Columnistas

Los buenos malos y los malos buenos

Por Denes Martos (*)

La línea de la batalla entre el bien y el mal
pasa por el corazón de todo hombre.
Alexander Solyenitzin
La vida no es ni buena ni mala
sino solo un lugar para el Bien y el Mal.
Marco Aurelio

 

Una de las críticas que se le hace a la cultura actual es que el exceso de intelectualidad que todo lo explica y el permisivismo que todo lo admite han borrado la frontera entre el Bien y el Mal.

En cierta medida la afirmación parecería sostenerse. El mensaje constante es: hagan lo que quieran, lo que sientan, lo que deseen; sean «auténticos», no obedezcan a simples «mandatos culturales»; todo el mundo tiene derecho a la libertad, a ser feliz a su manera, a que no le dicten cómo debe comportarse, a que no le pongan límites a su creatividad…

Los nuevos buenos

A mucha gente el mensaje le suena bien y, seamos objetivos, algo de eso hay; a nadie le gustan las imposiciones y los «porque sí» de la arbitrariedad. Pero el mensaje viene con trampa. Apenas uno rasca un poco la superficie de las palabras, aparece la hipocresía y la realidad objetiva desmiente el mensaje. Porque no es cierto que «todo está bien»; no es cierto que todo el mundo puede emitir su opinión libremente; no es cierto que cualquiera puede ser feliz a su manera y vivir de acuerdo con sus convicciones sin que nadie tenga derecho a molestarlo por ellas.

Debajo de la falsía de esa supuesta libertad permisiva hay toda una selva de imposiciones, prohibiciones y encasillamientos. Hay, en realidad, todo un largo código moral que establece rígidamente qué está bien y qué está mal. Lo que sucede es que este estricto – muy estricto – código moral no se promociona de una forma tan explícita. Además, es muy nuevo y mucha gente todavía no ha terminado de percatarse de su existencia. Mucha gente todavía casi ni ha tomado conciencia de que existe en absoluto. Y además, para unos cuantos resulta increíble y hasta casi inimaginable porque en su mayor parte es exactamente la inversa del código moral tradicional; por lo que son también muchos los que lo consideran una moda pasajera que no es más que un transitorio capricho de adolescentes, o la insólita pretensión de una minoría de personajes estrambóticos.

Los nuevos malos

Lean cualquier diario, abran cualquier libro que trate algún tema de actualidad, mantengan la mente bien abierta y presten mucha atención a los datos, en especial a la adjetivación y muy especialmente a la valoración de esos datos. En muy poco tiempo podrán comprobar que la dicotomía del Bien y del Mal no ha desaparecido en absoluto. El mundo entero sigue lleno de «grietas» que separan a los «buenos» de los «malos». Hay gobernantes populistas y hay dictadores; hay demócratas de un lado frente a fascistas del otro; los representantes del odio se enfrentan a los tolerantes; los progresistas son los dueños indiscutibles del futuro y los tradicionalistas son las rémoras petrificadas del  pasado…

Buenos de un lado y Malos del otro. Parecería que no hay nada nuevo bajo el sol. Y sin embargo lo hay: los Buenos se antaño se volvieron Malos y los Malos de antaño se volvieron Buenos. Es la transvaloración de los valores mencionada por Nietzsche pero realizada en un sentido muy distinto al que él tenía en mente.

Es que no solo hay actitudes y convicciones dogmáticamente adscriptas al Bien y al Mal; también hay figuras históricas y arquetipos humanos que han corrido la misma suerte. Por ejemplo, el hombre blanco, europeo y cristiano, se ha convertido en la encarnación del paradigma del Mal Absoluto. Según las acusaciones de los nuevos Buenos, es el que ha quemado cientos de miles de herejes en las hogueras de la Inquisición; el que ha masacrado millones (sic) de indígenas –  ahora llamados «pueblos originarios» – en América; es el que ha inventado el capitalismo esclavizador y expoliador; el que ha sumido en la más extrema pobreza a millones de personas; es el que ha confinado a las pobres mujeres en la cárcel de sus hogares convirtiéndolas en «fábricas de bebés»; es el responsable de todas las guerras que hubo en Occidente, incluso las que se libraron contra el musulmán invasor; es el inventor de la carrera armamentista; es el representante del imperialismo y el principal suministrador de ese opio para los pueblos que es la religión. El varón blanco, cristiano y europeo sería, en una palabra, el deleznable monstruo que durante siglos enteros no ha hecho más que tratar de saquear y dominar a todo el resto de la población del planeta.

Por supuesto que este relato choca contra un pequeño inconveniente: para demostrar la verosimilitud de esta argumentación hay que reescribir toda la Historia Universal conocida. Porque con los datos reales y verificables del pasado es completamente imposible construir una imagen como ésa. En cierta medida la re-escritura de la Historia se puede hacer – y se ha hecho – con varios hechos puntuales ocurridos entre 1450 y 1750, y con gran parte de la Historia comprendida entre 1750 y 1900. Después, prácticamente toda la Historia Oficial posterior al inicio del Siglo XX está escrita de acuerdo con los intereses de los vencedores de las guerras que ocurrieron.

