por Ricardo Ragendorfer (*)

En noviembre de 1986, cuando el músico estaba en pleno ascenso artístico, fueron asesinadas su tía y abuela, que lo habían criado tras la temprana muerte de su madre. La tragedia, a su vez, se vio agravada por turbios manejos de la policía rosarina. Stefanolo, abogado ya vinculado al mundo rockero, recuerda algunos los detalles en el marco de su oportuna intervención.

La noticia le llegó por vía telefónica durante el anochecer del 7 de noviembre de 1986. Y él palideció, sin saber qué palabras poner en su boca.A continuación, su interlocutor le dijo:

–Mañana llega a Ezeiza. Hay que sacarlo de allí sin que la gente lo vea. Después habrá que acompañarlo a Rosario.

A tal efecto, al día siguiente lo fue a buscar Juan Carlos Baglietto a su estudio de la calle Tucumán. Era un amigo del viajero en cuestión.

Es que José Albino Stefanolo (a) “Joe” era –así como lo solía definir la prensa– «el abogado del rock”. Entre sus clientes estaban Charly García, Pipo Cippolati y Luca Prodan. A ello se le añadía una hazaña histórica en el campo del Derecho: haber logrado –en agosto de aquel año– que la Corte Suprema declarara inconstitucional la persecución por tenencia de estupefacientes para consumo personal. Fue a raíz del caso de Gustavo Bazterrica, el guitarrista de “Los Abuelos de la Nada”, quien había padecido un calvario kafkiano después de que la policía secuestrara en su domicilio 3,6 gramos de marihuana.

Sin embargo, Joe ahora se sentía ante el desafío más difícil y dramático de su carrera. No se equivocaba. Ya en el aeropuerto, vio en un kiosco la portada del diario “Clarín”; allí resaltaba un título: “Asesinan a la abuela de Fito Páez y a otras dos mujeres”.

Joe lo encontró en una oficina aledaña al hall de arribos. Y nunca pudo olvidar esa escena: Fito, quien se había enterado del triple crimen estando de gira en Río de Janeiro, permanecía inmóvil, sentado en el piso, con la espalda contra la pared, en posición fetal. Parecía ausente.

Rapsodia en rojo

En este punto es necesario situarnos en la ciudad de Rosario, 24 horas antes. Aquel viernes al mediodía, un hombre llegó a la casa situada en la calle Balcarce 681. Desde el interior de la vivienda se escuchaba una radio prendida. Y tocó el timbre, sin que nadie lo atendiera. Entonces, no vaciló en forzar la puerta.

Una preocupación lo carcomía: su esposa, Fermina Godoy, de 33 años, quien era allí la empleada doméstica, no había regresado la noche anterior a su hogar. Desde entonces no supo más de ella.

Lo cierto es que, al asomarse a la antesala, un golpe de ojo le bastó para comprender la razón.

Fermina, empapada en sangre, yacía con varias puñaladas en el vientre. Ella estaba embarazada. A un metro y medio, estaba el cuerpo de Josefa Páez, de 76 años, también cosido a puntazos. Ella era tía abuela de Fito. Y tumbada en un sofá, con los ojos bien abiertos e inmóviles, había quedado Delia Páez, de 80 años, con un tiro en la frente: la abuela de Fito.

La radio seguía sonando.

El músico vivía con ambas desde el fallecimiento de su madre, cuando él tenía apenas ocho meses. Su padre –el cuarto habitante de esa casa– había muerto un año antes de los  asesinatos.  La prensa –basándose en “fuentes de la investigación»– atribuyó esa carnicería al pobre viudo, quien terminó “demorado”.

–El caso está prácticamente esclarecido–, soltó un policía de alto rango a Stefanolo, ni bien llegó a esa ciudad con Fito.

En cuestión de horas, tal hipótesis se desplomó estrepitosamente.

A partir de entonces, esa pesquisa fue para Fito una pesadilla accesoria. Una pesadilla que Stefanolo rememora con suma precisión.

He aquí su relato al respecto:

“Ahí comenzó la batalla. Porque en Rosario tenían la brillante idea, los señores investigadores, del protocolo. El protocolo indica que, cuando hay un homicidio, hay que investigar a la familia, a los amigos y el narcotráfico. Así empezó la pesquisa. Todo era un disparate. Porque el objetivo de quienes  las mataron, fue el robo. Era un robo seguido de muerte. Eso fue lo que ocurrió. Pero la policía no hablaba del robo. Estaba la plana mayor. Estaba el jefe de policía, el jefe de esto, el jefe del otro. Todos eran jefes, no había ninguna tropa. Todos jefes eran. No había ningún normal. Y yo le digo: “Bueno, ¿y a Fito lo ponen también en la lista de sospechosos? Bórrenlo porque él no estaba, estaba en Brasil”.

