Columnistas

Los peligros de ser simpático

Por Carlos Mira (*)

¿Qué debería hacer alguien que está convencido de algo? El convencido, además tiene a su favor, pruebas empíricas que indican que está en lo cierto. Su postura, sin embargo, vaya a saber uno por qué diablos, se ve fuertemente enfrentada con una corriente de “corrección simpática” que, cada vez que el convencido se expresa sueltamente sobre lo que cree, lo ataca bajo el argumento de que no está en sus cabales y de que ve fantasmas que no existen por todos lados.

Ahora con el escenario más completo por estos detalles que agregué, hago la pregunta de nuevo: ¿qué debería hacer el convencido? ¿Seguir insistiendo con lo que cree? ¿Ser “diplomático” y acomodar su mensaje a ciertas formalidades para que la corriente de opinión no lo etiquete?

La cuestión ocurre todos los días. En los matrimonios, en los lugares de trabajo, en los clubes, en las empresas… Cientos de veces se presenta la clásica tensión entre mantenerse firme en lo que uno cree pese a las consecuencias y “amoldarse” a las circunstancias para, digamos, convivir.

La vida seguramente es una mezcla de eslabones en los que, sin solución de continuidad, se combinan veces en las que él convencido se mantiene firme y otras en las que se amolda.

Esta tensión es muy evidente en el presidente Javier Milei. Y lo es porque quizás sea el primer presidente en mucho tiempo que tiene convicciones de vida y de formación que lo diferencian de otros en los que sólo primaba el resultado de una suma algebraica de conveniencias.

Para Milei la conveniencia es una variable que a veces es mejor tener en cuenta y otras no. Es lógico que antes deberíamos definir qué entendemos por “conveniencia” para saber si el presidente hace bien o hace mal en no considerar siempre esa variable en la ecuación.

Si por conveniencia entendemos no pelearse con un mainstream social cuyo volumen -si se pone en contra- podría poner en peligro los propios fines que el presidente se propone, entonces deberíamos concluir que debería ver con más cariño las técnicas del “amoldarse”.

Si por conveniencia, en cambio, entendemos hacer lo que es consistente con lo que propuso y con lo que él representa porque de esa manera conseguirá más rápidamente lo que se propone por la via de mostrar coherencia en sus decisiones, entonces quizás el no aflojar un tranco de pollo pese al poderío del mainstream, sería lo más conveniente.

Esta disquisición -si se quiere de “laboratiorio”- es, sin embargo, importante porque son varios los casos en donde el presidente no mide el precio del enfrentarse al mainstream y arremete sin piedad contra todo aquello que él considera un anatema.

El terreno de las relaciones exteriores es quizás el campo en donde es más evidente esta constante tensión entre lo políticamente conveniente y aquello en lo que el presidente cree y que, según él, debe manifestar para no ser un hipócrita.

Es verdad que en la cotidianeidad política interna Milei ha dado muestras de “amoldarse” a las posibilidades reales que el mainstream le permitía. Todo el recorrido de la Ley Bases, desde enero hasta hoy, asi lo demuestra. En ese sentido, quizás quede para otro comentario la diferencia que hay entre “adaptación” e “hipocresía”. Pero de todos modos, no hay dudas de que para conseguir algo de lo que se proponía el presidente tuvo que desandar varios de los escalones desde donde arrancaron sus pretensiones de cambio.

Pero Milei parece haber identificado a la política exterior como el campo predilecto en donde puede mantenerse firme en lo que cree aun cuando lo que cree desafia el mainstream y la corrección politica (que seguramente él llamará hipocresía).

En ese sentido, en las últimas horas el presidente ha insistido sobre la idea de que el intento de golpe de Estado en Bolivia fue parte de una operación planeada por el propio gobierno de Arce y de que su par brasileño Lula Da Silva es un corrupto comunista.

El mainstream del romanticismo democrático por supuesto que sugiere condenar enfáticamente lo que ocurrió en La Paz y legitimar a Lula como un líder democrático que nada tiene que ver con una dictadura. Ese mainstream da por descontado que sugerir un montaje para lo que ocurrió en Bolivia o atacar a Lula es propio de un desequilibrado.

Ahora bien, ¿sabemos lo que ocurrió en Bolivia? ¿Es Bolivia un país “democrático” o es un país en donde hay, digamos, “elecciones”? Porque convengamos que que haya elecciones en un lugar no significa que ese lugar sea “democrático”, a menos que tengamos de la democracia un concepto tan primate y rudimentario que creamos realmente que las instituciones republicanas pueden reducirse a una urna.

Entonces, va de nuevo, ¿sería muy loco pensar que un gobierno que se alía con Irán para darle a ese estado terrorista una base en América Latina fronteriza con el país donde Irán mató a casi 200 personas, que tiene como socios a Cuba, Venezuela y Rusia, no es capaz de armar “un golpe”? La verdad… ¿sería muy descabellado? Y si el presidente tuviera información que encima lo confirma, ¿debería callarse para que el mainstream no se enoje o debería darlo a entender o incluso decirlo?

Respecto de Lula… ¿Es Lula un corrupto? Sí, lo es: fue condenado por la Justicia y no fue absuelto ni declarado inocente. Solo un subterfugio jurídico le permitió salir de la cárcel y ser candidato.

Bien… ¿Es Lula comunista? Si, lo es: el origen del Partido de la Trabajadores es ese y solo el camaleonismo político del comunismo le indicó, tanto a él como al partido, que seguir jodiendo con la “dictadura del proletariado” no pagaba electoralmente (“no mola”, como Pablo Iglesias dice en España cuando les sugiere a sus seguidores que no utilicen esa expresión), con lo que era conveniente camuflarse como una nueva “socialdemocracia”.

Entonces, como en el caso de Bolivia, va de nuevo, ¿debería callarse Milei si está convencido de que Lula es un agente inorgánico (en términos de Gramsci) de la servidumbre para seguir penetrando lenta pero inclaudicablemente a la libertad occidental? ¿Esta mal que enfrente al mainstream (que para él tiene preparada una de sus armas predilectas: la mofa)? ¿Y si no le importa que se mofen y que le digan, “antiguo”, “que, como esos locos desvariados y obsesivos, ve fantasmas inexistentes por todas partes”?

¿Y si los que “no la ven” son unos cuantos idiotas útiles que, por no enfrentar al mainstream (o lo que sería más pusilánime aún, para que el maistream no se enoje o para que le valide su carnet de “cool”), le dan un apoyo invalorable a la esclavitud?

No sé qué dirán ustedes, pero para mí la amenaza de un movimiento que no cesa en su intención de dominar la libertad de las personas (porque las personas libres son un directo desafío a su poder) debe ser denunciada siempre y el denunciador debe ser respaldado siempre.

Cuentan que cuando Lord Chamberlain bajó del avión en Londres contento y blandiendo las papeletas en donde había sellado su acuerdo con el nazismo (un movimiento “democrático”, si por “democrático” entendemos el haber conseguido el triunfo en unas “elecciones”), el retumbar de una enorme carcajada se escuchó desde las antípodas. Hay muchos que la atribuyeron a un señor que usaba un bigote particular.

Chamberlain calzaba perfecto en aquel molde que sugiere no enfrentar al mainstream, que se engola para hablar de democracia y de “voluntad popular”. Todo el mundo sabe cómo terminó la historia.

 

(*) Periodista de actualidad, economía y política. Editorialista. Abogado, profesor de Derecho Constitucional. Escritor

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