¿El Auschwitz nazi?  No.  Es un campo de concentración
norteamericano en EE.UU. durante la II Guerra Mundial
para ciudadanos norteamericanos de ascendencia japonesa.

Pero esconder datos, falsificar documentos, reinterpretar hechos, exagerar tendencias y citar testigos falsos, es trabajoso y siempre aparece un incómodo contestatario más preocupado por la verdad que por el relato. Por eso es que, en lugar de una Historia basada en hechos, hoy tenemos un mero relato histórico basado en interpretaciones y anécdotas de dudosa veracidad. Envolviendo los hechos en una nebulosa narrativa se hace después muy fácil construir una leyenda mediante la cual se pueden silenciar en forma conveniente todos los méritos de la cultura occidental, magnificando hasta la exageración los errores y los aspectos desfavorables – que por supuesto los hay – para terminar identificando como el origen de todos los males morales a Occidente y al hombre de Occidente.

La de-construcción, mitificación y demonización de la cultura occidental europea es algo imprescindible porque solo destruyendo la cosmovisión y los valores del hombre blanco de Occidente es posible tratar de establecer un Nuevo Orden Mundial, con nuevas reglas morales basadas en principios y valores completamente diferentes.

No se trata tan solo de una reactualización de la bipolaridad básica que subyace en todos los sistemas éticos porque, al fin y al cabo, toda moral establece una clara diferencia entre el Bien y el Mal. Una moral que no establece qué es lo que está bien y qué es lo que está mal, no es una moral. Y una ética que no explica por qué está bien lo que la moral manda y por qué está mal lo que la moral prohíbe, no es una ética. No obstante, hay una enorme diferencia entre todas las morales posibles dependiendo de los valores supremos que las inspiran y dependiendo también de la rigidez del encasillamiento. No es lo mismo una moral nacida del individualismo hedonista que una moral asentada sobre la responsabilidad familiar y social; como que tampoco es lo mismo una moral que acepta la posibilidad de la redención del Mal bajo ciertas condiciones y otra que adjudica el Mal de un modo terminante e irreversible.

San Miguel Arcángel venciendo al demonio

Es muy cierto que el cristianismo ha tenido siempre una clara visión del Bien y del Mal. Por eso es que divide a su mundo moral en santos e impíos, en  justos y pecadores. También es cierto que convoca a combatir al Mal personificado en lo demoníaco; es decir: en lo constante y sistemáticamente contrario al mandato divino. Sin embargo no menos cierto es que el cristianismo católico también establece que el pecador, el impío, no está condenado sin remedio. Siempre tiene la posibilidad abierta de arrepentirse sinceramente de su adhesión al Mal y volver a la cofradía de los justos y quizás incluso a la de los santos, como en el muy ilustrativo caso de nada menos que San Agustín.

Completamente distinto es el caso de otras concepciones morales fuertemente imbuidas de un maniqueísmo dogmático, fenómeno éste que se ha dado incluso en el mundo cristiano con las herejías protestantes, en especial con la teoría de la predestinación calvinista según la cual el ser humano ya desde su propio nacimiento y por decisión divina se halla incluido, o bien en la categoría de los Elegidos o bien en la de los Condenados, y nada de lo que haga en toda su vida puede cambiar esa decisión de Dios.

Sucede, pues, que  la moral impulsada por los arquitectos y promotores del Nuevo Orden Mundial es una moral bipolar copiada del cristianismo pero con los signos invertidos. Según la filosofía que impulsa esta tendencia, la humanidad se divide en buenos y malos siendo que el malo por antonomasia es el varón blanco europeo y cristiano, muy especialmente si para colmo es un católico que valora su tradición. Todos los demás son buenos, y si algunas veces hacen maldades será porque el hombre blanco europeo los ha oprimido, explotado y expoliado durante siglos.

Y después, claro está, vienen las simplificaciones y las dogmatizaciones de las culpas colectivas y los merecimientos también colectivos. Si Usted – estimado lector – es blanco y europeo o tan solo descendiente de europeos, lamento tener que decirle que ya es malo por definición. Si es católico o simplemente cristiano; pues, peor para Usted. Aunque en realidad tampoco importa mucho si es ateo, agnóstico, odinista o teósofo. Usted es malo y punto. Más le valdría ser negro. Los negros son buenos, también por definición, aunque sean cristianos y canten spirituals. No importan las tasas de criminalidad, los saqueos, los incendios, los destrozos, el racismo negro, y la violencia negra de los Black Panthers. La culpa de todo eso la tiene Usted.

Black Panthers armados

Tampoco importa que en todo su árbol genealógico de los últimos mil años no encuentre Usted un solo caso de un pariente suyo que haya tenido un esclavo negro.  No importa que Usted no sea un puritano blanco norteamericano descendiente de alguna familia que hace un buen par de generaciones atrás tuvo esclavos negros. Todo eso no importa. Usted es culpable igual.