Los policías –recuerda Stefanolo– le preguntaban a Fito por sus amigos, Y anotaron los nombres de Baglietto y de Luis Alberto Spinetta, entre otros.

Entonces, Stefanolo los increpó:

– ¿Qué están haciendo?

–Y… estoy anotando

– ¿Usted está anotando sospechosos? Estos son los músicos. Son sus amigos. ¿Qué carajo está anotando?

–Es el protocolo –respondió un subcomisario, con expresión impávida.

Tal vez el detalle más canallesco de aquella investigación fue el súbito hallazgo de una exigua cantidad de marihuana en la habitación de Fito.

Tiempo después, él diría al respecto:

“Mi primo y mi tío vieron a uno de los canas meter un cacho de “fumo” en un cajón donde yo tenía guardadas cosas mías, letras y papeles. Lo vieron, pero nosotros no quisimos ahondar mucho en ese asunto. Se ve que la policía quería encontrar muy rápido un culpable”.

En rigor, ello hizo que a Fito le abrieran una causa penal. Stefanolo aún hoy recuerda el episodio con indignación:
“Tuve que ir a con él por el tema a un Juzgado Federal en el medio del duelo. Fue una afrenta total y absoluta. Lo único que rescato de eso fue que el juez, que creo se llamaba Flores, se mostró muy dolido por la tragedia de Fito. Y no vaciló en dictar de inmediato su sobreseimiento”.

Al concluir el trámite, ambos salieron de Tribunales. Enfrente había un edificio en construcción; desde allí, los obreros empezaron a gritar: “¡Fuerza Fito ¡Fuerza Fito!”.  Stefanolo recuerda esa circunstancia, y dice: “Después de lo que pasó, fue la primera vez que lo vi sonreír”.

El episodio del “porro plantado” figura en la canción “Ciudad de pobres corazones”, con la siguiente frase: “No quiero pensar quien puso la yerba en el viejo cajón”.

En tanto, la pesquisa seguía girando en torno a la nada. Sus deducciones pasaron a ser desoladoras: dado que los ingresos no habían sido violentados, la hipótesis del robo no pudo comprobarse, porque lo único que faltaba era un un viejo grabador de Fito y collar de perlas plásticas de Delia. La investigación quedó así estancada. Pero no para siempre.

Los chacales

Al año, fue detenida en la zona roja de Rosario una mujer trans con ese mismo collar. Y declaró que se lo había regalado su novio, un tal “Walter”.

El susodicho resultó ser Walter de Giusti, de 23 años, quien vivía en la calle Güemes 3130, a siete cuadras del lugar de los asesinatos. Ni bien comenzó el allanamiento a ese sitio, los policías encontraron el grabador que también había sido robado.

Walter y su hermano, Carlos, de 18 años, hacían trabajos de plomería y eran muy conocidos en el barrio. De hecho el mayor fue compañero de Fito en el Colegio Dante Alighieri. El día de los crímenes habían ido a la casa de las ancianas para arreglar un caño.

Una vez que lo detuvieron, Walter confesó todo, pero no solo eso, sino, además, dijo que había matado a otras dos mujeres una semana antes del triple crimen. Fue en una casa de la calle Garay 1081. Y sus víctimas fueron Ángela Cristofanetti, de 68 años, y su hija, Noemí, de 31. Ambas fueron malogradas a golpes y puñaladas.

El 4 de diciembre de 1986, casi al mes del triple crimen, Walter ingresó como agente de policía a la subcomisaría de Pueblo Esther, a 15 kilómetros al sur de Rosario. Allí prestó servicios hasta su arresto.

En agosto de 1987 fue condenado a prisión perpetua y su hermano, tras unos años de cárcel, obtuvo la libertad condicional.
Estando tras las rejas, Walter De Giusti murió de SIDA el 12 de agosto de 1998.

Sobre ellos, Stefanolo dijo:

“Los asesinos eran tipos que andaban muy mal del bocho. Sólo por un par de robos chiquitos hicieron esto. No hay justificación. Andaban muy mal del bocho. Eran dos enfermos. Pero imputables. Sabían lo que hacían”.

Desde entonces transcurrieron casi 37 años.

 

(*) Periodista de investigación y escritor, especializado en temas policiales

 

 

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