Columnistas

La condición humana en el espejo del cine

Por Gastón Bivort (*)

En los albores de la modernidad y en el marco del movimiento renacentista, irrumpió en Europa, una nueva concepción filosófica que puso al hombre en el centro del mundo. Esta nueva mirada, descalificaba la teoría teocéntrica medieval que aseguraba que el destino de los hombres dependía de la voluntad divina, y adoptaba, en su lugar, el antropocentrismo, es decir, la idea de que Dios había creado al hombre con libertad, para que, siendo dueño de sus actos, elija su propio camino.

Hacia fines del siglo XV, en su “Discurso sobre la dignidad humana”, el florentino Pico Della Mirandola reflejaba de manera admirable esta nueva cosmovisión. Podemos verlo con claridad en uno de los fragmentos de esta obra, donde Dios le habla a Adán en primera persona: “…No te he hecho ni celeste ni terreno […], con el fin de que tú, como árbitro y soberano artífice de ti mismo, te informases y plasmases en la obra que prefirieses. Podrás degenerar en los seres inferiores que son las bestias, podrás regenerarte, según tu ánimo, en las realidades superiores que son divinas…”

Creí necesario hacer esta introducción para reflexionar sobre las contradictorias imágenes de la condición humana que devuelven, cuál espejo del fragmento citado, dos extraordinarias películas, basadas en hechos reales, que competirán por el premio Oscar a la mejor película extranjera. Se trata de “La sociedad de la nieve”, film que describe la historia de resiliencia y superación de los jóvenes uruguayos que sufrieron el accidente aéreo en los Andes, allá por el año 1972, y de “Zona de interés”, que narra la vida del jerarca nazi Rudolf Hoss, Comandante de Auschwitz, quién vivía con su familia, paredón de por medio, al lado de este tristemente célebre campo de exterminio.

En “Zona de interés”, se destaca la indiferencia y naturalización del mal con la que convivían sin mayores dificultades Hoss, su esposa y sus hijos pequeños. Entre disparos, gritos desesperados y chimeneas humeantes de fondo, la vida de este lado del muro transcurría plácidamente. La mujer del oficial nazi arreglaba y disfrutaba su jardín con flores, invernadero y piscina. Se reunía con sus amigas a tomar el té que era servido por muchachas traídas del campo de exterminio y no tenía reparos en quedarse con ropa de lujo, joyas y hasta chocolates arrebatados a los prisioneros. La mujer de Hoss había encontrado su lugar en el mundo. Le encantaba que la llamaran la “reina de Auschwitz”.

Hoss, el “carnicero de Auschwitz”, realizaba su “trabajo” con total dedicación sin reparar en la humanidad de lo que él llamaba “piezas”, las cuales debían ser eliminadas y posteriormente incineradas en los hornos crematorios. Las cenizas eran utilizadas sin ningún prurito para fertilizar la tierra del jardín de la señora Hoss.

La filósofa alemana Hannah Arendt acuñó la expresión “banalidad del mal” para describir como puede ser trivializado el exterminio de seres humanos, cuando se realiza como procedimiento burocrático ejecutado por funcionarios incapaces de pensar en las consecuencias éticas y morales de sus actos. La “banalidad del mal” dijo Arendt, es parte de la complejidad del corazón de los hombres.

En “La sociedad de la nieve”, se observa la otra cara de la condición humana. Prevalece la solidaridad, la empatía y el altruismo, también propias del ser humano, en un marco natural impropio para el ser humano. Después del accidente aéreo al que varios sobrevivieron milagrosamente, se encontraban a 4000 metros de altura, en el medio de la cordillera y rodeados de nieve. El poco alimento y el abrigo se repartió sin egoísmos y abundaron las palabras de ánimo para alentar la esperanza mutua.

Pero quizás el gran contraste con “Zona de interés”, se observa en la sacralidad que los sobrevivientes de los Andes le otorgaron al cuerpo humano. Sabemos que los jóvenes uruguayos debieron recurrir al cuerpo de sus amigos muertos para alimentarse, pero lo hicieron con el mayor de los respetos. Fue un gran dilema ético y moral para ellos que se zanjó en favor de la posibilidad de supervivencia de los vivos. Ellos mismos, sabiendo que quizás no sobrevivirían, ofrecieron sus cuerpos abiertamente para que al morir, otros pudieran vivir. Numa Turcatti, quién murió poco antes de que fueran encontrados y rescatados, tenía entre sus manos al momento de expirar, un papel que tenía escrita la frase “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos”.

Rudolf Hoss fue condenado y murió en la horca tras el juicio de Nüremberg, repudiado por los ex prisioneros que sobrevivieron al horror y por la humanidad toda.
Los jóvenes que quedaron en el Valle de las Lágrimas, en plena cordillera, viven en el corazón de quienes los conocieron.

Podrás degenerar en los seres inferiores que son las bestias, como Hoss, el criminal de guerra nazi, o podrás regenerarte en las realidades superiores que son divinas, como los “socios de la nieve”.

 

(*) Profesor de Historia, Magister en dirección de instituciones educativas, Universidad Austral, vecino de Pilar

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