También sería mejor si fuese indio. Un indio pobre de la India o cualquier indio de América. Si Usted es uno de los millones de la casta pauperizada de la India alégrese: la culpa no es suya ni del sistema social que impera en la India desde el segundo milenio antes de Cristo. La culpa es de los ingleses. Incluso de aquellos que jamás pusieron un pié en la India y que murieron con los pulmones llenos de carbón trabajando en las minas de Gales.

Y si a Usted una banda de mapuches chilenos, organizados y asesorados desde Inglaterra por abogados ingleses (o no tan ingleses), le ha invadido su chacra y le ha impedido acceder a ella, pues embrómese; es la justicia ancestral de los pueblos originarios que ahora ejercen su venganza por el genocidio perpetrado por los malos españoles que masacraron una cantidad de indios varias veces superior a la cantidad que existía en absoluto en América. Y no pregunte cómo se las arreglaron los malos católicos blancos europeos españoles para matar más indios de los que había. Eso es irrelevante. Lo importante es que los indios eran los buenos y los conquistadores fueron los malos.

Pero así como la Iglesia Católica le abre las puertas de la salvación mediante el arrepentimiento sincero, la teología del Nuevo Orden, interpretando eso como un recurso conveniente, le promete que mantendrá abierta una posible salida de emergencia a su estado de maldad. Para salvarse Usted debe hacer una sola cosa: amar. En principio y en teoría a todo lo bueno. En la práctica muy especialmente a todo lo que hasta ahora ha rechazado por considerarlo horrible, degenerado, decadente, enfermizo o abominable. Porque eso hoy es lo bueno. Lo neo-bueno; lo progresista. Lo realmente bueno según la nueva moral y la nueva ética.

Tiene que aprender a amar exactamente lo contrario de lo que ha amado hasta ahora. Tiene que amar el aborto, el lesbianismo, la homosexualidad masculina, el pobrismo lacrimógeno y a todas, absolutamente a todas, las minorías que están marginadas por definición de minoría. Incluso a los criminales porque ellos son buenos, la mala es la sociedad que no les brindó oportunidades; o se las brindó pero no gratis. Y viceversa, tiene que aprender a odiar todo lo que quizás alguna vez amó: la valentía, la lealtad, la virilidad, la disciplina, el honor, el heroísmo, la fe, lo sagrado, la vida sana, la familia, la belleza natural, el orden natural, la prolijidad, la nobleza, la sabiduría, las jerarquías basadas en el mérito o el conocimiento…. Todo eso ya no sirve. Todo eso está superado. Todo eso es antiguo. Para pertenecer al Nuevo Mundo Feliz debe aprender a desechar todas esas cosas.

El único problema con este Nuevo Mundo Feliz es que no es feliz. La promesa del paraíso terrenal a cambio del sometimiento es falsa. Es un fraude. Ame todo lo que el Nuevo Orden Mundial le exige y se habrá metido en un callejón sin salida. Le puedo asegurar que no hay ningún paraíso de libertad y felicidad al final de ese callejón.  Lo que hay es el habitante de este nuevo mundo que ahoga su infelicidad, primero en una nube de alcohol, luego con algún otro psicoactivo «liviano», y, cuando eso ya no lo anestesia lo suficiente, le termina poniendo punto final a su constante insatisfacción con una sobredosis de heroína. Muchas veces ya nace sin familia y muere sin fundar jamás una familia verdadera. Como el sexo por placer es muy agradable lo practica como si fuese un deporte pero como es sin compromisos – y, por ende, sin responsabilidades – el eventual producto no deseado de ese placer termina en el tacho de basura del ginecólogo que practicó el aborto. Y a nadie le importa. Y al que le importa es un fanático fascista retrógrado patriarcal homofóbico troglodita, culpable de discriminar, marginar, oprimir y, por sobre todo, odiar a todos los que están del lado del nuevo Bien políticamente correcto.

Esta ensalada ideológica, mezcla desigual de individualismo liberal hedonista y hegemonismo gramsciano resentido, afirma el derecho a la libertad y a la felicidad en teoría pero en los hechos no la otorga nunca. Y no la otorga porque no puede. Porque la libertad no es un derecho sino un Poder y la felicidad es un premio por haber hecho bien algo bueno.

Quienes no lo entienden así no llegan nunca a ser ni libres ni felices a pesar de las promesas del sistema. A los nuevos buenos solo les queda seguir el famoso consejo del actor James Dean quien afirmaba tener como máxima de conducta: «Vivir rápido, morir joven y dejar un hermoso cadáver».

Hay que conceder que fue consecuente y vivió de acuerdo a su apotegma.

Murió estrellando su fabuloso Porsche Spyder a toda velocidad contra otro auto que venía de frente.

Tenía 20 años.

Pero nadie recuerda que su cadáver haya sido hermoso.

(*) Politólogo, consultor nacional e internacional, analista de riesgos, escritor e investigador

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